Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
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Capítulo 17
Capítulo 17: El Archivo de Linajes
Kaia no durmió después de oír el nombre.
Lía.
Mateo lo había murmurado con fiebre, sin defensa, con la voz rota por la luna. Podía haber sido un delirio. Un fragmento sin sentido. Un nombre robado de cualquier archivo viejo.
Pero el bond había sentido miedo.
Su miedo.
Eso no se podía negar.
Al amanecer, Mateo seguía dormido en la manta del suelo, pálido, con el sello respirando bajo la piel como una cosa venenosa. Kaia se quedó de pie junto a él más tiempo del necesario. Su scent ya no olía a muerte inmediata. Mar, cedro, cuero tibio, fiebre apagada. Vivo.
Vivo por ahora.
—No hagas nada estúpido mientras duermo —había dicho él en algún momento antes de perder la conciencia.
Kaia le ajustó la manta sobre el hombro sano.
—Entonces no despiertes rápido.
No lo dijo con ternura.
O eso intentó.
El Archivo de Linajes de Sierra Oscura estaba bajo la capilla vieja que los humanos del pueblo cercano creían abandonada. La capilla tenía cruces torcidas, santos sin ojos y velas apagadas para cualquiera que mirara desde afuera. Debajo, la manada guardaba nacimientos, desafíos, reclamos de pareja, juramentos de sangre, expulsiones y nombres borrados.
Los humanos rezaban arriba.
Los wolves mentían abajo.
Kaia siempre había odiado ese lugar.
No por miedo. El miedo era demasiado simple. El archivo la irritaba porque pretendía ser neutral. Filas limpias, etiquetas perfectas, sellos de cera con el crest del pack. Como si una página pudiera convertir un robo en adopción temporal. Como si una firma pudiera lavar sangre de una familia entera.
De niña, la habían llevado allí una sola vez. No recordaba el motivo. Recordaba el olor del papel y la mano de Soria en su nuca, empujándola a mirar una línea donde estaba escrito el nombre Kaia como si hubiera existido desde siempre.
Un nombre nuevo podía ser collar si lo ponían con suficiente calma.
Esa mañana, el archivo le olía distinto.
No a pasado.
A trampa fresca.
Kaia entró por el corredor de servicio con una llave que no le pertenecía y un frasco de alcohol fuerte en la mano, por si alguien preguntaba. Los archivos olían a cuero seco, tinta ferrosa, polvo y sangre antigua. También a Soria. Perfume caro sobre miedo viejo.
Malo.
Muy malo.
El guardia de turno levantó la vista.
—Enforcer.
—Registros de Salinas del Norte —dijo Kaia.
—El Elder Soria restringió acceso después de la auditoría.
Kaia puso el frasco sobre la mesa.
—Entonces anota que vine a dejar esto para las marcas de plata de Nico Rivas. Si Soria prefiere que el testigo se infecte antes de declarar, que firme él.
El guardia dudó.
No porque creyera en su compasión.
Porque nadie quería pedirle una firma a Soria antes del café.
—Cinco minutos.
Kaia no agradeció.
Dentro, las estanterías formaban pasillos estrechos. Cada familia tenía un cajón. Cada pack aliado, una columna. Los Rogues no tenían nombre, solo número. Los Omegas desaparecidos tenían lo peor: espacios limpios donde faltaban páginas.
Kaia buscó Montes.
Nada.
Buscó Luna Negra.
Un cajón trabado.
La cerradura no era fuerte. La advertencia sí: una línea de plata alrededor del borde. No mataba. Castigaba. Kaia envolvió los dedos en tela y abrió igual.
El olor la golpeó antes que la tinta.
Leche fría.
Hojas mojadas.
Una manta limpia.
Su cuerpo retrocedió sin permiso.
No era un recuerdo completo. Era una puerta abriéndose un centímetro: manos femeninas, una canción baja, luna sobre agua oscura, una voz diciendo Lía sin miedo.
Kaia apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes.
No.
Un archivo no podía romperla.
Sacó la carpeta.
Muchas páginas habían sido cortadas. No arrancadas con prisa. Cortadas con paciencia. Quedaban bordes limpios y números de registro que no coincidían con nada. Entre dos hojas de traslado encontró un fragmento pegado al lomo, tan pequeño que alguien lo había dado por perdido.
Lía Valeria Montes.
Bloodline: Luna Negra.
Status: missing under temporary custody.
Age at transfer: six.
Receiving territory: Sierra Oscura.
El cuarto se inclinó.
Kaia puso una mano sobre la mesa para no caer.
Seis.
No era una edad útil para una Enforcer. No para una soldado. No para alguien que recordaba más dolor que canciones.
Su wolf, que casi nunca hablaba con palabras, se movió dentro de ella como una sombra blanca.
*Nos quitaron.*
Kaia cerró los ojos.
No.
Ese no era su nombre.
Velasco le había dado Kaia. Sierra Oscura le había dado rango. Soria le había dado cicatrices. Todo lo demás era un agujero.
Pero el papel olía a verdad.
Y también olía a Mercado.
Más abajo, en una tinta distinta, había una nota cortada por la mitad.
Custody approved by Elder R. Soria.
Witness transfer under Mercado route.
Kaia leyó la línea tres veces.
El nombre de Mercado no la sorprendió. No de verdad. Ya lo había olido en Salinas, en Barranca Roja, en demasiados pasillos donde alguien débil desaparecía con papeles correctos.
Soria sí.
No porque no creyera capaz al Elder. Kaia lo creía capaz de todo. Lo que le heló las manos fue otra cosa: la precisión. No había sido un accidente de guerra, no una niña perdida entre ataques de packs. Había sido proceso. Ruta. Firma. Custodia.
La habían convertido en expediente antes de convertirla en arma.
Mateo había murmurado Lía porque su sangre, su foto escondida, sus recuerdos rotos habían llegado antes que ella a la verdad.
Y aun así, él no la había usado.
La comprensión le dolió de una forma nueva.
No como plata.
Como confianza recibida demasiado tarde.
Una puerta se cerró detrás de ella.
Kaia escondió el fragmento en la manga antes de girar.
Soria estaba al final del pasillo, con las manos cruzadas sobre el bastón de madera oscura. Sonreía como si la hubiera estado esperando desde niña.
—Buscabas registros de Salinas —dijo.
Kaia sostuvo su mirada.
—Los encontré.
—No, criatura. —Soria avanzó un paso, y su perfume caro ensució el aire—. Buscabas tu nombre.
El fragmento quemó contra su muñeca.
Kaia no bajó la vista.
Soria sonrió más.
—Qué pena que no sepas qué hacer con él.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás