Susena creía vivir en un paraíso: un hogar impecable, tres hijos amados, un bebé en camino y un esposo que parecía perfecto. Pero cuando Julián muere en un trágico accidente, su mundo de cristal estalla.
Entre deudas ocultas y el descubrimiento de una impactante doble vida, Susena se queda en la calle y sin nada. Sola con sus hijos y una tía a su cargo, deberá abandonar su fragilidad para transformarse en una madre de acero. Una historia de traición y coraje donde una mujer deberá luchar contra la pobreza y el engaño para reconstruir su destino.
¿Hasta dónde llegarías para salvar a los tuyos cuando descubres que tu vida entera fue una mentira?
NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 9: El primer respiro
El viernes por la mañana, Nueva York parecía haber decidido darle una tregua a Susena Vallejo. Se despertó antes de que sonara la alarma en la pequeña habitación del hotel, sintiendo una energía que no había experimentado desde antes del accidente. Se tomó su tiempo para arreglarse; sabía que en el mundo de Maximiliano D'Angelo, la imagen no era solo vanidad, sino una herramienta de poder. Se soltó su cabello chocolate, que brillaba con salud, y eligió un vestido de punto color marfil que acentuaba su elegancia natural y acariciaba con suavidad la curva de sus cuatro meses de embarazo. Se veía hermosa, radiante, como una mujer que ha sobrevivido a un naufragio y ha emergido más fuerte del océano.
Al llegar a la Torre D'Angelo, el ambiente había cambiado. Los susurros continuaban, pero ahora iban acompañados de miradas de respeto. Susena caminó directamente hacia el piso 60. Maximiliano la estaba esperando en su oficina, de pie junto al ventanal, observando el movimiento febril de Wall Street. A sus cincuenta años, el magnate se veía impecable con una camisa blanca de seda y un reloj que valía más que la casa de la que Susena había sido desalojada.
—Buenos días, señor D'Angelo —dijo ella, entrando con una seguridad que lo hizo girarse de inmediato.
Max la observó en silencio durante un segundo. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de Susena, deteniéndose en su sonrisa tranquila. Él estaba acostumbrado a modelos de veintitantos años que buscaban su aprobación con desesperación, pero Susena... ella buscaba algo mucho más valioso: respeto.
—Buenos días, Susena. Se ve... muy bien hoy —admitió él, su voz profunda perdiendo un poco de su habitual frialdad—. He revisado los costos proyectados de su campaña. Es ambiciosa, pero confío en su criterio.
Maximiliano caminó hacia su escritorio y tomó un sobre que ya estaba preparado. Se lo extendió con un gesto sobrio.
—Aquí tiene el adelanto que le prometí. Es una suma considerable, suficiente para que saque a su familia de ese hotel y establezca un hogar digno. Considérelo una inversión en mi mejor activo creativo.
Susena tomó el sobre. Sintió el peso del papel y, por un instante, cerró los ojos para contener las lágrimas. Ese sobre representaba comida, techo y seguridad para Mateo, Valeria y Lucía. Representaba que el "acero" en su alma había dado sus primeros frutos.
—Gracias, Maximiliano —dijo ella, usando su nombre de pila por primera vez.
Él arqueó una ceja, sorprendido por la cercanía, pero no la corrigió. Había algo en la dignidad de esa mujer de cuarenta años que lo desarmaba. Ella no era una empleada más; era un desafío a su estilo de vida solitario y cínico.
Maximiliano la miró con una mezcla de curiosidad y algo que se parecía peligrosamente al respeto. Él, que estaba acostumbrado a mujeres que solo buscaban el brillo de su tarjeta de crédito, no sabía cómo procesar a Susena.
—Tengo un edificio de apartamentos cerca de Gramercy Park —dijo él, con una frialdad que intentaba ocultar su interés—. Hay un penthouse vacío. Es pequeño para mis estándares, pero suficiente para una familia. Puede mudarse hoy mismo. Se le descontará de sus bonos de rendimiento.
Susena negó con la cabeza, con una sonrisa triste.
—Gracias, señor D'Angelo, pero no. No quiero vivir en una jaula de oro que le pertenece a mi jefe. Ya viví en una casa construida sobre mentiras. De ahora en adelante, lo que mi familia tenga será porque yo lo gané, centavo a centavo.
Maximiliano se quedó helado. Nadie le decía que no a una oferta suya, y mucho menos alguien que dormía en un hotel de paso.
Corta y sin tantos dramas.
Corta y sin tantos dramas.