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Su Asistente Omega

Su Asistente Omega

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Completas
Popularitas:22k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.

Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.

Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.

Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.

Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.

*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17

Veinticinco minutos

Emilio despertó a las dos de la mañana con el saco de Sebastián encima y Bolita dormido sobre su costado.

Durante tres segundos no supo dónde estaba.

Luego vio la lámpara de la oficina, el ventanal oscuro, la silueta de Sebastián sentado en el escritorio con una camisa blanca y las mangas dobladas. No estaba escribiendo. Estaba mirando una pantalla llena de números con la expresión de quien podía intimidar a una hoja de cálculo.

Emilio se incorporó despacio.

Bolita protestó con un sonido pequeño.

Sebastián levantó la vista.

—Dijiste veinticinco minutos.

Emilio miró el reloj.

—Usted también.

—Mentiste primero.

—Me quedé dormido.

—Eso suele pasar cuando alguien no duerme.

No preguntó por la casa Reyes. No preguntó por Gloria. No preguntó por qué Emilio había apretado el volante hasta dejarse marcas en las palmas.

Solo empujó un vaso de agua hacia el borde del escritorio.

—Lara baja en cinco minutos.

—¿De verdad lo llamó?

—No. Está en el edificio.

—Eso no lo hace menos inquietante.

—Lo hace eficiente.

Emilio bebió agua para no decir gracias otra vez.

El lunes llegó con correos acumulados, rumores del foro universitario y una nota interna de Grupo Cénit incorporando capacitación comunitaria al programa del supresor. La frase "prejuicio con corbata" no aparecía en el documento, pero alguien la había filtrado en redes y ahora circulaba en capturas con el nombre de Emilio cortado a medias.

—Eres tendencia en el sector farmacéutico —dijo Andrés al dejarle una carpeta.

—Qué específico.

—No lo recomiendo.

—No pensaba disfrutarlo.

Sebastián salió de su oficina antes de las nueve.

—Reyes, conmigo.

Emilio tomó la libreta.

—¿A dónde?

—Sala de estrategia.

—¿Con Finanzas?

—Con personas que creen que pueden hablar de acceso médico sin saber cuánto cuesta un camión refrigerado.

—Entonces sí, Finanzas.

Andrés tosió.

Sebastián no sonrió. Emilio tampoco. Pero la línea invisible entre ambos se movió un centímetro.

La semana se llenó de reuniones así. Emilio corregía proyecciones, Sebastián destruía argumentos, Valentín enviaba mensajes con observaciones demasiado elegantes para llamarse insultos y Felipe exigía datos de estabilidad como si el sueño fuera un rumor burgués.

También se llenó de cosas que no cabían en ningún reporte.

El martes, Sebastián dejó un termo de café en el escritorio de Emilio sin decir de dónde salió. Cuando Emilio lo abrió, tenía exactamente la cantidad de azúcar que él usaba cuando nadie miraba.

El miércoles, Emilio encontró en su agenda un bloque de treinta minutos marcado como "revisión documental". No había documentos. Solo tiempo para comer. Andrés, interrogado con la mirada, respondió:

—Orden del señor Luján.

—¿Revisión documental?

—El documento eres tú si te desmayas.

El jueves, en el elevador, un visitante Alfa de rango medio soltó presión feromonal para impresionar a una ejecutiva. No fue mucho. Lo suficiente para que la glándula de Emilio diera un latido molesto.

Sebastián no miró al visitante.

Solo dejó escapar una línea fina de escarcha.

El Alfa se puso gris y se pegó a la pared hasta llegar al lobby.

—No hacía falta —murmuró Emilio.

—Respiraba demasiado fuerte.

—Eso no es delito.

—Debería.

Emilio se descubrió sonriendo al reflejo del elevador y dejó de hacerlo demasiado tarde. Sebastián lo vio. No dijo nada, pero la escarcha en el aire perdió filo.

Peor todavía: Emilio empezó a buscar ese frío sin querer.

Cuando la oficina se calentaba por demasiada gente, cuando la nuca le latía después de horas de pantalla, cuando el cansancio le volvía pesadas las manos, el aire alrededor de Sebastián le parecía más limpio. No seguro. Emilio no era tan ingenuo.

Pero sí respirable.

Emilio también abrió la cuenta digital de Lucía.

Lo hizo en una sucursal discreta, durante la hora de comida, con ella sentada frente a él y la guía de examen dentro de la mochila. Le enseñó a cambiar contraseña, activar alertas y no dejar que Gloria tocara el celular "para ayudar".

—¿Siempre es tan complicado irse? —preguntó Lucía.

Emilio miró la pantalla confirmando la cuenta.

—Sí.

—Qué injusto.

—Por eso se hace igual.

Volvió a Grupo Cénit con diez minutos de retraso y una paz pequeña bajo las costillas.

Esa noche, a las diez cuarenta, todavía estaba en su escritorio.

No por orden de Sebastián. Por terquedad propia.

El reporte de rutas duplicadas para Ailara Biotech necesitaba una tabla de riesgos y Emilio odiaba dejar tablas a medias. La oficina estaba casi vacía. Andrés se había ido a otra planta. Sebastián seguía en su despacho, una sombra detrás del cristal.

Emilio parpadeó una vez.

Luego otra.

La pantalla se volvió borrosa.

"Solo cierro esta columna", pensó.

La columna no se cerró.

Sebastián salió quince minutos después para pedir el reporte y encontró a Emilio dormido sobre el escritorio, la mejilla apoyada en el antebrazo, el bolígrafo todavía entre los dedos.

El primer impulso fue decir su nombre.

No lo hizo.

La oficina estaba demasiado quieta. Emilio tenía ojeras suaves, la boca relajada por primera vez en días y el cuello inclinado en un ángulo que iba a dolerle al despertar.

Sebastián se quedó de pie junto a él más tiempo del razonable.

Bolita apareció sin ruido sobre el escritorio.

—Ni una palabra —murmuró Sebastián.

Bolita ronroneó.

Con cuidado, Sebastián le quitó el bolígrafo de los dedos. Emilio no despertó. Después pasó un brazo bajo sus rodillas y otro detrás de su espalda.

Era más ligero de lo que debería.

Eso le molestó.

Lo cargó hasta el sofá de la oficina. Emilio se movió apenas, la frente buscando instintivamente el punto más frío de su camisa.

Sebastián se quedó inmóvil.

La glándula de Emilio quedó a pocos centímetros de su garganta. Una zona vulnerable, expuesta. Sebastián sintió que algo antiguo le cerraba la mano por dentro, un recuerdo sin imagen completa, solo correas, luz blanca y el sonido de un niño respirando mal.

Se apartó antes de que el recuerdo mordiera.

Dejó a Emilio en el sofá y tomó una manta del gabinete.

—No haces esto con otros empleados —dijo una voz ronca.

Emilio tenía los ojos entreabiertos.

Sebastián no se movió.

—Estaba revisando si terminaste el reporte.

Emilio miró la manta que Sebastián sostenía.

—¿Con brazos?

—Tu postura obstruía el acceso a la computadora.

El sueño volvió a arrastrar la mirada de Emilio, pero alcanzó a sonreír apenas.

—Qué eficiente.

Sebastián le puso la manta encima con menos delicadeza de la que habría querido.

—Duerme.

—El reporte...

—Si dices reporte otra vez, se lo doy a Finanzas y dejo que lo arruinen.

Emilio cerró los ojos de inmediato.

Bolita se acomodó a sus pies, satisfecho.

Sebastián volvió al escritorio con el pulso demasiado consciente en las manos.

El archivo abierto en la computadora decía: rutas Ailara, versión final.

Estaba terminado.

Sebastián leyó las primeras líneas. Luego las tablas. Luego los comentarios al margen.

No había relleno. No había excusas. Emilio había marcado tres rutas de sabotaje, dos proveedores vulnerables y una recomendación para blindar clínicas comunitarias sin encarecer el precio final. Todo con la letra tranquila de alguien que se estaba quedando dormido y aun así seguía pensando mejor que la mitad del consejo.

Sebastián miró hacia el sofá.

Emilio dormía con la manta hasta el hombro y Bolita a los pies, como si esa oficina fuera un lugar donde podía bajar la guardia.

Eso no debería importarle tanto.

Por supuesto que estaba terminado.

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💜Martha Ibarra
Gracias por esta magnífica historia, disfrute mucho leerla y espero trabajos futuros 🥰
💜Martha Ibarra
esta historia me enamora cada vez más 🥰
abu_army18
Me puedes explicar quien es bolita no entiendo 😢
💜Martha Ibarra
querida escritora me tiene el alma en un hilo con esta historia magnífica 🥰
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