Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 22: Lo que se aprende sin miedo
La beta se llamaba Maelis.
No llevaba joyas llamativas ni símbolos de rango. Vestía telas suaves, de colores claros, y se movía con una calma que no exigía nada. Tenía el cabello recogido de forma sencilla y una sonrisa que no prometía respuestas rápidas, sino paciencia.
Kael la había elegido con cuidado.
—No quiero prisa —le dijo—. Ni términos técnicos sin contexto. Ni silencios incómodos que hagan sentir vergüenza.
Maelis asintió.
—Entonces empezaremos por el cuerpo como hogar —respondió—. No como problema.
Elian la observaba desde la silla junto a la ventana, con las manos apoyadas en el regazo. Estaba nervioso, pero no tenso. Algo en la presencia de Maelis le resultaba… seguro.
—Hola, Elian —dijo ella—. No estoy aquí para examinarte ni para corregirte. Estoy aquí para responder lo que nadie te explicó.
Elian asintió, inseguro.
—¿Y si no sé qué preguntar?
Maelis sonrió.
—Entonces empezamos por ahí.
Se sentaron en el jardín, a la sombra. Kael se mantuvo a distancia, lo suficientemente cerca para proteger, lo suficientemente lejos para no influir. Y se prometió algo en silencio: no intervenir a menos que Elian lo pidiera.
—En este mundo —comenzó Maelis— existen alfas, betas y omegas. Eso no define tu valor. Define cómo tu cuerpo responde al entorno. No lo que debes hacer con él.
Elian frunció el ceño.
—¿Responder… cómo?
—Con señales —explicó—. Emocionales y físicas. Como cuando el miedo acelera el corazón. O cuando la calma te afloja los hombros.
Elian pensó en la noche en la que había dormido abrazado a una prenda de Kael. Asintió lentamente.
—Entonces… cuando me siento tranquilo y el aire cambia… ¿no estoy haciendo algo malo?
—No —respondió Maelis sin dudar—. Estás regulándote. Tu cuerpo encontró una forma de decir “estoy a salvo”.
Elian soltó el aire.
—Nunca me dijeron eso.
—Lo sé —dijo Maelis con suavidad—. A muchos omegas no se les explica a propósito.
Elian bajó la mirada.
—¿Las feromonas… son siempre… lo mismo?
—No —respondió ella—. Pueden expresar calma, alerta, miedo, apego. No son una invitación. Son un lenguaje. Y como todo lenguaje, se aprende a usar con consentimiento y cuidado.
Elian levantó la mano, dudando.
—¿Puedo preguntar algo… raro?
—Puedes preguntar lo que quieras —dijo Maelis—. Si algo no puedo responder hoy, lo diremos juntas.
Elian tragó saliva.
—Si mis feromonas aparecen cuando me siento seguro… ¿eso significa que… necesito a alguien para sentirme bien?
La pregunta cayó pesada.
Maelis se tomó un segundo.
—Significa que tu cuerpo aprendió tarde lo que es la seguridad —respondió—. Con el tiempo, también aprenderá a generarla contigo mismo. Las personas pueden ayudar… pero no son el único camino.
Elian asintió, pensativo.
—¿Y los alfas… siempre sienten cosas por los omegas?
Maelis eligió sus palabras.
—Los alfas pueden sentir muchas cosas —dijo—. Igual que cualquiera. Instintos no son órdenes. Y sentir no obliga a actuar.
Elian miró hacia donde Kael estaba, sin darse cuenta.
Kael sintió el golpe.
Maelis lo notó… y no lo nombró.
—Si alguna vez sientes algo que no entiendes —continuó—, tu derecho es preguntar. Tu derecho es decidir. Y tu derecho es decir no.
Elian respiró hondo.
—¿Y si hago preguntas que incomodan?
—La incomodidad no es culpa tuya —respondió Maelis—. Es una señal de que estamos tocando algo importante.
Elian se animó un poco más.
—¿Por qué… —dudó—. Por qué me gusta dormir abrazando algo que huele a… a seguridad?
Maelis sonrió con ternura.
—Porque el cuerpo recuerda antes que la mente —dijo—. Y porque el apego seguro se construye con repetición: noches tranquilas, rutinas, presencia constante.
Elian bajó la mirada, sonrojado.
—No quiero… confundir eso.
—Y no tienes que hacerlo hoy —respondió—. Entender no es apresurar. Es cuidar.
Desde la distancia, Kael apretó los dedos. Sintió un tirón incómodo en el pecho: alivio porque Elian estaba siendo cuidado… y un hilo fino de celos porque ya no era el único lugar de seguridad.
Bien, se dijo. Eso es lo correcto.
La sesión terminó sin prisas. Maelis se levantó y se inclinó ligeramente ante Elian.
—Mañana seguimos —dijo—. Solo si tú quieres.
—Sí —respondió él—. Quiero.
Cuando Maelis se fue, Kael se acercó despacio.
—¿Cómo te sientes?
Elian pensó un momento.
—Menos confundido —respondió—. Y… menos solo.
Kael asintió, con una sonrisa pequeña que no se permitió crecer demasiado.
—Eso es bueno.
Elian dudó.
—Kael… —dijo—. Si alguna vez hago una pregunta que no sepa cómo hacer… ¿puedo preguntarle igual?
Kael sostuvo su mirada.
—Siempre —respondió—. Y si no sé la respuesta, la buscaremos.
Elian sonrió.
Una sonrisa tranquila. Compartida.
Y Kael entendió, con una mezcla de orgullo y vértigo, que amar a alguien así significaba enseñarle a caminar sin necesitarte… incluso cuando una parte de ti quisiera ser siempre el suelo bajo sus pies.