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UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Batalla por el trono / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:67.3k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*

Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.

Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 16: Al guardia se le mide la sombra.

—Tenemos entre diez y quince días —dijo Cassidy.

Estaban en la antesala, con la puerta cerrada y una sola vela, y ella llevaba media hora caminando de la ventana a la chimenea y de la chimenea a la ventana.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo haría lo mismo que va a hacer él, y sé cuánto tardaría. —Se detuvo—. Piensa como el príncipe. Tú eres el heredero, tienes oro y tienes hombres. Quieres destruir a un guardia. ¿Qué haces?

Adriano lo pensó.

—Mando a alguien al norte a preguntar por él.

—Exacto. Pero el norte es enorme, así que primero tienes que saber a qué parte del norte mandarlo. Y para eso necesitas lo que declaró el hombre cuando lo contrataron. —Cassidy volvió a caminar—. Eso está en la casa de mi padre, en el registro de la guardia. Un jinete tarda dos días en llegar y dos en volver. Cuatro. Si ya salió anteayer, le queda uno.

—Y después manda a alguien al lugar que diga el registro.

—Que es lo que tú declaraste. —Cassidy se giró—. ¿Qué dijiste exactamente? Palabra por palabra.

Adriano hizo memoria.

—Que nací en el norte. Que mi padre fue soldado y murió en la frontera cuando yo tenía nueve años. Que desde entonces vendo la espada donde me la compren.

—¿Nombraste un pueblo?

—El escribano insistió. —Adriano apretó la boca—. Dije Torrelaguna.

Cassidy se paró en seco.

—¿Y eso qué es?

—Un pueblo real. Estuve ahí una vez, hace seis años, tres días. Es lo único del norte que conozco de verdad.

—Bien. Muy bien. Eso es lo mejor que has hecho en todo este asunto. —Cassidy retomó la marcha, más rápido—. Una mentira con un pueblo inventado se cae en una tarde. Una mentira con un pueblo de verdad hay que ir a caminarla. Y eso son días.

Se detuvo junto a la vela.

—O sea que el hombre del príncipe va a llegar a Torrelaguna en unos ocho o nueve días y va a hacer tres preguntas. Si hubo un soldado que murió en la frontera dejando un hijo de nueve años. Si alguien recuerda a un chico llamado Adriano. Y si alguien recuerda una familia con ese apellido.

—Y no va a encontrar nada.

—No —dijo Cassidy—. Va a encontrar exactamente lo que nosotros pongamos ahí.

Adriano la miró.

—¿Vas a fabricarme un pasado en un pueblo del norte en nueve días? ¿Desde aquí?

—Voy a fabricarte un pasado en nueve días desde aquí, sí. —Cassidy se sentó por fin, y sacó papel—. Y tú vas a rezarle a quien reces para que a Damián no le dé por improvisar.

Lo armó esa noche, y lo armó como se arman las cosas que no se pueden repetir.

—Regla primera —le dijo, mientras escribía—: no se inventa nada que se pueda comprobar rápido. Nada de historias bonitas. Cuanto más aburrido, mejor.

—¿Y eso qué significa?

—Que tu padre no puede ser un héroe. Si decimos que murió en tal batalla, cualquiera con acceso a los registros militares busca la lista de bajas y no estás. —Mojó la pluma—. Tu padre va a ser un desertor.

Adriano levantó la cabeza.

—¿Un qué?

—Un desertor. —Cassidy siguió escribiendo—. Un pobre diablo que se alistó, aguantó dos años, se asustó y se fugó de la frontera. Volvió al pueblo, vivió tres años escondido, y se murió de unas fiebres. Por eso no está en ninguna lista de muertos gloriosos, por eso la familia no cobró pensión, y por eso nadie del pueblo lo quiere recordar en voz alta.

Adriano se quedó callado un momento.

—Es sucio.

—Es perfecto. —Cassidy levantó la vista—. ¿No lo ves? Si el hombre del príncipe llega preguntando por un héroe, la gente niega con la cabeza y él se va con las manos vacías, y las manos vacías son sospechosas. Pero si llega preguntando por un desertor, va a pasar otra cosa: la gente va a mirar al suelo, se va a poner incómoda, y va a decir "de esa familia mejor no hablamos". —Sonrió sin ganas—. Y esa vergüenza es lo más creíble del mundo. Nadie finge vergüenza tan bien como un pueblo entero que quiere olvidar a alguien.

