La dulzura la llevó a la muerte.
En su segunda vida, aprendera a disfrutar del miedo ajeno, a sonreír mientras destruye y a usar el deseo como castigo. Convertida en la Villa jugara con sus presas como con una hoja afilada: lenta, precisa e inevitable.
La dulzura fue su condena. La villanía, su salvación.
NovelToon tiene autorización de Leydi Nina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Una noche diferente
Despierto con una sensación extraña, como si el aire de la habitación hubiera cambiado de peso.
No es frío.
No es peligro.
Es… presencia.
Abro los ojos apenas una rendija y lo primero que veo es la silueta recortada contra la ventana. La noche lo envuelve, pero no lo oculta. La oscuridad parece acomodarse alrededor de él como si lo reconociera.
Kael.
—Sabía que dormías ligero, Lilith —dice en voz baja, divertida, mientras termina de acomodar la manta sobre mí.
Ah.
Así que eso era. No me estaba tocando. Me estaba arropando.
Por algún motivo, esa simple acción me desarma más que cualquier beso.
—¿Siempre irrumpes en habitaciones ajenas en mitad de la noche o soy un pasatiempo nuevo? —murmuro, incorporándome apenas, el cabello revuelto y la mente todavía a medio camino entre el sueño y la vigilia.
—Solo en las importantes —responde sin dudar.
Me froto los ojos y lo miro mejor. Lleva la máscara puesta, como siempre. La capa oscura. La presencia imposible de ignorar. Pero su postura es relajada, casi… doméstica. Como si esto fuera lo más natural del mundo.
—¿Sabes lo cerca que estuviste de que gritara? —le digo.
—Lo sé —admite—. Pero no lo hiciste.
Tiene razón. Y eso me molesta un poco.
Se acerca a la cama y saca algo de entre su abrigo. Una pequeña caja oscura, sin adornos. No hace falta que diga nada para que yo sepa que no es un objeto común.
—Cumplí lo que pediste —dice—. El teatro fue perfecto. Nadie sospecha. El príncipe quedó exactamente donde querías.
Una sonrisa lenta se me escapa.
—Sabía que no fallarías, señor oscuridad.
—Eso no es todo.
Abre la caja.
Dentro hay un collar. Delicado, pero poderoso. La cadena parece hecha de luz solidificada, y el colgante… el colgante late. No de forma literal, pero se siente vivo. Como si respirara al mismo ritmo que yo.
—Está hecho con mi magia —explica—. No se rompe. No se pierde. Y te protegerá incluso de mí, si algún día fuera necesario.
Levanto la vista hacia él, sorprendida de verdad.
—Eso no suena muy romántico.
—Es lo más romántico que puedo ofrecer —replica—. Confiar en que nunca lo necesitarás.
Tomo el collar con cuidado. Al tocarlo, una calidez suave se extiende por mis dedos, sube por mis brazos y se instala en el pecho. No quema. Reconforta.
—Kael… —empiezo, sin saber bien qué iba a decir.
—No me agradezcas —me interrumpe—. Solo prométeme algo.
—¿Qué cosa?
Se inclina un poco, lo suficiente para que su voz sea solo para mí.
—Que cuando decidas qué quieres… me lo dirás primero.
Lo miro. A la máscara. A la sombra. Al hombre que entra en mi habitación como si las reglas no existieran y, aun así, se detiene siempre justo antes de cruzar una línea.
—Lo prometo —respondo.
Asiente, satisfecho.
Da un paso atrás, como si ya estuviera listo para irse, pero se detiene.
—Duerme, Lilith —dice—. El mundo va a ponerse interesante muy pronto.
—No lo dejo terminar y lo jalo le quito la máscara y lo beso—
Si sigo —dice en voz baja—, no voy a querer detenerme.
Lo miro. Sonrío apenas.
—Entonces hazlo te quiero a ti —le digo sin si quiera pensarlo es como si las palabras siempre estuvieran ahí esperando el momento adecuado—. No te detengas se mío lo empujó y cae acostado me subo a horcajadas mi camisón queda a la vista es trasparente sin poder controlarse me besa
El beso de Kael es voraz, desesperado. Sus manos se anclan en mi cintura, tirándome contra él con una fuerza que me roba el aliento.
A través del tejido fino y transparente de mi camisón, siento el calor de su piel, la tensión de sus músculos mientras me ajusta a su cuerpo.
No hay delicadeza en su forma de besarme, solo un hambre cruda y un deseo que ha sido contenido por demasiado tiempo.
Mi cuerpo responde al instante, arqueándose contra él mientras mis dedos se enredan en su pelo, tirando de su cabeza para profundizar el beso.
La fricción del tejido de mi camisón contra su pecho desnudo es una tortura deliciosa, y cada movimiento que hago, cada roce, alimenta el fuego que se consume entre nosotros.
