es de terror, una creepypasta
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Capítulo 17: La Deuda de Sangre
El apellido cayó sobre el bosque como un trueno.
Salazar.
Samuel retrocedió un paso.
Miró a Gabriel como si estuviera viendo a otra persona.
Durante semanas habían recorrido juntos el pueblo, investigado el bosque y desenterrado secretos de más de tres siglos.
Y jamás le había dicho la verdad.
—¿Me mentiste...? —preguntó Samuel con la voz quebrada.
Gabriel bajó la cabeza.
—Sí.
—¿Todo este tiempo?
—Solo sobre mi nombre.
Nunca sobre mis intenciones.
Samuel quería responder, pero las palabras no salían.
Sentía rabia.
Confusión.
Y, al mismo tiempo, comprendía por qué Gabriel había ocultado su identidad.
Llevar el apellido Salazar en San Rafael era cargar con el peso de una maldición.
El líder del culto sonrió.
—Por fin dejamos de fingir.
Se quitó lentamente los guantes negros.
Su piel estaba cubierta por antiguas cicatrices, formando el mismo símbolo del círculo rodeado por siete líneas.
—Los Salazar comenzaron el ritual.
Los Montoya lo mantuvieron vivo.
Y nosotros lo protegimos.
Tres familias.
Tres pecados.
Tres siglos.
Elías apretó los puños.
—Mi familia intentó reparar el daño.
El líder soltó una carcajada.
—No.
Intentaron ocultarlo.
Hay una gran diferencia.
Elías no respondió.
Porque, en el fondo, sabía que tenía razón.
La gigantesca criatura seguía emergiendo lentamente de la grieta.
Ya podían distinguir parte de su torso.
No tenía un cuerpo definido.
Era como si estuviera formado por troncos, raíces, musgo y roca.
Pequeñas aves construían nidos sobre sus hombros.
Lianas colgaban de sus brazos.
Y cientos de luciérnagas giraban alrededor de su cabeza como una corona viviente.
No inspiraba odio.
Inspiraba una inmensa tristeza.
Samuel comprendió por qué los antiguos pueblos lo llamaban el Rey del Bosque.
No gobernaba sobre los árboles.
Era el bosque.
La voz de la criatura volvió a resonar.
—Isabela...
La muñeca levantó lentamente la cabeza.
—Estoy aquí.
—Has... sufrido... demasiado...
Las pequeñas grietas en el cuerpo de porcelana comenzaron a extenderse.
Isabela sonrió.
—No me arrepiento.
Si no hubiera aceptado...
Azael habría escapado hace siglos.
El demonio permanecía de rodillas.
No levantaba la mirada.
Por primera vez desde que Samuel lo conocía, parecía avergonzado.
—No quería que ocurriera esto... —susurró Azael.
El líder del culto lo miró con desprecio.
—No finjas arrepentimiento.
Has disfrutado cada muerte.
Cada desaparición.
Cada alma rota.
Azael no respondió.
Porque era cierto.
Gabriel dio un paso al frente.
—Si mi sangre puede terminar con esto...
Estoy listo.
Samuel lo sujetó del brazo.
—¡No!
—Escúchame.
El anciano sonrió con tristeza.
—He vivido muchos años.
Más de los que imaginé.
Pero tú apenas comienzas.
No permitiré que cargues con una culpa que no te pertenece.
Samuel negó desesperadamente.
—Debe haber otra forma.
Isabela habló.
—Sí la hay.
Todos la miraron.
La muñeca respiró profundamente.
—Pero nadie la recordaba.
El silencio volvió.
Isabela observó directamente al Rey del Bosque.
—El pacto siempre tuvo dos caminos.
Uno era el sacrificio.
El otro...
El perdón.
El líder del culto estalló en carcajadas.
—¡Eso es un cuento para niños!
—No —respondió el Rey con una voz que hizo vibrar las montañas—. Es... la... verdad.
Todos quedaron inmóviles.
El Rey extendió lentamente una enorme mano hacia ellos.
No con violencia.
Con calma.
En el centro de su palma comenzó a crecer una pequeña flor blanca.
La misma flor que nacía donde él caminaba.
—El... odio... mantiene... abierta... la... puerta...
Otra flor brotó.
—La... culpa... alimenta... al... demonio...
Luego una tercera.
—Pero... el... perdón... rompe... las... cadenas...
Samuel frunció el ceño.
—¿Perdón?
El Rey asintió lentamente.
—Durante... siglos... todos... eligieron... vengarse...
Miró al líder del culto.
—Nunca... intentaron... sanar...
El líder levantó el cuchillo ceremonial.
Su paciencia había terminado.
—¡Basta!
Corrió hacia Gabriel.
Samuel reaccionó por instinto y se lanzó sobre él.
Ambos cayeron al suelo.
El cuchillo salió despedido entre el barro.
Elías también intervino, golpeando al líder con una rama gruesa.
Los tres comenzaron a forcejear bajo la lluvia.
Mientras tanto, Azael observaba inmóvil.
Podía escapar.
Podía atacar.
Pero no hacía ninguna de las dos cosas.
Solo miraba al Rey.
Como un hijo que espera una sentencia.
En medio de la pelea, el cuchillo quedó frente a Samuel.
Lo tomó antes que nadie.
La piedra negra vibró en su mano.
Entonces una voz habló dentro de su cabeza.
No era Azael.
No era Isabela.
Era el cuchillo.
—Mata al líder...
Samuel sintió cómo una furia desconocida comenzaba a invadirlo.
Recordó todas las muertes.
Las mentiras.
El sufrimiento de Isabela.
La culpa de Gabriel.
Las desapariciones del pueblo.
Quería terminar con todo.
Levantó el arma.
El líder sonrió.
—Hazlo.
Samuel dudó.
—¿Qué?
—Mátame.
La puerta se abrirá.
Y todo habrá terminado.
Isabela gritó con todas sus fuerzas.
—¡NO, SAMUEL!
El Rey también habló.
—La... violencia... siempre... exige... otra... violencia...
Samuel respiraba con dificultad.
El cuchillo parecía pesar cada vez menos.
Como si quisiera clavarse solo.
Entonces recordó las palabras que Isabela había dicho a Tomás siglos atrás.
"Nunca olvides quién eres."
Cerró los ojos.
Y tomó una decisión.
En lugar de atacar al líder...
Arrojó el cuchillo dentro de la grieta.
La piedra negra cayó hacia la oscuridad.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después, desde las profundidades, un rugido ensordecedor hizo temblar el bosque entero.
El líder del culto palideció por primera vez.
—¿Qué has hecho...?
Desde el fondo de la grieta comenzó a surgir una luz verde.
No era la luz del Rey.
Era algo diferente.
Algo que llevaba siglos encerrado.
Y una voz desconocida, mucho más joven que la del Rey, pronunció una sola frase:
—Gracias... por romper mi prisión.
Isabela abrió los ojos con horror.
—No...
Samuel sintió que el frío le recorría la espalda.
Había tomado la decisión correcta...
Pero no había previsto una consecuencia.
Porque acababa de liberar...
A alguien más.