—Y de paso me explica por qué no hablo de mi padre.

—Y de paso te explica por qué eres mercenario, por qué no tienes casa, por qué no volviste nunca y por qué no tienes a nadie. —Cassidy siguió escribiendo—. Un hijo de desertor es un apestado. Tiene que irse. Eso ata todos los cabos de tu historia sin que tengas que sostener ni uno.

Adriano la miró un rato largo mientras ella escribía a la luz de la vela.

—¿Se te ocurrió ahora?

—Se me ocurrió el día del falso rescate, cuando dijiste que eras mercenario y mi padre te preguntó de dónde. —Cassidy no levantó la cabeza—. Llevo tres semanas con esta historia guardada por si hacía falta. Hoy hizo falta.

Los detalles los trabajaron hasta el amanecer, y Cassidy fue implacable.

—Nombre del padre.

—Ponle Ordoño.

—¿Por qué Ordoño?

—Porque así se llamaba el que me enseñó a pelear. —Adriano se encogió de hombros—. Si alguien me lo pregunta de golpe, no voy a dudar.

—Bien. Eso es exactamente lo que hay que hacer: mentiras cerca de la verdad. —Cassidy escribió—. Nombre de tu madre.

—No sé. La mía murió cuando…

—Adriano. —Ella lo miró—. Tu madre. La de esta historia. La de Torrelaguna.

Él tardó un segundo.

—Mencía.

—¿Y de qué vivía Mencía cuando el marido desertó?

—De lavar ropa.

—¿Para quién?

—¿Cómo que para quién?

—Para quién, Adriano. —Cassidy dejó la pluma—. Un investigador que sabe hacer su trabajo no pregunta "¿conoció usted a la viuda Mencía?". Pregunta "¿quién lavaba la ropa en este pueblo hace veinte años?". Y si tres personas dicen tres nombres distintos y ninguno es el tuyo, se acabó.

Adriano soltó el aire.

—Esto es peor que una batalla.

—Es una batalla. —Cassidy volvió a la pluma—. Solo que se pelea con nombres. Para el cura, para la comadrona y para el tabernero. Ellos tres son el pueblo. El resto son testigos de oídas.

Cuando terminaron, había tres pliegos escritos con letra apretada.

Un padre desertor, una madre lavandera, una casa junto al arroyo, el nombre del cura de entonces, el año de las fiebres, un niño que se fue del pueblo a los nueve o diez años con un carro de arrieros, y una familia que nadie quiere nombrar.

Cassidy lo leyó dos veces en voz alta, corrigió tres cosas y después acercó los pliegos a la vela.

—¿Qué haces? —Adriano se levantó de golpe.

—Quemarlos.

—¡Es todo el trabajo de la noche!

—Es la sentencia de muerte de los dos, en papel, con mi letra. —Cassidy los sostuvo hasta que prendieron bien y los soltó en la chimenea—. Esto se lleva en la cabeza o no se lleva. Te lo vas a aprender de memoria esta noche y me lo vas a recitar mañana, y pasado, y al otro. Hasta que te lo pueda preguntar borracho a las tres de la mañana y no dudes.

El fuego se comió los pliegos en unos segundos.

Regla vieja de dos vidas: lo que no existe en papel, no se encuentra en un registro, no se cae de un bolsillo y no lo lee un criado curioso. La única memoria segura es la que está dentro de una cabeza que no piensa hablar.

Al día siguiente vino la parte difícil: sacar el plan del palacio.

Porque una cosa era inventar la historia y otra muy distinta era que esa historia estuviera esperando, ya instalada, en un pueblo del norte, cuando llegara el investigador. Y Cassidy no podía salir. Ni Adriano podía desaparecer nueve días.

—Necesito al Tuerto —dijo—. Hoy.

—El Tuerto está a dos días de aquí. En la cantina de tu pueblo.

—Ya lo sé. —Cassidy se frotó la frente—. Y no tengo dos días, y no puedo mandar a nadie de este palacio, porque cualquiera que mande puede ser del príncipe.

Se hizo un silencio.

Y entonces Cassidy se quedó mirando la puerta, y sonrió muy despacio.

—Doña Rosaura.

Adriano frunció el ceño.

—¿Vas a meter en esto a tu dama principal? ¿A la que espía para alguien?

—Voy a meter en esto a una mujer de cuarenta años a la que nadie ha mirado a la cara en veinte y que hace un mes lloró en mi cuarto de puro alivio. —Cassidy se levantó—. Y además no le voy a contar nada.

Fue así.

—Doña Rosaura, necesito un favor personal y delicado.

—Usted dirá, alteza.

—Mi padre me dejó un asunto de dinero sin cerrar en el pueblo. —Cassidy bajó la voz, avergonzada—. Un préstamo viejo, de esos que hacen los señores para no dejar morir de hambre a un arrendatario, y que después nadie cobra. Con mi padre en el frente, la casa está sin señor, y hay gente que se está aprovechando.

—Qué vergüenza.

—Necesito mandar a alguien de confianza a hablar con un hombre de allá, uno que sabe quién debe qué. —Cassidy la miró—. Pero si mando a un criado del palacio, mañana lo sabe media corte y dirán que la prometida del rey anda mendigando deudas de campesinos.

Doña Rosaura se irguió como si le hubieran tocado el honor propio.

—Eso sería intolerable, alteza.

—Por eso pensé en usted. —Cassidy le puso una bolsita en la mano—. ¿Tiene usted algún pariente, algún criado de su casa, alguien suyo, que pueda ir y volver sin que este palacio se entere?

—Tengo un sobrino —dijo la mujer, sin pensarlo—. Es tonto para las letras pero es leal como un perro y no habla con nadie.

—Perfecto. —Cassidy le sonrió—. Que vaya a la cantina del pueblo y pregunte por un hombre al que llaman el Tuerto. Que le diga, con estas palabras exactas: la princesa manda preguntar por sus tres primos guapos, y los quiere a los tres, y los quiere ya.

Doña Rosaura la miró con extrañeza.

—Es una contraseña de mi padre —dijo Cassidy, sin pestañear—. Los hombres de campo son así. Les gustan sus juegos.

—Ah. —La mujer asintió, tranquilizada por completo—. Los hombres.

Damián llegó cinco días después, y llegó por la puerta principal.

Cassidy casi se atraganta.

Estaba en la galería del ala oeste, con dos de sus damas, cuando lo vio cruzar el patio de abajo montado en un caballo decente, con ropa que no era suya, un sombrero de ala ancha y una desenvoltura que le heló la sangre. Se bajó, le dio la rienda a un mozo, y se puso a hablar con el capitán de la puerta como si llevara veinte años entrando ahí.

—Alteza, ¿le pasa algo? —preguntó Elvira—. Se ha puesto pálida.

—El sol —dijo Cassidy—. Entremos.

Lo vio otra vez esa misma tarde, en el patio de las cocinas, cargando dos cestos de fruta como si fuera un proveedor.

Y por la noche, cuando bajó al corral de las gallinas con la excusa de siempre, ahí estaba, sentado en un cajón, comiendo una manzana.

—Buenas noches, alteza —dijo, encantado de sí mismo.

Cassidy lo agarró del brazo y lo metió detrás del cobertizo.

—¿Tú estás loco? —susurró—. ¿Qué haces adentro del palacio?

—Vender fruta. —Damián le dio otro mordisco—. Y madera. Y en dos días, sebo para las velas. Resulta que este sitio se come cuatro carretas de comida al día y nadie, absolutamente nadie, le pregunta a un proveedor de dónde salió.

—Te van a reconocer. Tienes la misma cara que mi guardia.

—Tengo la misma cara que tu guardia, sí. —Damián sonrió—. Y por eso llevo cinco días entrando y saliendo con barba postiza, sombrero y este acento del sur maravilloso que me sale de nacimiento. —Cambió la voz y sonó como un mercader de la costa—. ¿Ve, alteza? Nadie mira dos veces a un hombre que huele a fruta.

Cassidy soltó el aire despacio.

Y este es el que yo tenía catalogado como el bocón inútil. Fíjate lo que es no mirar bien a la gente, Boone.

—Está bien —dijo—. Está bien. ¿Y el norte?

—Tobías salió hace tres días. —Damián tiró el corazón de la manzana—. Lo mandamos apenas llegó el recado del Tuerto. Va con dos hombres nuestros y con el dinero.

—¿Le llegó la historia completa?

—Palabra por palabra. El Tuerto se la hizo repetir cinco veces al muchacho ese que mandaste. —Damián se puso serio por primera vez—. Escucha, Cassidy. Tobías es el que menos habla de los tres, pero para esto es el mejor. Damián compra a un hombre con una sonrisa; yo lo compro con vino. Tobías se sienta enfrente de un tabernero, no dice nada, pone el dinero en la mesa y espera. Y funciona siempre. La gente le tiene miedo y confianza al mismo tiempo, no sé cómo lo hace.

