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La Luna Renacida del Alpha Maldito

La Luna Renacida del Alpha Maldito

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Hombre lobo / Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:77.8k
Nilai: 5
nombre de autor: ReWorld

Clara Robles murió la noche en que dio a luz.
El Alpha Adrián De la Vega, el hombre que juró amarla, le arrebató a su cachorro para salvar a Valeria, la falsa hija del linaje Robles. Antes de cerrar los ojos, Clara descubrió la verdad: ella era la verdadera hija de Luna Elena, la heredera de sangre que todos habían dejado sufrir.
Pero la Diosa Luna le dio otra oportunidad.
Al despertar años antes de su tragedia, Clara ya no quiere amor, promesas ni un segundo vínculo impuesto. Quiere salvar a su madre, recuperar su lugar y hacer pagar a Valeria, Mireya y Adrián por todo lo que le quitaron.
Lo que no esperaba era cruzarse con Gael De la Vega, el temido Alpha del Umbral: frío, peligroso, marcado por una maldición de sangre... y unido a ella por un antiguo pacto de luna.
Adrián quiere recuperarla.
Valeria quiere robarle el destino otra vez.
Pero esta vez Clara no será la loba sacrificada.
Esta vez será la Luna que todos debieron temer.

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Capítulo 2

Capítulo 2

No supo cuánto tiempo pasó.

Alguien la empujaba del hombro.

—Mi niña. Mi niña, despierte.

Clara abrió los ojos.

Tenía la cabeza a punto de estallar.

—Rosa...

La muchacha frente a ella se quedó congelada.

Era Rosa.

Pero no la Rosa adulta que había muerto sonriendo sobre el piso del ala principal.

Esta Rosa tenía trece o catorce años. Las mejillas redondas, los ojos limpios, el cabello trenzado con una cinta barata.

—¿Por qué me mira así? —preguntó, asustada—. ¿Le duele mucho?

Clara se incorporó de golpe.

La habitación era pequeña. Las paredes necesitaban pintura. El cobertor estaba viejo. Sobre la mesa había un tazón de atole aguado y un plato con tortillas frías.

Su cuarto.

El cuarto donde vivía antes de ser enviada al complejo De la Vega.

Antes de Adrián.

Antes de su hijo.

Clara se miró las manos.

Delgadas. Jóvenes. Sin las marcas de los años.

—¿Qué año es?

Rosa casi lloró.

—Ay, no. Se le quemó la cabeza con la fiebre. Estamos en el año catorce del mando de Alpha Héctor De la Vega. Usted tiene catorce años, mi niña.

Catorce.

Clara cerró los dedos sobre la sábana.

Había vuelto.

Todavía no hacía un pacto privado con Adrián.

Valeria aún no era Luna Suprema.

Elena seguía viva.

Su madre seguía viva.

Todo podía cambiar.

—Clarita, ¿ya te sientes mejor?

La voz melosa le erizó la piel.

Mireya Salcedo entró sin esperar permiso.

Venía perfumada, con un vestido ajustado que marcaba su cuerpo lleno y sano. En la cara traía una preocupación ensayada, pero los ojos la traicionaban: fastidio, impaciencia, cálculo.

Clara la miró.

En su otra vida, había creído que esa mujer era una madre humilde, obligada a agachar la cabeza para protegerla.

Qué ciega había sido.

—Compañera Mireya —dijo Clara con calma—, me duele la cabeza y no tengo fuerza. Quiero que llamen a un sanador.

Mireya se quedó dura.

—¿Compañera Mireya? Clarita, ¿por qué no me dices mamá?

Rosa miró a una y a otra, sin entender.

Clara apoyó la espalda en la cabecera.

—Usted siempre me dijo que nuestra posición en la manada Robles era incómoda. Que debía comportarme, no dar problemas, no olvidar mi lugar. Antes era una niña y no entendía. Desde hoy voy a seguir las reglas.

Mireya tragó saliva.

Clara sonrió apenas.

—La hija de la manada Robles solo puede tener una madre reconocida: Luna Elena Alcázar.

Los ojos de Mireya temblaron.

Enseguida se cubrió el pecho y empezó a llorar.

—Mi niña... qué madura te volviste. Por fin entiendes lo difícil que ha sido para mí.

Clara no le quitó la mirada de encima.

—Entonces llame al sanador.

Mireya se secó una lágrima que nunca cayó.

—Clarita, Luna Elena está enferma. Toda la manada anda ocupada con ella. ¿De dónde quieres que saquen sanadores para una fiebre? Aguanta un poco. No hagas ruido.

Rosa dio un paso, indignada.

