Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.
Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.
Pero entonces aparece él.
Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.
Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.
Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.
Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.
"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."
¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?
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Capítulo 17
Capítulo 17: Doña Mariana
Santiago no habló de su padre primero.
Habló de su madre.
Sentado en el sofá de Valentina, con la cobija todavía sobre los hombros y el café frío entre las manos, parecía menos heredero y más hijo. Esa diferencia le cambió la voz.
—Mi mamá se llama Mariana —dijo—. Mariana Ávila de Montero. Tiene cáncer.
Valentina sintió que todo el enojo que le quedaba se detenía en seco.
—Santiago...
—Está en tratamiento desde hace meses. Quimio, estudios, ingresos al hospital cuando el cuerpo no aguanta. Hay días buenos y días muy malos. Mi padre usa los días malos para recordarme lo que, según él, le debo a la familia.
La frase abrió una puerta que Valentina no quiso cruzar de golpe.
—¿La mujer de la llamada tiene que ver con eso?
—Con mi padre, sí. Con mi madre... es más complicado. Él cree que si me ve "establecido", ella se irá tranquila.
Valentina apretó la taza.
—Eso es cruel.
—Mi padre lo llama responsabilidad.
Santiago sonrió sin humor. Luego levantó la mirada.
—Mi mamá preguntó por ti.
—¿Por mí?
—Doña Carmen habla demasiado.
—Eso ya lo noté.
La suavidad duró poco.
—Quiero que la conozcas —dijo él—. Si tú quieres.
Valentina se quedó inmóvil. Había pasado semanas preguntándose por qué no podía entrar a ese hospital. Ahora que la puerta se abría, sintió miedo.
—¿Ella sabe... quién soy?
—Sabe que eres la mujer que me hace sonreír como idiota. Palabras de Doña Carmen, no mías.
—Claro.
—Y sabe que eres importante.
Importante.
La palabra pesó más que novia.
Fueron esa misma tarde.
El hospital privado estaba en una zona donde hasta la enfermedad parecía tener recepción elegante. Piso brillante, flores discretas, pantallas silenciosas, enfermeras moviéndose con eficiencia. Valentina llevaba una blusa clara, el cabello recogido y una bolsa pequeña con galletas de canela que Doña Carmen insistió en mandar aunque Santiago dijo que su madre no podía comer muchas cosas.
—No se llevan para comer —había dicho Doña Carmen—. Se llevan para decir "pensé en usted".
En el elevador, Santiago estaba demasiado callado.
Valentina le tocó la mano.
—Respira.
Él la miró, sorprendido por recibir de vuelta una orden que solía darle a ella.
—Estoy respirando.
—No mucho.
La comisura de su boca se movió apenas.
La habitación de Doña Mariana tenía una ventana grande y un ramo de flores blancas junto a la cama. No olía a hospital de forma agresiva, pero el olor estaba ahí: desinfectante, sábanas limpias, medicamento. Una bomba de infusión descansaba junto a la cama, y sobre la mesa había un rosario de cuentas claras.
Doña Mariana estaba despierta.
Valentina había imaginado una mujer frágil, quizá consumida por el dolor. Encontró a una mujer pálida, sí, más delgada de lo que sus fotos de sociedad habrían mostrado, pero con los ojos vivos y una elegancia que no dependía del cuerpo. Llevaba un pañuelo suave alrededor de la cabeza y una bata color crema.
Cuando vio a Santiago, su rostro cambió.
—Mijo.
Santiago cruzó la habitación en dos pasos y le tomó la mano con cuidado.
—Mamá.
Valentina se quedó cerca de la puerta, sintiéndose intrusa en algo sagrado.
Doña Mariana miró por encima del hombro de su hijo.
—¿Y ella es?
Santiago se volvió.
Por primera vez desde que Valentina lo conocía, parecía nervioso de verdad.
—Mamá, ella es Valentina Herrera.
Doña Mariana extendió la mano.
—Ven, hija. No te quedes tan lejos, que Santiago ya ocupa demasiado espacio en cualquier cuarto.
Valentina soltó una risa pequeña y se acercó.
—Mucho gusto, Doña Mariana.