—¿Va a llegar antes que el hombre del príncipe?

—Va a llegar tres o cuatro días antes. Si no se rompe una pata en el camino.

Cassidy cerró los ojos.

—Cuatro días para comprar a un cura, a una comadrona y a un tabernero.

—Es tiempo de sobra —dijo Damián—. Un cura de pueblo cobra por una misa lo que aquí cuesta una copa. Tobías les va a dar diez años de sueldo a cada uno. —Se encogió de hombros—. Y no les va a pedir que mientan, además. Eso lo dejaste tú muy claro en el recado y me pareció brillante.

—¿Qué les va a pedir?

—Que no se acuerden bien. —Damián sonrió otra vez—. Que digan que hace veinte años sí hubo una familia así, que el hombre no era trigo limpio, que la mujer lavaba ropa, que el niño se fue con unos arrieros y que de esa gente en el pueblo mejor no se habla. Y que después cambien de tema.

Cassidy asintió despacio.

—Nadie desconfía de un pueblo que quiere olvidar.

—Eso mismo dijo el Tuerto cuando se lo explicaron. —Damián la miró de reojo—. ¿Sabes que ese viejo anda diciendo por ahí que la princesa del castillo tiene mejor cabeza para estas cosas que cualquier hombre que él haya conocido?

—Dile al Tuerto que hable menos.

—Se lo digo cada vez que lo veo.

Los días siguientes fueron los peores.

Porque no había nada que hacer. Todo estaba en marcha, todo dependía de un hombre callado a nueve jornadas de distancia, y a Cassidy no le quedaba más que sonreír en los banquetes y esperar.

Y esperar, para ella, era lo más difícil del mundo.

Se le fue el sueño. Empezó a bajar tres veces por noche al corral de las gallinas, sin necesidad. Perdió el hilo dos veces hablando con doña Rosaura y tuvo que inventarse un dolor de cabeza. Una tarde se quedó veinte minutos mirando por la ventana sin ver nada.

Y la cuarta noche, Adriano se plantó delante de ella.

—Basta.

—¿Perdón?

—Que basta. —Le quitó de las manos el pliego de cuentas que llevaba media hora sin leer—. Llevas cuatro días sin dormir y sin comer más de tres bocados. Te vi ayer tirarle a las gallinas la mitad de tu cena.

—Estoy bien.

—No estás bien. —Adriano dejó el pliego en la mesa—. Y quiero que me expliques una cosa, porque llevo cuatro días pensándola y no me cuadra.

—¿Qué cosa?

—Por qué estás haciendo todo esto.

Cassidy levantó las cejas.

—¿Cómo que por qué? Si te descubren, se cae el plan entero. Pierdo mi hombre adentro, pierdo mi vínculo con ustedes, pierdo…

—No. —Adriano negó con la cabeza—. Eso no se sostiene y lo sabes. Si me descubren, tú te salvas fácil. Dices que un mercenario te engañó a ti y a tu padre con papeles falsos. Lloras un poco, que se te da muy bien. Me cuelgan a mí y tú sigues siendo la novia del rey. —La miró—. Sería más limpio. Sería más seguro. Y tú siempre eliges lo más seguro.

Cassidy abrió la boca. La cerró.

—Llevas cuatro días sin dormir —siguió él, más bajo—. Metiste a tu dama principal en un recado clandestino, arriesgando la única aliada que tienes en este palacio. Trajiste a mi hermano hasta dentro de estos muros. Mandaste a Tobías a nueve jornadas con tu dinero. —Se acercó un paso—. Todo eso por un guardia al que podrías haber sacrificado en una tarde. Así que te lo pregunto otra vez, y quiero que me contestes de verdad: ¿por qué?

Cassidy se quedó callada.

Porque le juré a tu cara que éramos socios y una socia no vende a nadie. Porque tu hermano me llamó "peligrosa" en aquella cabaña y yo le dije "útil", y quiero que sigan pensando que soy de las que cumplen. Porque necesito la alianza intacta para llegar a la garganta del rey.

Todo eso es verdad, Boone, y no es la verdad.

La verdad es que hace cuatro noches, cuando ese muchacho perfumado dijo "yo no perdono, yo espero", a mí no se me heló la sangre por el plan. Se me heló pensando en ti. Y llevo cuatro días sin dormir por eso, y no lo pienso decir en voz alta ni bajo tortura.

