Lola Quintana llegó vestida de novia al salón donde todos esperaban verla casarse con Bruno Gatti.
Pero el novio no apareció.
Estaba en Rosario, cuidando a Martina, su primer amor.
Humillada delante de dos familias, traicionada por el hombre al que cuidó durante años y acorralada por una familia que solo quería usarla, Lola tomó una decisión impulsiva: llamó a Thiago Sáenz, un pibe lindo, pobre y descarado al que apenas conocía, y le pidió que fuera su novio por una noche.
El trato era simple.
Él la ayudaba a salvar la cara.
Ella le pagaba.
Después, cada uno seguía con su vida.
Pero Thiago no era tan pobre como parecía.
Y ese casamiento improvisado, que Lola creyó una salida desesperada, terminó metiéndola en una guerra de familias, secretos, herencias robadas y un marido demasiado peligroso para ser solo un capricho.
Lola no buscaba amor.
Thiago tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 17
Capítulo 17
Lola siguió a Thiago hasta el cuarto que su abuela le había preparado.
Él abrió la valija y empezó a guardar ropa en el placard, en el escritorio, hasta en el baño.
Demasiado cómodo.
Como si esa casa le perteneciera desde siempre.
Lola sintió peligro.
Si este hombre decía de más, la imagen de nieta obediente y dulce se le caía en tres segundos.
Tenía que sacarlo.
—Pibe, dejá eso. Hablemos.
Thiago se detuvo.
—¿De qué?
Lola tomó tres libros de su mesa y los puso sobre la cama.
—Ejemplo. Este libro es plata. Este otro, una moto para que dejes la Ecobici. Este último, una estadía temporal, incierta, sin valor real. ¿Cuál elegís?
—La estadía.
—¿Y si el primer libro son cincuenta mil y el segundo una camioneta usada?
—La estadía.
Lola golpeó la cama.
—No seas tan codicioso.
—¿Codicioso?
—El punto es qué querés para irte.
—Nada. Este pibe codicioso quiere paz. Vas a tener que verlo un tiempo.
—Te pago para que alquiles...
—Voy a cambiarme.
Thiago agarró el borde de la remera.
—¿Te quedás?
Lola salió disparada.
En el pasillo, apoyada contra una columna, intentó calmar el corazón.
Solo había visto un segundo.
Pero ese segundo alcanzó para descubrir que el supuesto vago tenía abdominales duros, definidos, demasiado comibles.
—Lola, ¿qué hacés ahí?
Su abuela salió con un vaso de agua.
—Nada. Me voy a dormir.
La abuela miró la puerta de Thiago.
Quizá el abuelo tenía algo de razón.
Al día siguiente, Lola llegó temprano a la escuela.
Jazmín la recibió con una ceja levantada.
—Te vi bajarte del colectivo.
—¿Y?
—¿No estabas casada con alguien de plata? ¿La esposa de un tipo con plata viaja apretada en colectivo?
—Me gusta ser discreta.
—O tu marido no te quiere tanto. Si te quisiera, mínimo te mandaría chofer.
Lola sonrió.
—Jazmín, ¿me seguís tanto porque estás enamorada de mí?
La mujer se puso roja de rabia.
—No me gustan las mujeres.
Lola sacó un espejito y se miró.
—Soy bastante linda. Te entiendo.
—Sos una desquiciada.
—El amor no correspondido vuelve rara a la gente.
Jazmín se levantó, furiosa.
—Ojalá alguien te cierre esa boca.
—Probá con terapia.
Jazmín se fue hecha una furia.
Lola quedó de buen humor.
La última hora fue Lengua.
Cuando sonó el timbre, los chicos salieron como una estampida.
—Milo.
El nene volvió con cara de susto.
—Seño... no terminé la tarea porque me dormí.
Lola parpadeó.
Ni lo había notado.
—La traés mañana.
—Sí.
—Y otra cosa. ¿Vos y tu papá saben que tu tío se quedó sin casa?
Milo abrió los ojos.
—¿Qué?
—Su casa se llenó de cucarachas ruidosas. Pobre. Quizá tu papá pueda recibirlo.
Milo quedó preocupado.
—Mi tío es muy pobre.
Mientras tanto, Damián estaba sentado frente a Victoria Sáenz.
—¿En serio no sabés dónde está Thiago?
—Ya respondí.
—Salió de su casa anoche y no volvió. No atiende. ¿No te preocupa?
Damián sonrió.
—Tiene veintidós. No doce. Soy su cuñado, no su tutor.
—Tu empresita no te hace invencible. Si los Sáenz quieren hundirte, lo hacen.
Damián dejó de sonreír.
—No pude proteger a mi esposa. Ya no tengo mucho que perder. Si quieren usar poder contra mí, prueben.
Victoria se puso de pie, furiosa.
—Damián.
—La puerta está por allá.
La echó.
Después cerró y se tocó el pecho.
—Mirá vos, Damián. Te animaste.
Fue al dormitorio.
Lina estaba en una reposera junto a la ventana, tomando sol.
Él se agachó a su lado y le tomó la mano.
—Amor, Victoria vino a amenazarme. Es tan soberbia como siempre. Despertate y retala vos, que a mí me sale más o menos.
Los ojos se le pusieron rojos.
—Te extraño. Hasta extraño que me grites.
Cuando volvió a acostarla, vio las cintas de la ventana.
En dos días habían crecido de manera absurda. Hojas nuevas, largas, verdes, con una vitalidad que llenaba la habitación de aire fresco.
—Lina, tu hermano compró plantas mágicas.
Preocupado por Thiago, lo llamó.
Thiago atendió.
—¿Dónde estás?
—En un lugar tranquilo.
—No me digas que Victoria te mandó a un monasterio.
—Pensá normal.
—Ah, todavía no. Claro, no conquistaste a la seño.
Thiago ignoró eso.
Damián le contó lo de Victoria.
—No le des importancia.
—¿Hay movimiento en Buenos Aires?
—El viejo está mal. Victoria teme que vuelva por la herencia.
Thiago miró la huerta verde a través de una ventana redonda.
—Si vuelvo ahora, todos dejarán de pelear entre ellos para atacarme a mí. No me conviene.
—¿Y las plantas? Crecieron como locas.
—No las elegí yo.
Pensó en Lola.
Y sonrió.
Entonces escuchó un ruido abajo.
Cortó y bajó.