Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 23 – EL REENCUENTRO Y LA CAÍDA
La noche era silenciosa, profunda, como si el universo entero contuviera la respiración para no alterar el destino. Camila caminaba descalza por el suelo frío de su apartamento, intentando encontrar un rastro de calma entre sus pensamientos revueltos, cuando un golpe suave, pero firme en la madera de la puerta la detuvo en seco. Su corazón se aceleró de inmediato, golpeando contra sus costillas. Lo supo con una certeza absoluta incluso antes de abrir.
Era él. Leví.
Se miraron fijamente durante unos segundos que parecieron eternidades completas. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra, pero en el cruce eléctrico de sus miradas se derrumbó todo orgullo acumulado, toda la dolorosa distancia de los últimos días y cada pizca de sufrimiento. Era una tormenta contenida que finalmente encontraba su cauce, un deseo mutuo que simplemente jamás supo cómo morir. Él dio un paso decidido al frente. Ella, por fin, no retrocedió.
El beso fue un evento inevitable.
Primero comenzó lento, pausado, como si se estuvieran redescubriendo el uno al otro tras una larga ausencia. Luego se transformó en algo urgente y devorador, como si quisieran recuperar cada segundo de tiempo perdido. Las manos les temblaban al tocar la piel añorada, y el alma de ambos se desnudaba con cada caricia profunda. Se deshicieron en abrazos apretados, en suspiros compartidos y en gemidos entrecortados que hablaban muchísimo más que cualquier disculpa verbal. El amor no había muerto en absoluto; solo había estado dormido, esperando el momento de despertar.
Se amaron entre las sábanas como si fuera la última vez en sus vidas, y también con la frescura de quien lo hace por primera vez. Con hambre acumulada. Con una ternura infinita. Con una pasión arrolladora que nacía directamente de la ausencia y de la certeza de pertenecerse. Leví la adoró con una devoción casi religiosa, besando cada rincón de su cuerpo como si fuera terreno sagrado. Y Camila se entregó por completo, con todo lo que era: sin reservas de orgullo, sin miedos al pasado, solo con su verdad.
Horas después, en medio de la madrugada tibia y el desorden de la cama, él le acarició el rostro con el pulgar, apartando un mechón de cabello.
—No vuelvas a irte de mi lado… —susurró Leví con la voz ronca—. No vuelvas a dudar jamás de lo que eres y significas para mí.
Ella cerró los ojos, disfrutando de su calor. Una lágrima solitaria le resbaló por la mejilla, pero esta vez no era de dolor ni de humillación, sino de puro alivio. Por fin se sentía completamente vista. Por fin sentía paz.
A la mañana siguiente, Leví no dejó pasar un solo segundo más. Entró a las instalaciones de la empresa con el paso firme, seguro y arrollador de quien tiene una misión crucial que cumplir. Fue directo al piso de oficinas y caminó hacia el despacho de Valeria. No pidió permiso a la secretaria ni tocó. Abrió la puerta con una decisión gélida, y Valeria, al levantarse y verlo, perdió el color del rostro al instante.
—¿Sabes perfectamente lo que hiciste, verdad? —dijo Leví con una voz baja, pausada y sumamente peligrosa—. ¿Tienes la menor idea del daño que causaste con tu bajeza?
—Yo no tengo nada que ver con lo que sea que pienses… —intentó mentir ella, tratando de recuperar su postura de superioridad, pero Leví arrojó con fuerza sobre su escritorio de cristal una carpeta pesada llena de documentos oficiales.
—Ahí tienes los accesos clonados, los registros informáticos y los informes forenses del área técnica —sentenció él, mirándola con un desprecio absoluto—. No hay forma alguna de que lo niegues, Valeria. Esto no fue un simple error de oficina; fue un crimen corporativo. Y no solo lo hiciste contra Camila para destruirla… también lo hiciste contra esta empresa y contra lo que alguna vez fuiste tú misma.
Valeria bajó la mirada, apretando los dientes. El silencio pesado que inundó la habitación la delataba mucho más que cualquier confesión de culpa.
—Estás despedida de inmediato —declaró Leví sin pestañear—. Y la denuncia penal ya está en manos de la fiscalía. No volverás a usar nunca más mi confianza ni esta compañía como el escenario para tus miserias personales. Vete.
Los murmullos ya recorrían los pasillos como pólvora encendida. Los empleados observaban en completo silencio cómo Valeria salía del edificio con la cabeza gacha, arrastrando sus pasos y sin un gramo de maquillaje que pudiera ocultar su caída definitiva. Por fin, la máscara de perfección se había roto en mil pedazos.
Leví respiró hondo, mirando el ventanal. Sabía que la verdadera tarea no había sido cerrar esa puerta trasera del pasado… sino abrir por completo y cuidar la puerta del corazón que casi había perdido: la de Camila. Sanar las grietas y aprender a caminar con ella sin ninguna sombra de por medio. Y esta vez, se juró a sí mismo que no pensaba fallar.