—Porque me sirves —dijo.

Adriano la miró un momento largo.

—Está bien —dijo al fin, y se dio la vuelta hacia la puerta—. Como quieras.

—Adriano.

Se detuvo.

Cassidy se quedó ahí, de pie junto a la mesa, con las manos apretadas.

—Mi padre me enseñó a los nueve años una cosa que se me quedó —dijo, y no era de su padre, era de otro hombre de otro siglo, pero eso él no lo sabría nunca—. Que a los tuyos no se les deja atrás. Ni cuando conviene. Ni cuando pesan. Ni cuando saldría más barato. —Levantó la vista—. Que el día que los dejas, ya no eres nadie a quien valga la pena seguir.

Silencio.

—Tú eres de los míos —dijo—. Es lo único que te voy a decir, y no me lo hagas repetir nunca.

Adriano no se giró del todo. Solo lo suficiente para mirarla por encima del hombro.

—Ve a dormir —dijo, con la voz rara—. Yo me quedo en la puerta.

El hombre del príncipe volvió del norte diecinueve días después de aquella tarde en la galería.

Cassidy se enteró por doña Rosaura, que se enteró por una criada, que se enteró por un mozo de cuadra: había llegado un jinete polvoriento al ala del heredero y había estado con él una hora larga.

Cassidy no durmió esa noche tampoco, pero se lo guardó.

Y al día siguiente, en el patio de los naranjos, el príncipe la estaba esperando.

—Aurora.

—Alteza. —Reverencia justa.

Venía distinto. Ya no traía el vino de la otra tarde ni la rabia. Traía las manos a la espalda y una calma que a Cassidy le gustó todavía menos.

—Tengo que confesarte una cosa —dijo—. Y me da un poco de vergüenza.

—Usted dirá.

—Mandé a un hombre al norte a averiguar por tu guardia. —Se encogió de hombros—. No te lo voy a negar, sería ridículo. Estaba furioso y quise hacerle daño.

—Lo sé, alteza.

Él levantó una ceja.

—¿Lo sabías?

—Lo supuse. —Cassidy sonrió apenas—. Yo también habría mandado a alguien.

El príncipe soltó una risa corta.

—¿Ves? Eso. Eso es lo que me vuelve loco de ti. —Movió la cabeza—. En fin. Volvió ayer.

—¿Y?

—Y es todo cierto. —Lo dijo con un fastidio genuino—. Torrelaguna existe. Hubo un tal Ordoño que se alistó y desertó, y toda la aldea se pone incómoda cuando lo nombras. Hubo una mujer que lavaba ropa junto al arroyo. Hubo un niño que se fue con unos arrieros. El cura de entonces está muerto, pero el que quedó dice que sí, que esa familia existió y que mejor no hablar. —Suspiró—. Mi hombre estuvo tres días y volvió con exactamente la historia que tu guardia declaró en el registro de tu padre. Palabra por palabra.

Cassidy sintió cómo se le soltaba, muy despacio, un nudo que llevaba diecinueve días en el estómago.

Gracias, Tobías. Gracias, hombre callado. Que Dios te dé lo que sea que tú quieras, que no tengo ni idea de qué es.

—Me alegro —dijo—. Lamento que haya gastado su dinero en esto.

—No lo lamentes. —El príncipe volvió a sonreír—. Porque hay una cosa que sí me llamó la atención.

—¿Cuál?

—Palabra. Por. Palabra. —El príncipe se acercó medio paso—. ¿Sabes cuánta gente se acuerda de una familia cualquiera de hace veinte años en un pueblo de doscientas almas? Poca. ¿Y sabes cómo se acuerdan? Mal. Uno dice una cosa, otro dice otra, uno jura que el niño se llamaba distinto, otro que la madre murió antes. La memoria de la gente es un desastre, Aurora. —Ladeó la cabeza—. Mi hombre habló con siete personas en Torrelaguna. Y las siete contaron la misma historia, con los mismos detalles, en el mismo orden.

Cassidy no movió un músculo de la cara.

Ay, Tobías. Lo hiciste demasiado bien. Lo hiciste tan bien que fue el error.

—A lo mejor es que la historia es verdad, alteza —dijo, con una sonrisa amable—. A veces pasa.

—A lo mejor. —El príncipe asintió—. Es lo más probable, en realidad. Y por eso no voy a hacer nada. Le he dicho a mi hombre que se olvide del asunto, y no pienso ir a mi padre con una sospecha que no puedo probar. Quedaría como un imbécil celoso, y bastante ridículo he hecho ya este mes.

—Es usted muy sensato.

—Soy paciente. Que es distinto. —Le hizo una reverencia impecable—. Sabes cuál es la diferencia entre mi padre y yo, Aurora? Que él necesita ganar hoy. Yo tengo treinta años por delante y voy a heredar un imperio. —Se enderezó—. Puedo esperar sentado a que la verdad venga sola. Siempre viene. Las mentiras se cansan antes que la gente.

Empezó a alejarse, y a los cuatro pasos se detuvo y giró la cabeza.

—Que tengas buena tarde, futura madre mía. Y dile a tu guardia del norte que descanse tranquilo. —Sonrió—. Yo también voy a estar aquí dentro de un año. Y dentro de dos. Y de cinco. Tarde o temprano voy a saber qué escondes. Es lo bueno de ser el que hereda: solo tengo que esperar a que todos los demás se equivoquen una vez.

Y se fue por la galería, silbando.

Cassidy se quedó de pie entre los naranjos, con la sonrisa puesta hasta que dobló la esquina.

Después la dejó caer.

Se cerró la investigación y no ganamos nada. Ese muchacho no se tragó una sola palabra, y ahora, encima, sabe que hay algo que tapar.

Y tiene razón en lo peor de todo, Boone: el tiempo es suyo. Nosotros necesitamos que salga bien todos los días. Él solo necesita que salga mal uno.

1
Luz Angela Castillo Ramirez
😭😭
Sandra Chana
👏👏👏 chapeaux!
Margarita Acuña Cerda
Lo peor es el poder el rey hace lo que quiera ,ahítame este tiempo quien tenga poder hace lo mismo simi miremos al demonio de trump o los narcos 😔😔😔😔😔
Margarita Acuña Cerda
Y por favor hecha a las putizorras también 🤭🤭🤭3
Roxana Gardilcic
eres genial!! un nivela alucinante!!
Margarita Acuña Cerda
Oye autora es muy entretenida la novela me encanta🤣🤣🤣🤣🥰🥰🥰
Margarita Acuña Cerda
Jajaja que se quede con los 3 me gusta🥰🥰🥰🤭🤭😠
DAINADIE ZAMOR
Excelente historia 👍 👏🏽 🥰
Maria Gonzalez Gonzalez
que bonito detalle de la cena preparada a la luz de las velas 😍❤️😍❤️😂
Maria Gonzalez Gonzalez
pinche necia que eres Cassidy 😡 caes gorda de verdad y no lo digo por tu físico, sino porque de verdad que la estás cagando con tus miedos, Cobarde 🤔
Maria Gonzalez Gonzalez
vamos Cassidy, amar duele, pero si de verdad lo sientes no mata, al contrario te fortalece y te hace feliz ❤️🤔😂😍
Maria Gonzalez Gonzalez
por favor autora que no se muera Adriano, él no por favor 🙏🙏🙏🙏
Maria Gonzalez Gonzalez
🥹🥹😭😭😭😭
Margarita Acuña Cerda
Se ve bastante buena veremos como va la cosa🥰🥰🥰
Maria Gonzalez Gonzalez
pues si esos nobles solo luchan por su causa, lo demás no les interesa, son igua o peor que el usurpador solo que ellos no van a las guerras 😡
Maria Gonzalez Gonzalez
exelente actuación Aurora 🤔😃😂
Maria Gonzalez Gonzalez
el otro enemigo que tiene Aurora en el Castillo es el mayordomo mayor abusada Cassidy, ponte trucha 🤔😃
Maria Gonzalez Gonzalez
pues yo creo que lo que puede hacer es que el rey te corretee por toda la pieza de la alcoba cuando ya esté súper exitado con la medicina del médico brujo y así lo forzas más de lo debido y wuala se muere de verdad de un infarto fulminante porque no se pudo desahogar, como cuando los drogan y no se pueden liberar sexualmente 🤔😂😍😃
Maria Gonzalez Gonzalez
jajajaja jajajaja que cosas no??😂😂😂😂 aún no se inventa el viagra y ya tiene sus antecedentes primarios 😂😂😂😂🤔
Maria Gonzalez Gonzalez
esa Leonor no sabe con quién se meten 🤔😂😍😃
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