En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.
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Cap 17
Narrado por: Aura
El muro de fuego esmeralda que levanté con Deshielo rugió frente a nosotros, alcanzando tres metros de altura y derritiendo la nieve hasta dejar al descubierto la roca negra del valle. El calor abrasador empujó hacia atrás a la vanguardia de la Primavera, pero la magia no duraría para siempre.
A mis espaldas, escuché un crujido sordo. Un sonido parecido al de un glaciar partiéndose por la mitad.
Me giré de golpe.
Caelum estaba de rodillas sobre el hielo. Su mano derecha, envuelta en un guantelete congelado, se aferraba a su pecho. Tosía compulsivamente, escupiendo gruesos coágulos de sangre negra que siseaban al tocar la nieve derretida. La Espada Verde que le había robado a Elian estaba tirada a un metro de él, emitiendo un zumbido venenoso.
—¡Arriba, témpano! —grité, corriendo hacia él y enfundando mi brazo libre por debajo de su axila para tirar de él—. ¡El muro no aguantará una carga de caballería!
El Dios del Invierno era una mole de músculo tenso y escarcha sólida. Pesaba como el plomo.
—Mi núcleo... —susurró Caelum, su voz era un hilo de aire helado raspando contra piedra—. El golpe de Elian... el escudo de éxtasis térmico me rompió por dentro.
—Guarda aire —ordené, tirando de él con todas mis fuerzas hasta lograr que se pusiera de pie a medias. Su brazo izquierdo colgaba inerte y su rostro, habitualmente inexpresivo, era una máscara de puro dolor—. ¡Camina!
Nos adentramos en el Velo de la Niebla Blanca.
A nuestra derecha, la batalla entre los Gólems de las Sacrificadas y el ejército de la Primavera era un pandemónium de ruidos metálicos, explosiones mágicas y gritos de agonía. El visor lavanda de Elara, la líder de los ecos, brilló a través de la tormenta de nieve mientras aplastaba a tres lanceros de armadura dorada con su maza masiva.
—¡Protejan a la portadora! —gritó la voz distorsionada de Elara desde el interior del gólem gigante—. ¡Formación de cuña! ¡Cubran el flanco oeste!
Una docena de gólems de obsidiana rompieron filas y corrieron hacia nosotros, interponiéndose entre el ejército de Elian y nuestra ruta de escape. Las bestias de hielo negro formaron una barrera móvil, absorbiendo las flechas llameantes y los cortes de cimitarra que llovían desde la niebla.
Avanzamos diez pasos a trompicones. Caelum tropezó, arrastrándome casi hasta el suelo.
—Déjame, humana —gruñó él, intentando empujarme con su mano sana—. Si... si marchas sola, mi hermano te ignorará para matarme a mí. Tienes el fuego... puedes llegar a la Puerta Ciega.
—¡Cállate! —repliqué, apretando mi agarre alrededor de su cintura helada. El frío que emanaba de su cuerpo herido estaba entumeciendo mi costado derecho, pero el calor que latía en la empuñadura de Deshielo me mantenía en movimiento—. ¡No derretí ese pilar para dejarte morir en la nieve! ¡Muévete!
La niebla frente a nosotros se arremolinó violentamente.
De la pared blanca emergieron ocho soldados de la Primavera. No llevaban armadura pesada, sino túnicas de cuero ceñidas y espadas cortas gemelas. Eran cazadores de élite. Habían flanqueado a los gólems.
El líder de los cazadores nos vio y soltó un silbido agudo, cruzando sus espadas.
—¡Aquí está! —gritó el cazador—. ¡Corten a la chica, pero no la maten! ¡El Dios de Hielo es para el Príncipe!
Caelum intentó levantar su mano derecha para conjurar hielo, pero su núcleo emitió un sonido de cristal roto y él cayó sobre una rodilla, tosiendo sangre negra sobre mis botas.
Estaba sola.
Solté a Caelum y di un paso al frente. Levanté a Deshielo con ambas manos. La hoja de obsidiana y fuego esmeralda palpitó, emitiendo un calor que secó el sudor de mi frente.
Los ocho cazadores cargaron al unísono.
No esperé. Me lancé hacia adelante, canalizando la pura adrenalina y el pánico directamente hacia la empuñadura de mi arma.
El primer cazador lanzó una estocada doble hacia mis costillas. Giré sobre mi talón izquierdo, usando el peso de la pesada espada bastarda para desviar ambas hojas. El acero del cazador se fundió en el punto de impacto. Sin detener el movimiento, invertí el arco de mi ataque y le crucé el pecho con la hoja llameante. El cuero y la carne ardieron instantáneamente. El hombre cayó gritando, envuelto en fuego verde.
