Itzcelina Bocanegra dejo todo por el amor de Luca Harrison.
Adrian Stuart ama a su esposa.
una noche unidos por la traición se encuentran.
¿Que pasará entre ellos dos?
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Capitulo 8
Itzcelina Bocanegra jamás imaginó que la noche que debía ser como cualquier otra se convertiría en el punto de quiebre de su vida. Cinco años de matrimonio, de entrega, de devoción absoluta a Luca Harrison, su esposo, su amor de universidad, el hombre con quien había construido un hogar. A pesar de las discusiones, lo amaba y seguía esperando. Creía conocerlo, entender cada gesto, cada mirada… pero había estado equivocada.
Un mensaje llegó a su teléfono cuando estaba terminando de acomodar la mesa con la cena que le había preparado a Lucas. El aroma del salmón glaseado con miel y especias impregnaba el ambiente de su hogar perfecto, mientras el vino tinto esperaba en la copa. Pero nada de eso importó cuando vio el texto anónimo en la pantalla.
“Si quieres ver la verdad, ve al bar Rosewood. Está con otra”
Su corazón se detuvo por un segundo. Se dijo a sí misma que debía ignorarlo, que debía confiar en Lucas, pero algo dentro de ella, un presentimiento oscuro, la obligó a moverse.
Subió a su habitación, buscando algo para ponerse. Su reflejo en el espejo la observó con incertidumbre. Era una mujer hermosa, de piernas largas y piel dorada, con una melena rubia que caía en ondas sobre sus hombros. Esa noche, eligió un vestido rojo. Rojo pasión. Rojo furia. Rojo despedida.
Cuando llegó al Rosewood, el ambiente estaba cargado de risas y música. Caminó entre las mesas con el pulso acelerado, buscando sin saber exactamente qué. Y entonces lo vio.
Luca reía, con su sonrisa encantadora de siempre, pero no era ella quien la recibía. Una mujer de cabello oscuro y figura estilizada estaba entre sus brazos. Él la besó, le susurró algo al oído, y el mundo de Itzcelina se vino abajo.
No gritó. No hizo una escena. Simplemente, se giró y salió del lugar con la vista nublada por las lágrimas.
Al fondo de una esquina otros ojos confundidos también veían la misma escena. Sin decir nada salió del lugar como si el mundo se hubiera acabado
Afuera, el frío de la noche y la lluvia la golpeó con la misma fuerza que la traición. Sus dedos temblorosos buscaron su teléfono y pidio un taxi. No quería regresar a casa. No quería enfrentar la verdad. Solo quería desaparecer.
Un auto negro se detuvo frente a ella. Sin dudarlo, abrió la puerta y subió.
El conductor tenía la cabeza apoyada en el volante, como si estuviera perdido en sus propios pensamientos. Al sentirla entrar, alzó la mirada y la observó a través del retrovisor.
—Buenas noches —murmuró él.
Ella no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en el vacío, su mente repitiendo la imagen de Lucas con otra. Un suspiro escapó de sus labios antes de que susurrara.
—Llévame lejos de aquí…
El hombre, desconfiado, pero con ojos atentos, la miró a través del espejo. Había algo en su dolor que lo inquietaba.
—¿Algún destino en especial?
Itzcelina negó con la cabeza.
—No lo sé… solo maneja.
El motor rugió y el auto se puso en marcha, alejándose del lugar donde su mundo se había derrumbado.
El taxista, un hombre de alrededor de treinta y cinco años, con barba muy bien delineada y una mirada fría, la observó de nuevo por el espejo. Algo en su mirada le resultaba intrigante.
Ella encendió un cigarro, de esos que dejaban un aroma dulce en el aire. Lo acercó a sus labios y aspiró con lentitud. Él extendió un encendedor sin decir palabra, y ella lo tomó con suavidad, rozando sus dedos.
—Me llamo Itzcelina —dijo de pronto, cruzando las piernas con una naturalidad seductora.
Él asintió, con la vista, en la carretera.
—Adrián.
Hubo un breve silencio antes de que Itzcelina preguntara, con la voz teñida de melancolía:
—¿Le puedo hacer una pregunta, Adrián?
Él sonrió con cierto desgano.
—Diga.
—¿Qué hace un taxista conduciendo a esta hora, con este frío, en una ciudad llena de sombras?
La pregunta le hizo soltar una risa amarga.
—Trabajo… y tal vez, buscando algo que no sé qué es. —contestó sin aclarar que él no era un taxista.
Itzcelina entrecerró los ojos, sin darse cuenta de que lo había confundido con alguien que tenía certezas en la vida.
Ella soltó una risa suave y se quedó en silencio, observando las luces de la ciudad que pasaban rápidamente por la ventana.
Después de un rato, Adrián preguntó:
—¿Por quién llora?
Itzcelina giró el rostro hacia él, sus labios temblorosos.
—Por un imbécil. Uno que cree que por ser nuevo rico puede hacer lo que le da la gana. Cree que puede engañarme como si yo fuera una tonta. Por él me enfrenté a mi familia, perdí todo, dejé mis sueños y ahora como me paga.
—Cuando lo conocí no era nadie ¿Sabe? —dijo soltando un suspiro —lo ayude a empezar de cero, fui su mano derecha, su secretaria, contadora y la que pagaba las cuentas y todo para que otra lo disfrute más que su propia esposa.
Sus manos se apretaron sobre el volante. No necesitaba más detalles para entender lo que había pasado.
—No se caiga por un amor que no vale la pena —dijo con firmeza. —a veces también habemos hombres que sabemos amar y damos todo, pero nos pagan mal.
Ella lo miró, esta vez de verdad. Había honestidad en su voz, una crudeza que no intentaba endulzarle los oídos con mentiras de consuelo.
—Eres un buen tipo, Adrián.
Él no respondió. Solo aceleró un poco más, zigzagueando entre los autos por la avenida, mientras en el espejo retrovisor, sus miradas se cruzaban.
*No hay vacío que dure para siempre. El alma aprende a reconstruirse con paciencia y ternura. Lo que un día fue dolor, mañana será impulso. Porque cuando el amor propio despierta, comprendes que nunca estuviste sola: siempre te tuviste a ti, y eso es suficiente para volver a empezar.
*Quizá el tiempo borra muchas cosas, pero nunca las huellas de dos almas que se encontraron para cambiarse la vida… para siempre.