Su boca abandona mis labios para trazar una línea de fuego por mi mandíbula hasta el cuello, donde sus dientes me mordisquean con suavidad, haciendo que un gemido se escape de mi garganta.
En esta posición, a horcajadas sobre él, siento toda su erección contra mí, una prueba palpable de que él tampoco quiere detenerse.
El beso de Kael es voraz, desesperado. Sus manos se anclan en mi cintura, tirándome contra él con una fuerza que me roba el aliento. A través del tejido fino y transparente de mi camisón, siento el calor de su piel, la tensión de sus músculos mientras me ajusta a su cuerpo. No hay delicadeza en su forma de besarme, solo un hambre cruda y un deseo que ha sido contenido por demasiado tiempo.
Mi cuerpo responde al instante, arqueándose contra él mientras mis dedos se enredan en su pelo, tirando de su cabeza para profundizar el beso. La fricción del tejido de mi camisón contra su pecho desnudo es una tortura deliciosa, y cada movimiento que hago, cada roce, alimenta el fuego que se consume entre nosotros.
Su boca abandona mis labios para trazar una línea de fuego por mi mandíbula hasta el cuello, donde sus dientes me mordisquean con suavidad, haciendo que un gemido se escape de mi garganta. En esta posición, a horcajadas sobre él, siento toda su erección contra mí, una prueba palpable de que él tampoco quiere detenerse.
Se levanta y se quita la ropa. Observo su cuerpo desnudo, imponente, lleno de fuerza varonil y cicatrices. Se acerca y me quita el camisón. Me besa, queda sobre mí.—Kael, no lo soporto —.
Los labios de Kael se desprenden de los míos con un sonido húmedo y audaz, dejándome sin aliento. Su cuerpo, una armadura de músculos tensos y piel marcada por batallas pasadas, me presiona contra las sábanas con un peso que es a la vez dominante y reconfortante, una promesa palpable de lo que está por venir.
—Confía en mí, Lithya —murmura contra mi cuello, su voz un rugido bajo que hace vibrar cada fibra de mi ser—. Relájate.
Sus dedos, expertos y audaces, exploran mis pliegues húmedos. Un primer dedo se desliza hacia dentro, lento y deliberado, y una onda de calor recorre mi vientre. Me muerdo el labio para no gemir. Luego, un segundo dedo se une al primero, estirándome, preparándome. El movimiento es rítmico, insistente, y mi cuerpo responde con espasmos de placer que se acumulan en un punto bajo y ardiente.
La primera explosión me sacude, un grito ahogado contra su hombro mientras mis caderas se elevan para encontrar su mano. No se detiene. Sus dedos se curvan, golpeando un punto dentro de mí que hace que vea estrellas. La segunda explosión es más intensa, un torrente de líquido que inunda su mano mientras mis piernas tiemblan incontrolablemente. Antes de que pueda recuperarme, su pulgar roza mi clítoris y la tercera ola me arroja al abismo, un clímax tan poderoso que mis ojos se llenan de lágrimas de placer puro.
Mi cuerpo está latiendo, mi piel está sensitiva y satisfecha. Pero él no ha terminado. Se posiciona entre mis piernas, y siento la cabeza gruesa y ardiente de su miembro en mi entrada. Me mira a los ojos, y en su mirada hay una ferocidad primitiva, una necesidad que refleja la mía.
—Lithya, gime para mí —ordena, y su voz es mi perdición.
Con un movimiento lento y tortuoso, se introduce en mí. El dolor es agudo, una quemazón que me parte en dos, pero está mezclado con un placer tan intenso que casi me desgarra. Gimo, un sonido largo y tembloroso que es parte dolor, parte rendición. Él se detiene, permitiéndome ajustarme a su tamaño, a su presencia. Mi cuerpo se estira, lo acepta, y el dolor comienza a transformarse en una plenitud deliciosa.
Entonces, se vuelve salvaje.
Sus caderas retroceden y luego se lanzan hacia adelante con una fuerza brutal que me impulsa contra el cabezal. Cada embestida es profunda, casi violenta, golpeando el fondo de mí con un ritmo que roza lo doloroso y lo sublime. Sus manos sujetan mis caderas, marcándome, mientras me toma sin piedad, sin contención.
Los sonidos de nuestros cuerpos chocando, mis gemidos desgarradores y sus gruñidos animales llenan la habitación. Ya no es el hombre controlado; es una bestia en pleno celo, y yo soy su presa, su templo, su todo. El dolor se ha desvanecido por completo, reemplazado por un éxtasis tan abrumador que solo puedo aferrarme a él mientras me destruye y me reconstruye con cada embestida poderosa, me toma toda la noche y marca mi cuerpo.