Cuando Gael Andrade se muda a Buenos Aires para empezar de nuevo en un prestigioso colegio artístico, cree que su vida será tranquila por fin. Pero todo cambia cuando conoce a Noah Beltrán, el chico más talentoso y problemático del instituto.
Noah tiene fama de meterse en peleas, faltar a clases y mantener a todos lejos… excepto a Gael.
Lo que empieza como una relación llena de discusiones y tensión termina convirtiéndose en algo mucho más profundo cuando ambos descubren un secreto relacionado con un antiguo teatro abandonado detrás del colegio.
Entre ensayos de música, noches lluviosas, cartas escondidas y sentimientos que ninguno sabe cómo explicar, Gael y Noah tendrán que decidir si enfrentarse al pasado… o seguir huyendo de lo que sienten.
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Capítulo 18 La primera cita
Gael no recordaba cómo había llegado a su casa ese día.
Su mente seguía atrapada en aquella conversación.
"Te convertiste en la persona más importante de mi vida."
Cada vez que recordaba esas palabras, sentía el corazón acelerarse.
Y lo peor era que Noah probablemente estaba igual.
O al menos eso esperaba.
Porque si había algo que ambos compartían, era la increíble capacidad de complicar cosas simples.
Dos días después, el instituto había vuelto a la normalidad.
Bueno...
Tan normal como podía ser después de descubrir una prisión ancestral bajo el teatro.
Los alumnos hablaban sobre el cierre temporal de algunas áreas del edificio.
Los profesores parecían extrañamente aliviados.
Y nadie parecía recordar los fenómenos extraños que habían ocurrido.
Era como si el propio teatro hubiera decidido guardar sus secretos.
Solo unas pocas personas conservaban los recuerdos completos.
Gael.
Noah.
Matías.
Y, de alguna forma, Esteban.
Aunque nadie lo había vuelto a ver desde aquella noche.
—Lo invitas tú.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
Matías golpeó la mesa de la cafetería.
—¡GAEL!
Varias personas se giraron.
Gael hundió el rostro entre las manos.
—¿Puedes dejar de gritar?
—No hasta que invites a Noah a salir.
—No es tan fácil.
—Sí lo es.
—No, no lo es.
Matías lo señaló dramáticamente.
—Sobreviviste a una criatura ancestral.
—Sí.
—Entraste a túneles secretos.
—Sí.
—Salvaste Buenos Aires.
—Más o menos.
—Y aun así te da miedo invitar a salir a un chico que claramente está enamorado de ti.
Gael sintió que la cara le ardía.
—¡Habla más bajo!
Matías sonrió.
—Entonces hazlo.
Por desgracia...
Matías tenía razón.
Y eso era lo peor.
Porque Gael sabía exactamente lo que sentía.
Sabía lo que Noah sentía.
Pero decirlo en voz alta era otra historia.
Aquella tarde encontró a Noah en el aula de música.
Solo.
Sentado frente al piano.
La misma aula donde había comenzado gran parte de aquella aventura.
El sol atravesaba las ventanas.
Y por primera vez el lugar se sentía tranquilo.
Seguro.
Noah levantó la vista al escucharlo entrar.
—Hola.
—Hola.
Silencio.
Gael maldijo internamente.
No estaba funcionando.
Definitivamente no estaba funcionando.
Noah pareció darse cuenta.
—¿Ocurre algo?
—Sí.
—¿Algo malo?
—No.
—Entonces dime.
Gael respiró profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Y decidió lanzarse.
—¿Te gustaría salir conmigo?
El silencio fue inmediato.
Gael sintió que iba a morir.
Probablemente de vergüenza.
Tal vez espontáneamente.
No sabía.
Pero moriría.
Entonces Noah parpadeó.
Una vez.
Dos.
Y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Me tomó exactamente diez segundos procesarlo.
Gael dejó escapar el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—¿Eso es un sí?
—Es un sí.
El corazón de Gael dio un salto.
Y la sonrisa que apareció en el rostro de Noah hizo que el suyo se acelerara todavía más.
Esa misma tarde caminaron juntos por San Telmo.
Las calles estaban llenas de música.
Artistas callejeros.
Cafés antiguos.
Faroles encendidos.
Por primera vez no estaban investigando un misterio.
No estaban huyendo de fantasmas.
No estaban intentando salvar el mundo.
Solo estaban juntos.
Y resultaba extrañamente perfecto.
—Esto es raro.
Gael lo miró.
—¿Qué cosa?
—No tener que enfrentar una criatura gigante.
Gael soltó una carcajada.
—Creo que la mayoría de las citas no incluyen monstruos.
—Es bueno saberlo.
Siguieron caminando.
Lentamente.
Sin apuro.
Hasta llegar a una pequeña plaza iluminada por luces amarillas.
El aire era fresco.
Tranquilo.
Y por un momento ninguno habló.
No hacía falta.
Porque el silencio entre ellos ya no era incómodo.
Era cómodo.
Cálido.
Familiar.
Noah observó las luces de la plaza.
Después giró hacia Gael.
—Luca te habría caído bien.
Gael sonrió suavemente.
—Creo que ya me cayó bien.
Noah bajó la mirada.
Y una pequeña sonrisa triste apareció en su rostro.
Pero esta vez no era una sonrisa llena de dolor.
Era una sonrisa llena de recuerdos.
Y eso era diferente.
Muy diferente.
Gael tomó suavemente su mano.
Noah entrelazó sus dedos sin apartarse.
Naturalmente.
Como si siempre hubiera sido así.
Como si aquel lugar fuera exactamente donde ambos debían estar.
Y bajo las luces de Buenos Aires, comenzó una nueva historia.
No una historia de fantasmas.
Ni de criaturas antiguas.
Sino la historia de dos chicos que, después de sobrevivir a la oscuridad, finalmente encontraron algo por lo que valía la pena sonreír.