Dos más me atacaron por la derecha. Uno apuntó a mis piernas; el otro, a mi cabeza.
Incrusté la punta de Deshielo en el suelo de nieve dura y solté una explosión de calor. La onda expansiva levantó un géiser de agua hirviendo y vapor que cegó a ambos soldados. Saqué la espada de un tirón, avancé a ciegas a través del vapor y lancé un tajo horizontal a la altura del cuello. Sentí la resistencia ceder bajo el filo de mi espada. Dos cuerpos se desplomaron.
Mi respiración era irregular. El calor en el interior de mis venas comenzaba a sentirse diferente. Ya no era una batería cálida; era un ácido corrosivo arañando las paredes de mis vasos sanguíneos.
—¡Agárrenla por las rodillas! —ordenó otro cazador, lanzándose al suelo para barrerme los pies.
Salté hacia atrás, pero el soldado restante me golpeó el hombro con la empuñadura de su espada, desequilibrándome. Caí de espaldas sobre la nieve resbaladiza. Deshielo resbaló de mis manos y cayó a un metro de distancia, fundiendo el hielo donde aterrizó.
El soldado se abalanzó sobre mí, levantando su espada corta para clavármela en el muslo.
Levanté mis palmas desnudas directamente hacia su rostro.
—¡Arde! —bramé.
Una llamarada de fuego primigenio brotó de mis manos y envolvió al cazador por completo. El hombre se convirtió en una antorcha humana y salió disparado hacia atrás, rodando por la nieve hasta apagarse.
Me puse en pie de un salto, jadeando violentamente. Mis manos temblaban. Las venas del dorso de mis manos brillaban con un verde enfermizo, casi fluorescente, bajo la piel.
Caelum se había arrastrado por el suelo y ahora aferraba a Deshielo por la hoja inerte de obsidiana, extendiéndome la empuñadura. Sus guanteletes chisporroteaban por el calor del arma.
—Tómala... —murmuró él, con los ojos entrecerrados—. La Fortaleza... cien pasos.
Agarré la espada. En el momento en que mis dedos tocaron el mango, el arma volvió a encenderse con un rugido, pero esta vez, el fuego no fue esmeralda brillante. Fue un verde oscuro, manchado de negro, como humo de carbón.
Un dolor punzante, como mil agujas al rojo vivo, me subió desde la muñeca hasta el hombro derecho.
Apreté los dientes hasta que creí que se romperían, ahogué un grito y volví a pasar el brazo de Caelum sobre mis hombros.
Los últimos cuatro cazadores retrocedieron hacia la niebla al ver la masacre, temblando ante el brillo oscuro de mi espada.
—¡Corre, Aura! —el grito de Elara resonó a nuestras espaldas, seguido del impacto demoledor de su maza aplastando a una bestia de madera de la Primavera.
Caminamos. Arrastré al Dios del Invierno a través del Velo ciego, dejando un rastro de sangre negra y nieve derretida. Cada paso era una tortura. Mis pulmones quemaban. El brazo con el que sostenía la espada pesaba una tonelada, y la piel de mi antebrazo se sentía como si estuviera siendo sumergida en aceite hirviendo.
La silueta colosal de las puertas del patio de armas de la Fortaleza emergió de la niebla como la mandíbula de un monstruo salvador.
—¡Custodio! —grité, mi voz ronca y rasposa.
El espíritu de niebla apareció al instante en el umbral, sus zarcillos temblando de agitación.
—¡Por todos los dioses de la Primera Era! —exclamó el Custodio, flotando rápidamente hacia nosotros y envolviendo el cuerpo de Caelum con su propia niebla para aligerar la carga—. ¡Entren! ¡Rápido!
Cruzamos el umbral.
El patio de armas estaba vacío. Las inmensas puertas de obsidiana a nuestras espaldas, pesadas como montañas, comenzaron a cerrarse lentamente, rechinando contra las bisagras congeladas bajo el comando mágico del Custodio.
Apenas la cerradura de escarcha hizo clic, bloqueando la tormenta y el campo de batalla en el exterior, las rodillas de Caelum cedieron por completo.
Esta vez no pude sostenerlo. Ambos caímos sobre el suelo de cristal liso del atrio interior.
Caelum rodó sobre su espalda. Su respiración era superficial, errática. El pecho de su túnica negra estaba cubierto de grietas azules que parpadeaban con una luz mortecina. La Espada Verde de Elian, que yo había recogido y cargado en mi espalda baja, cayó al suelo con un tintineo agudo.
