Enzo era un libertino; Camila, tranquila y reservada. Eran completamente opuestos, como el fuego y el agua.
Después de casarse, cuando le preguntaban por qué se había casado con Camila, Enzo encendía un cigarrillo y respondía con un tono burlón y serio a la vez:
—Fue mi familia quien lo decidió. ¿Qué podía hacer yo?
Cinco años de matrimonio fueron cinco años de guerra fría. Al final, fue ella quien tomó la iniciativa de pedir el divorcio.
Pero justo cuando Camila estaba a punto de irse, fue Enzo quien no pudo dejarla marchar.
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Capítulo 17
El sol comenzaba a ponerse sobre las calles de Copacabana, tiñendo el asfalto con tonos anaranjados y reflejándose en los cristales de los autos estacionados.
Camila Sousa respiraba hondo, el corazón aún acelerado después del encuentro tenso con Enzo Silva. Él había cruzado la línea de provocación una vez más, y ella sentía la rabia crecer como una llama que no podía contener más.
Sentada al volante, con las manos firmes en el volante, observaba a Enzo parado al lado del coche, la postura arrogante y la mirada fija en ella, desafiante. Ella sabía que cualquier palabra fuera de lugar podría encender una guerra mayor.
Fue en ese instante que Luca, pequeño e impetuoso, no consiguió contener más el impulso.
El niño saltó del asiento trasero, empuñando una pequeña pistola de agua que traía consigo.
—¡Ja! ¡Ja! —gritó, imitando la voz de un soldado extranjero, inventando palabras en inglés—. ¡Te vas a mojar!
El chorro de agua alcanzó a Enzo por sorpresa, salpicando sobre su ropa elegante. El choque fue instantáneo.
Enzo alzó los ojos hacia el pequeño atacante, la rabia explotando en el pecho.
—¡Niño! —su voz cortó el aire, mezcla de sorpresa y furia.
Pero Luca no retrocedió. Continuó disparando, riendo y gesticulando exageradamente, mientras Camila mantenía los ojos fijos en él, intentando contener la risa y, al mismo tiempo, su propia tensión.
Lo que Enzo no esperaba era la audacia de Luca.
Con un movimiento rápido, agarró a Luca por el brazo, levantándolo del suelo como si fuera un pequeño perro. Lo suspendió en el aire, dejando al niño colgado sobre el capó del coche, con los ojitos muy abiertos de sorpresa y miedo.
—¡Te vas a convertir en comida de perro! —amenazó, con una voz dura, pero que traicionaba un cierto divertimento escondido.
Camila abrió los ojos desmesuradamente. La situación se había escapado del control.
Sin pensarlo dos veces, corrió hacia Enzo, envolviendo su cintura con fuerza, intentando quitarlo de encima de Luca.
—¡Suéltalo! —gritó, la rabia ahora mezclada a la urgencia—. ¡Suéltalo ahora!
La fuerza que emanaba de Camila sorprendió a Enzo. Pequeña en estatura, pero determinada, ella consiguió impedir que él sujetase a Luca por más tiempo. El cuerpo de Enzo resistía, intentando liberarse, pero Camila se mantuvo firme, sus brazos fuertes como cadenas, imposibles de romper en aquel momento.
Luca finalmente cayó de vuelta al suelo, el pecho subiendo y bajando rápidamente, los ojos brillando de excitación y adrenalina.
El niño alzó la pistola de agua nuevamente, apuntando al padre, ahora con más confianza.
—¡Ja! ¡Vas a tomar! —gritó, apretando el gatillo.
El agua alcanzó el rostro de Enzo, escurriendo por el cuello y por el paletó caro.
En este momento, Lina, la hermana menor, vio la oportunidad. Tomó el pequeño zapato que estaba al lado del asiento y corrió en dirección a Enzo. Con toda la fuerza que consiguió reunir, le dio una patada leve, pero certera, en la pierna. Enseguida, subió al capó y pisó con fuerza, haciendo que Enzo se contorciese.
—¡Aléjate de nosotros! —gritó Lina, los ojos brillando de coraje y determinación, mientras se escondía nuevamente detrás del coche.
Camila respiraba con dificultad, sujetando a Enzo con firmeza. Sintió la piel caliente de él contra la propia, mezclada al olor familiar que siempre la dejaba tensa. El cuerpo del hombre alto y musculoso estaba imponente, pero en aquel instante, la postura de Camila era dominante.
Ella percibió algo inesperado: Enzo no resistía tanto como parecía. Él solo se contorsionaba, intentando no mojarse más, protegiendo el rostro del agua.
La adrenalina corrió por sus venas. Ella estaba furiosa, sí, pero también sentía una extraña y peligrosa proximidad. El olor de él, la tensión en el cuerpo, la respiración acelerada… todo eso era familiar y dolorosamente provocante.
—¡Te dije que soltaras a Luca! —repitió, más firme esta vez, los dientes apretados.
Enzo, encarando el rostro determinado de ella, finalmente relajó un poco los brazos.
Luca y Lina aprovecharon el momento para retroceder hacia el coche, riendo y gritando palabras sin sentido en inglés, imitando a niños extranjeros.
Camila, aún sujetando a Enzo, sintió el corazón acelerarse. El contacto físico inesperado, la tensión, la proximidad… todo la hacía sonrojarse, mezclando rabia y una chispa de algo que ella no quería admitir.
Ella respiró hondo, intentando recuperar el control sobre la situación.
—Tú… —comenzó, la voz fallando levemente—. ¡Eres imposible!
Enzo la miró, la mirada aún desafiante, pero ahora cargada de una extraña vulnerabilidad que solo Camila conseguía percibir.
Ella volvió a retroceder, finalmente soltándolo.
—¡Basta! —dijo, la rabia desbordando—. Yo… —hizo una pausa, las manos temblando levemente, pero la decisión firme—. ¡Yo no voy a… jugar más contigo!
Sin pensar, Camila alzó la mano y le dio una bofetada en el rostro a Enzo. Un chasquido seco cortó el aire, y Enzo se sujetó el rostro sorprendido, los ojos muy abiertos.
—¡Esto es por lo que hiciste! —continuó, la voz cargada de rabia, vergüenza y una punta de alivio.
El hombre alto se quedó inmóvil, sujetando la mejilla roja, sin decir una palabra. El orgullo herido parecía más que físico; era emocional, y Camila podía sentir eso en la intensidad de la mirada de él.
Ella respiró hondo, giró el cuerpo y corrió hacia el coche, abriendo la puerta trasera.
—¡Rápido, entren! —gritó, gesticulando para Luca y Lina.
Los niños saltaron para dentro, aún riendo y susurrando frases inconexas, protegidos dentro del coche. Camila cerró la puerta, la trabó y respiró hondo, intentando recuperar el control de su propia respiración.
Allí afuera, Enzo se quedó parado, sujetando la mejilla ardiendo, observando el coche alejarse. La rabia, la frustración y una sensación extraña de pérdida se mezclaban en su pecho.
Él respiró hondo, intentando contener las ganas de correr tras ella, pero algo lo paralizaba: la distancia, la fuerza de la mujer que acababa de desafiarlo, y el recuerdo de la determinación en la mirada de Camila.
Él dejó escapar un suspiro profundo, mientras la tarde se transformaba en noche.
—Hija de puta… —murmuró solo, casi inaudible, mientras el coche desaparecía en la curva de la calle.