Clara le tocó la mano para detenerla.

—Si no hay sanador, pida comida decente. Caldo, carne, fruta. No puedo recuperarme con atole aguado y tortillas duras todos los días.

Mireya apretó el pañuelo entre los dedos.

—Estás por llegar a la edad de presentación. Una muchacha debe verse delicada. Si comes de más, ningún hombre querrá hacer pacto contigo.

Clara casi se rió.

Antes le había creído.

Había pasado años con hambre porque Mireya decía que la belleza de una mujer estaba en parecer frágil.

Ahora veía a la misma Mireya, bien alimentada, con piel brillante y curvas sanas.

La había mantenido flaca para que nadie notara el parecido con Elena.

Para que la verdadera hija de la manada Alcázar pareciera una sombra.

—Tiene razón —dijo Clara—. Usted habla desde la experiencia.

Mireya frunció el ceño.

—¿Qué quisiste decir?

Clara la observó de arriba abajo, con una inocencia perfecta.

—Que usted sabe lo importante que es cuidarse. Alpha Rodrigo casi no viene por aquí. Tal vez, si baja un poco de peso y se ve más frágil, vuelva a interesarse en usted. Entonces nuestra vida sería menos difícil.

Rosa abrió mucho los ojos.

Mireya se puso roja.

Quiso gritar.

Pero Clara la miraba con tanta seriedad que cualquier rabieta la haría verse ridícula.

—Descansa —dijo Mireya al fin, con la voz apretada—. Estás diciendo tonterías por la fiebre.

Salió dando un portazo.

Rosa se tapó la boca para no reír.

—Mi niña...

La risa se le murió al ver el rostro de Clara.

—Voy a traer un sanador de la habitación de Luna Elena —dijo Rosa—. Seguro hay varios allá.

Clara retiró la manta.

—Vamos juntas.

—Pero usted está débil.

—Estoy mejor de lo que parezco.

Además, no podía seguir escondida.

En su vida anterior había evitado a Elena porque Mireya le llenó la cabeza de miedo. Le dijo que la esposa principal la odiaba. Que Valeria era la única hija amada. Que Clara debía agachar la mirada para sobrevivir.

Nunca volvió a cometer ese error.

Rosa la ayudó a peinarse. Mientras acomodaba el cabello opaco de Clara, murmuró:

—Antes usted se escondía de Luna Elena. ¿Por qué ahora quiere verla?

Clara miró su reflejo en el espejo manchado.

Porque es mi madre.

Porque esta vez no voy a dejar que muera por Valeria.

Pero solo dijo:

—Porque es mi deber saludar a la Luna del linaje principal de la manada.

El cuarto de Elena Alcázar estaba lleno de luz tenue y olor a remedios de hierbas.

Una empleada anunció:

—Luna, vino la hija menor del linaje.

Elena estaba recostada, pálida, con los labios sin color. Aun enferma, tenía una elegancia natural que no necesitaba joyas.

Al escuchar el nombre de Clara, pareció confundida.

—¿Clara? Déjenla pasar.

Clara entró.

El pecho se le apretó tan fuerte que casi no pudo respirar.

Su madre.

La mujer que había buscado sin saberlo toda la vida.

Clara dobló las rodillas e inclinó la cabeza.

—Vengo a saludarla, mamá Elena.

Elena se quedó inmóvil.

Luego sus ojos bajaron al rostro delgado de Clara, al cuello demasiado fino, a las muñecas huesudas.

—Levántate, niña. ¿Desde cuándo estás tan flaca? ¿Estás enferma?

Esa simple preocupación casi destruyó a Clara.

Quiso correr a sus brazos.

Quiso decirle mamá, soy yo, tu hija, la que te arrebataron.

Pero no podía.

Todavía no.

Si revelaba todo sin pruebas, Mireya se cerraría como una víbora. Valeria lloraría. Elena, buena hasta doler, podría pensar que la impostora también era inocente.

Clara bajó la cabeza.

—Compañera Mireya dice que una mujer debe verse delgada para que la quieran. No me deja comer mucho. Pero no quiero que usted la malinterprete. Seguro lo hace por mi bien.

Elena inhaló con fuerza.

—Tienes catorce años. Estás creciendo. ¿Quién le mete esas ideas a una niña?

Clara levantó los ojos.

Elena la miraba con una tristeza que no entendía.

Valeria había nacido enferma. Elena había gastado años, sangre y fortuna para mantenerla con vida.

Clara y Valeria nacieron el mismo día.

Una supuesta hija frágil creció rodeada de sanadores y joyas.

La otra, que todos creían sana, parecía a punto de romperse.

Algo en Elena se movió.