—Señor Caelum... —el Custodio se materializó sobre su pecho, intentando canalizar energía curativa en sus heridas—. ¡Su núcleo está fracturado en cinco lugares diferentes! El impacto físico del éxtasis térmico destruyó sus conductos primarios.
Me arrodillé a su lado. Dejé a Deshielo sobre el cristal.
—¿Puede curarse solo? —pregunté, intentando limpiar la sangre negra del rostro del Dios con mi manga de cuero.
—El hielo tarda siglos en regenerar un daño estructural como este —el espíritu sonaba genuinamente aterrorizado—. Necesita sumergirse en la Cámara del Cero Absoluto en las profundidades del palacio, pero no tiene la fuerza para caminar, y mis ataduras no pueden levantarlo por las escaleras.
Intenté empujar mis manos bajo los hombros de Caelum para levantarlo de nuevo.
En el momento en que apoyé las palmas en el suelo, mis brazos fallaron.
No fue debilidad muscular. Fue un colapso total. Caí de bruces contra el hielo.
Un grito ronco, animal, escapó de mi garganta.
El dolor que me había estado mordiendo durante la retirada finalmente me devoró. Me giré sobre mi espalda, retorciéndome en el suelo de cristal.
Mis manos.
Levanté las manos temblorosas frente a mis ojos. La piel desde la punta de mis dedos hasta mis codos ya no tenía un color humano. Estaba negra, cubierta de fisuras brillantes, exactamente igual a la obsidiana y a las escamas del Engendro que había fundido para crear la espada. Por debajo de las grietas en mi piel muerta, la sangre no era roja; era fuego líquido esmeralda, pulsando con violencia.
—¡Aura! —el Custodio abandonó el pecho de Caelum y flotó hacia mí—. ¡La forja! ¡El arma!
Comencé a toser incontrolablemente. No escupí sangre. Escupí ceniza gris y chispas calientes. Mi garganta estaba completamente carbonizada por dentro.
—¿Qué... qué me pasa? —jadeé, intentando apretar los puños, pero mis dedos crujieron rígidos, como piedra a punto de partirse.
—¡El fuego primigenio del solsticio exige combustible! —la niebla del Custodio se agitó a mi alrededor, intentando enfriar el aire sofocante que mi cuerpo estaba empezando a irradiar—. Al usar la espada de manera tan agresiva, abriste tus reservas de magia más allá del límite humano. El fuego no encontró suficiente energía en tu núcleo... así que empezó a quemar tu propia fuerza vital, tus venas, tu piel. Te estás carbonizando desde adentro hacia afuera, niña.
Miré a Deshielo, tirada a un metro de mí. La hoja negra seguía latiendo suavemente, conectada a mi agonía por un hilo invisible de magia.
—Tengo que apagarlo... —dije, arrastrándome por el suelo, alejándome de la espada.
—No puedes simplemente apagarlo. El flujo ya está abierto. Si no estabilizamos la temperatura de tu sangre, en diez minutos serás un cadáver de ceniza esparcido por este patio.
Giró la cabeza. Caelum seguía inmóvil, sus ojos azules fijos en el techo abovedado, la luz de su núcleo apagándose lentamente, las grietas azules en su pecho expandiéndose con cada latido débil.
Él moría de frío. Yo moría de fuego.
—Custodio... —la voz de Caelum era apenas un susurro inaudible—. Acércala.
El espíritu vaciló.
—Señor, si la toca en este estado, el choque térmico podría partirlos a ambos. Su núcleo astillado no soportará un impacto de fuego a nivel celular.
—Acércala... a mí —ordenó Caelum, girando la cabeza lentamente hacia mi posición. Sus ojos no mostraban miedo, solo una fría y calculadora resolución—. Ahora.
El Custodio no discutió. Envolvió mi cintura con zarcillos de niebla densa y me deslizó por el hielo hasta dejarme a escasos centímetros del cuerpo destrozado del Dios del Invierno.
El calor que irradiaba mi piel negra y agrietada chocó inmediatamente con el aura congelada de Caelum. El aire entre nosotros chisporroteó, llenando el suelo de un denso vapor blanco.
Caelum levantó su mano sana, desnuda y desprovista del guantelete de escarcha. Sus dedos pálidos y perfectos se acercaron a mi brazo carbonizado.
—Si gritas, no pares —me dijo él, mirándome a los ojos.
Caelum agarró mi muñeca ardiendo con su mano de hielo absoluto.
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