En el imperio de Valtheria, la magia es un privilegio reservado a los hombres y una sentencia de muerte para las mujeres. Elennaia D’Allessandre, hija de una de las familias más poderosas del imperio, creció bajo el yugo de una sociedad que exige de ella sumisión, silencio y perfección absoluta. