Renace en la novela que estaba leyendo y en el personaje que más odiaba.. Pero, dispuesta a cambiar su destino.
* Historia parte de un universo mágico.
** Todas novelas independientes.
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Viaje 2
Cuando Oliver se enteró del viaje de Florence, ella ya llevaba un día completo de camino hacia Mercia.
La noticia no llegó a él por medio de un asistente cercano, ni por un mayordomo, ni por los administradores del ducado. No. La escuchó casi por accidente, en una conversación entre dos sirvientes que hablaban en voz baja en el pasillo, como si incluso mencionar el nombre de la duquesa exigiera respeto… o cuidado.
Oliver se detuvo en seco.
—¿Qué dijiste? —preguntó con voz calma, aunque por dentro algo se tensó.
Los jóvenes sirvientes palidecieron. Se miraron entre sí, titubeando, sin saber si responder podía significarles un problema.
—S–Su Excelencia… la duquesa Florence partió ayer al reino de Mercia… Fue invitada por el duque Evenhart. Irá al banquete por el nacimiento de su nieto.
Un silencio pesado, denso, casi incómodo.
Florence se había ido. Se había marchado del ducado… sin decirle nada. Sin consultarle. Sin siquiera notificarle.
—Ya veo —respondió al fin, con una serenidad tan fría que hizo estremecer a los dos sirvientes.
Se retiró sin añadir más palabras, pero mientras caminaba por los pasillos de la mansión.. la verdad se iba asentando con una claridad punzante.
Nadie le había informado.
No su secretario. No los guardias. No los jefes de administración. Ni siquiera los caballeros encargados de la seguridad.
Todos ellos… respondían ahora únicamente a Florence.
Ella era la cabeza real, indiscutida, del ducado.
Oliver se detuvo frente a una ventana. Desde allí podía verse el patio principal. La actividad continuaba con normalidad.. comerciantes descargando mercancías, soldados entrenando, criadas cruzando con prendas recién lavadas… Todo en orden. Todo funcionando perfectamente.
Sin él.
Un pensamiento le cruzó como una sombra:
[Ya no me necesitan. Y peor aún… Ya no me consideran alguien a quien informar.]
Recordó entonces la forma en que Florence había reorganizado todo, cómo había limpiado cuentas, despedido a quienes no eran confiables y colocado en puestos clave a personas que la respetaban… o mejor dicho, que le eran leales.
Leales a ella.
No a su apellido. No a su rango. No a su memoria.
A la mujer que ahora dirigía el ducado con mano firme y mente clara.
Por primera vez, Oliver sintió que estaba… excluido. A un costado. Como una reliquia olvidada del pasado.
[Trabajaba más por este ducado cuando estaba Jason que ahora]
Cuando Oliver le contó a Jason que Florence se había ido, lo hizo casi de inmediato, todavía con la sorpresa reciente instalada en el pecho.
Entró en la cabaña donde Jason revisaba mapas y documentos militares. El ambiente estaba cargado de tensión estratégica, no emocional. Jason apenas levantó la mirada cuando Oliver habló.
—Florence se ha marchado al reino de Mercia —dijo con voz firme, observándolo con atención, esperando una reacción.
Jason dejó la pluma sobre la mesa. Por un instante, se quedó inmóvil. Oliver creyó ver una sombra cruzarle los ojos… pero fue tan leve que no pudo asegurarlo. Finalmente, Jason soltó un leve suspiro y volvió a fijar la vista en los mapas.
—Lo primero —dijo con calma seca, casi fría— es la misión.
Nada más.
No preguntó cuánto tiempo estaría fuera. Ni siquiera preguntó si estaba bien.
Solo eso.
Solo la misión.
Oliver frunció el ceño, incrédulo.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? —preguntó, su voz cargada de molestia contenida—. Tu esposa, la mujer que cree que estás muerto, la que lloró hasta quedar rota… se ha ido a otro reino, y lo único que se te ocurre decir es que “la misión es primero”.
Jason endureció la expresión, pero no respondió de inmediato. Era como si hubiera levantado un muro entre sus emociones y su mente. Un muro grueso, alto… y helado.
—Cada cosa a su tiempo —respondió finalmente—. Si fallamos ahora, nada tendrá sentido. Ni su dolor. Ni su espera. Ni su vida.
Oliver lo miró con una mezcla de rabia y decepción.
Porque entendía el peso de la guerra…
pero también entendía que Florence no era una pieza en el tablero.
Era una mujer.
Era su esposa.
Era alguien que había sido rota en silencio.
Y Jason seguía escondiéndose detrás de la palabra “misión”.
—Espero —dijo Oliver con dureza— que cuando finalmente decidas mirar atrás, aún quede algo de ella esperándote.
Jason no contestó.
Solo apretó la mandíbula…
y volvió a los mapas.