—Aunque Mireya tenga sus razones, debes cuidar tu cuerpo —dijo con suavidad—. La salud es tuya, Clara. Nadie más va a vivir en tu piel.

Clara sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Si hubiera sabido que usted era tan buena, habría venido antes a acompañarla.

Elena sonrió, cansada.

No respondió, pero su mirada se ablandó.

Clara vio sus labios pálidos y el temblor de sus dedos.

—Escuché que está enferma. ¿Qué dijeron los sanadores?

Antes de que Elena contestara, una voz alegre sonó desde afuera.

—¡Mamá!

Valeria Robles entró como una futura Luna segura de su territorio.

Traía un vestido caro, brazaletes de oro y un pasador de obsidiana brillante en el cabello. Sus mejillas estaban rosadas. Su paso era ligero. No había en ella nada de la joven enferma que todos compadecían.

Clara clavó las uñas en la palma de su mano.

Valeria.

La mujer que había sonreído mientras su hijo moría.

Valeria ni siquiera la miró.

Se sentó junto a Elena y le abrazó el brazo.

—Mamá, hoy vi un pasador precioso. De obsidiana con una luna tallada. ¿Me lo compras, sí?

Elena le acarició el cabello.

—Claro. Dile a Inés que te dé el dinero.

—¡Eres la mejor!

Clara bajó la mirada.

Elena amaba a Valeria.

La había criado catorce años. Le había dado sangre, noches sin dormir, ternura.

Aunque Clara mostrara pruebas, ¿podría Elena soltar de golpe a la hija que creía suya?

¿Podría verla morir?

No.

Elena era demasiado buena.

Por eso, antes de revelar la verdad, Clara tenía que hacer que Elena viera quién era Valeria en realidad.

Tenía que salvar a su madre de esa falsa hija.

El pensamiento le cruzó el pecho como una promesa.

Clara dejó escapar un gemido bajo.

Se llevó una mano a la frente.

Elena notó el movimiento.

—¿Clara?

Clara dio un paso.

El cuarto giró.

Esta vez no tuvo que fingir demasiado. Su cuerpo estaba débil de verdad.

Cayó al suelo.

—¡Llamen al sanador! —gritó Elena, incorporándose como pudo—. ¡Ahora!

Valeria se quedó sentada, con el pasador nuevo brillándole en el cabello.

Clara cerró los ojos.

En la oscuridad, por primera vez desde que volvió, sintió que el destino podía doblarse.

1
Vanessa Arana
bonita historia, solo que al final dejaron a Esteban de lado, hubiese sido genial si hubiese escrito un pedacito sobre la nueva vida de Elena con Esteban, pero buena historia
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Clara y Gael
Elena y Rodrigo
😍😍😍😍
Zaida Sanchez
fue interesante la historia 😅🤣😍
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
A clara y a su mamá no las dejaran estar tranquilas, que barbaridad con esas envidias de mal Agüero
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Les salió mal su jugada a esas arpias
Nerika Moreno
Oh por Dios que comienzo tan bueno, ya me atrapó la historia
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
😅😂😅😂😅😂😅😂
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Excelente historia
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Se encontró con su verdadera madre
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
😱😱😱😱😱
Carmen Pazriascos
me gusta muy buena y felicito a la escritora mantiene al lector
Viviana Gamboa
Muy bueno.. 👏👏👏👏
Quica Romero
Entonces no estás en el sitio correcto.🤨🤷‍♀️🙎‍♀️°~😌~°
Quica Romero
No, sobre "el remedio"(👩‍⚕️)🫩
Quica Romero
¡Èso no es caída!.°\🤨/°🙎‍♀️😒
CAÍDA, es cuando "se queda con una mano adelante y otra atrás", "chiflando en la loma" sin perro que le ladre, junto con su madre e hija.🤷‍♀️🧐😈😈🫩😈😈
Quica Romero
¿En serio?.🤨 Después de todas las tarugadas que le hiciste, ¿Todavía le pides ayuda?.😒 ¡Que cinismo!.🙎‍♀️🤦‍♀️ Pero por supuesto como todo gandalla NO conoce lo que es.😒🤷‍♀️🧐😒
Quica Romero
¡Claro!.°\😌/° ¡Es su segundo nombre!.😏😈😁😈😂😈😄😈😆😈🤣😈😅😈
Quica Romero
¡Kung!.❌ La respuesta es: ¡Tú MADRE está enterrada en...".🫩🧐
Quica Romero
¡Ajá!."¿Hola, Gael?". Clara →😒🤚←Gael
Quica Romero
¿Y?.°~🤨~°🙎‍♀️
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