A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 21
Capítulo 21
Hacerse la difícil
Camila.
Volví a acercarme a la puerta con el corazón golpeándome en la garganta.
No podía ser.
Pero la voz femenina que siguió, ahogada y descarada, era demasiado parecida. Y el zapato rojo en el piso, el tono de piel, la risa entrecortada. Todo encajaba de un modo absurdo.
Abrí la cámara del celular.
No me sentí orgullosa.
Tampoco me detuve.
Camila había mandado una foto de Diego en una cama para destruir mi matrimonio. Había intentado incriminarme en una tienda. Había levantado la mano para golpearme frente a todos. Si ahora la encontraba en el baño de Nox con un hombre que no era Diego, yo no iba a cerrar los ojos por delicadeza.
Grabé.
Al principio solo se veía la espalda del hombre. Esperé con una paciencia que no sabía que tenía. Los brazos se me entumecieron. El alcohol me calentaba la cara. Cada segundo parecía una eternidad pegajosa.
Mientras sostenía el celular, pensé en todo lo que una prueba podía cambiar y destruir. Como reportera, sabía que una imagen no era solo imagen: era contexto, intención, corte, edición, titular. Si usaba ese video mal, podía convertirme en lo mismo que odiaba. Si no lo usaba, Camila y Diego seguirían torciendo la historia a su favor.
No grabé por morbo.
Me repetí eso varias veces.
Grabé porque necesitaba sobrevivir.
También porque sabía que, si solo contaba lo que vi, nadie me creería sin cobrarme algo. Camila podía llorar, Diego podía negarlo, Teresa podía gritar que yo era una mujer despechada. Una prueba no garantizaba justicia, pero al menos impedía que todos fingieran inocencia al mismo tiempo.
Luego Camila se deslizó del lavabo, exhausta. El hombre la sostuvo por la cintura y, por fin, su cara quedó frente a la cámara.
Era ella.
Clara, nítida, imposible de negar.
Casi se me cayó el celular.
El hombre no era Diego. Eso podía reconocerlo con los ojos cerrados. Diego tenía otra forma de moverse, otra altura, otro cuerpo. Este era más grande, más tosco, más ajeno.
Grabé unos minutos más para que no quedara duda. Después salí del baño con las piernas flojas.
Tenía en la mano una bomba.
No sabía si sentir triunfo o asco.
Quizá ambas cosas.
Santiago estaba sentado en el reservado cuando volví. Su rostro se endureció al verme.
—¿Dónde estaba?
—No pregunte. Venga.
Lo tomé de la muñeca y tiré de él.
—Valeria.
—Tengo algo. Algo enorme.
Ximena nos vio pasar y levantó la copa con una sonrisa que preferí no interpretar.
Llegamos al auto. Cerré la puerta, respiré hondo y abrí el video.
—Tiene que ver esto.
Toqué reproducir.
El sonido llenó el interior del Maybach.
Un gemido largo. Luego la respiración brutal de un hombre. Otro sonido, todavía peor.
El espacio se volvió minúsculo.
Santiago me miró.
No con sorpresa. Con una furia helada que me hizo querer lanzarme por la ventana.
—¿Me sacó del club para enseñarme esto?
—¡No! Bueno, sí, pero no por eso. Espere. La parte importante viene después.
Intenté adelantar el video. El dedo me temblaba. Me pasé. Volví. El audio seguía traicionándome con una indecencia impresionante.
—Yo estaba en el baño —expliqué atropelladamente—. Escuché su nombre. Era Camila. Camila con otro hombre. Lo grabé porque... porque es prueba. No quería mostrarle un video porno en su auto.
La frase, al salir de mi boca, sonó mucho peor.
Santiago respiró hondo.
—Déjeme ver.
—Sí. Claro. Pero sin juzgarme.
—Demasiado tarde.
Por fin encontré el momento exacto. Camila levantaba la cara, visible, inconfundible.
Santiago tomó el celular. Sus ojos recorrieron la pantalla con frialdad.
—Envíemelo.
—Primero tengo que recortarlo. No voy a mandar... todo eso.
Intenté recuperar el celular, pero su mano se cerró sobre la mía.
El contacto me paralizó.
La marca de labial en mi hombro pareció arder de pronto, como si recordara la broma de Ximena.
Quien la borre se hace responsable.
Santiago miró mi boca.
—¿Bebió?
—Por accidente.
—Siempre le pasan cosas por accidente.
—Eso suena a acusación.
—Es observación.
—Observa demasiado mi vida para alguien que insiste en que soy solo una herramienta.
La frase salió antes de que pudiera frenarla.
Santiago se quedó quieto.
Por un segundo, el video, Camila, Diego, todo quedó suspendido entre nosotros. Yo había tocado algo que normalmente evitábamos nombrar. Si yo era herramienta, ¿por qué estaba ahí? ¿Por qué se enojaba? ¿Por qué compraba vestidos que no me entregaba? ¿Por qué su mirada me hacía sentir más vista que todo mi matrimonio?