La mano de la mujer estaba tibia, más firme de lo que esperaba.
—El gusto es mío. Por fin conozco a la persona que hace sonreír a mi hijo.
Santiago bajó la vista.
—Mamá.
—¿Qué? ¿Voy a mentir en mi propia habitación?
Valentina sintió que la tensión se le aflojaba en los hombros.
Le entregó la bolsa de galletas.
—Doña Carmen las mandó. Dijo que eran para decirle que pensó en usted.
Los ojos de Doña Mariana se humedecieron apenas.
—Esa Carmen siempre sabe cómo meterse en el corazón de una. Gracias, Valentina.
Santiago acomodó una silla para ella junto a la cama. Valentina se sentó, aún cuidadosa, aún sin saber dónde poner las manos.
—Santiago me habló poco de usted —dijo Doña Mariana.
Valentina miró a Santiago.
—¿Poco?
—Lo suficiente para saber que cocina, trabaja demasiado y no le tiene miedo a decirle que no.
—Entonces le habló de mis mejores defectos.
Doña Mariana sonrió.
—No son defectos, mija. A los hombres como mi hijo hay que decirles que no de vez en cuando. Se les acomoda el alma.
Santiago soltó un suspiro.
—Vine a ser maltratado.
—Viniste a que te quieran, que es peor —respondió su madre.
La frase dejó un silencio suave.
Valentina vio la mano de Santiago cerrarse con cuidado alrededor de la de Doña Mariana. Vio el modo en que él miraba las venas delgadas, el suero, la piel demasiado pálida. Todo el hombre frío de salas de juntas desaparecía ahí. Solo quedaba un hijo intentando no tener miedo frente a su madre.
Doña Mariana también lo vio.
—Mijo, ve por un té. Y no discutas.
—Puedo pedirlo.
—Quiero que camines cinco minutos.
Santiago entendió que lo estaban echando. Miró a Valentina, como preguntando si estaba bien. Ella asintió.
Cuando él salió, Doña Mariana mantuvo su mano sobre la de Valentina.
—Está muy asustado —dijo.
Valentina miró la puerta.
—Sí.
—Y cuando Santiago se asusta, intenta cargar el mundo solo. Es una pésima costumbre de los Montero.
Valentina no supo si debía responder.
Doña Mariana apretó apenas sus dedos.
—No te estoy pidiendo que lo salves. Ninguna mujer debe vivir salvando a un hombre. Solo te digo que, si decides quedarte, no le permitas mentirte por protegerte.
La garganta de Valentina se cerró.
—Ya tuvimos esa conversación.
—Me alegra.
La mujer respiró despacio, cansada por hablar tanto, pero sus ojos siguieron atentos.
—Mi esposo es un hombre difícil.
Valentina sintió que la habitación se enfriaba un poco.
—Eso he entendido.
—No dejes que te haga sentir pequeña.
Valentina bajó la mirada a la pulsera de mariposa.
—A veces el mundo de Santiago ya lo hace sin ayuda.
—Entonces entra con tus propias alas, mija.
El cariño de esa palabra la tomó desprevenida.
Mija.
Santiago volvió con el té y se detuvo al verlas tomadas de la mano. Algo se le rompió y se le curó en la cara al mismo tiempo.
—¿Todo bien? —preguntó.
Doña Mariana sonrió.
—Muy bien. Estaba advirtiéndole a Valentina que no te consienta demasiado.
Valentina miró a Santiago.
—Demasiado tarde.
Él se quedó quieto un segundo, luego sonrió. Una sonrisa verdadera, cansada, luminosa.
Doña Mariana no soltó la mano de Valentina hasta que la enfermera entró a revisar los signos. Al despedirse, la llamó de nuevo.
—Valentina.
Ella se inclinó.
—¿Sí?
—Vuelve cuando quieras. A veces este cuarto necesita voces nuevas.
Valentina sintió los ojos calientes.
—Voy a volver.
En el pasillo, Santiago caminó unos pasos sin decir nada. Luego se detuvo y la abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello.
Valentina levantó las manos y lo sostuvo.
Por primera vez, no sintió que entraba sola al mundo de él.