Me arrepentí de inmediato.
No porque fuera falso, sino porque era demasiado cierto para decirlo en un auto cerrado, con la boca todavía seca por el alcohol y un video indecente pausado entre nuestras manos.
Santiago no soltó mi mano.
Eso fue peor que si hubiera respondido con una frase cruel. Su silencio me obligó a escuchar mi propia respiración y a sentir el pulso en los dedos atrapados entre los suyos.
—Yo no soy Diego —dijo al fin.
—Nunca dije que lo fuera.
—Pero a veces me mira como si esperara el mismo golpe.
La frase me dejó quieta. Porque también era verdad.
Diego me había enseñado a sospechar de las manos que se acercaban. Teresa, de las sonrisas familiares. Camila, de las mujeres heridas que podían herir más. Y Santiago, con todo su control, me daba miedo precisamente porque no sabía en qué cajón ponerlo.
No era salvador limpio.
No era enemigo claro.
Era una puerta abierta en medio de una casa incendiada, y yo no sabía si del otro lado había salida o más fuego.
Quizá por eso me defendía incluso cuando no quería defenderme. Porque una parte de mí ya estaba caminando hacia esa puerta.
Y esa parte me daba más miedo que él.
Porque desear una salida también significaba aceptar que la casa anterior ya no podía salvarse.
Y yo todavía estaba aprendiendo a no volver por mis propias cenizas.
—Eso es injusto.
—¿También fue accidente traerme a un auto cerrado para ponerme sonidos de otra pareja?
—Le dije que no era mi intención.
—¿Y cuál era?
No supe responder.
Porque la respuesta lógica era: enseñarle una prueba.
Pero en el aire había algo más, algo provocado por la música, el alcohol, el video, la noche y esa tensión rara que nos perseguía desde Lido.
Santiago se inclinó.
Yo puse una mano en su pecho.
—¿Qué hace?
—Lo que usted provocó.
—Yo no provoqué nada.
—No sabe cuándo lo hace.
Su boca cayó sobre la mía.
No fue un beso tierno. Fue duro, urgente, casi castigador. Me dolió al principio. El auto era demasiado cerrado, su cuerpo demasiado cerca, su mano demasiado firme en mi cintura.
Quise protestar.
Abrí la boca y él entró más profundo.
La cabeza me dio vueltas.
No.
Sí.
No así.
No con mi divorcio sin firmar, con Diego usando mi matrimonio como cadena, con Camila grabada en mi celular y Ximena riéndose en alguna parte del club.
Pero mi cuerpo no obedecía con la claridad de mi cabeza.
Cuando sentí un ardor en el hombro, gemí contra su boca. Santiago se apartó apenas. Yo, en un impulso que todavía no sé explicar, lo sujeté del cuello y lo besé de vuelta.
Él se quedó quieto un segundo.
Después el beso cambió.
Se volvió más lento. Más peligroso.
Cuando finalmente se separó, yo estaba sin aire, con los labios hinchados y la dignidad desaparecida debajo del asiento.
Santiago se acomodó la camisa como si nada.
—Parece ofendida.
—Me estoy quedando sin oxígeno.
Él sonrió.
Eso fue peor que el beso.
—Lléveme a casa —pedí, mirando al frente.
No arrancó de inmediato. Se inclinó otra vez y yo me puse rígida.
—¿Ahora sí le da miedo? —murmuró.
Su pulgar rozó mi labio inferior. Dolía un poco.
—Muy delicada —dijo—. ¿Le dolió?
Lo miré con ojos de súplica, furiosa conmigo misma por no sonar más valiente.
—Santiago...
Mi voz salió baja, casi rota.
Algo en su expresión se suavizó.
Se apartó y encendió el auto.
El trayecto fue silencioso.
Al llegar al edificio de Lucía, bajé casi corriendo. Subí, cerré la puerta y me apoyé contra ella, respirando como si acabara de escapar de un incendio.
Después fui a la ventana.
Santiago seguía abajo, recargado junto al auto, fumando. La punta del cigarro se encendía y apagaba en la oscuridad.
¿Qué había significado ese beso para él?
¿Deseo? ¿Castigo? ¿Un efecto ridículo del video? ¿O algo que llevaba tiempo acumulándose entre nosotros sin que yo quisiera mirarlo?
Mi corazón dio un salto traicionero.
—¿Qué miras? —preguntó Lucía detrás de mí.
Grité otra vez.
—¡Deja de aparecer como fantasma!
Ella se acercó, somnolienta, y me tocó el hombro.
—Qué intenso. ¿Y esa marca?
Miré donde Ximena había dejado el labial.
Ya no estaba.
Recordé el ardor durante el beso. La boca de Santiago, o su mano, borrando la marca roja.
La frase de Ximena volvió a mi cabeza:
Quien la borre se hace responsable.
Sentí que la cara me ardía.
Y por primera vez en días, el miedo no fue lo único que me dejó sin dormir.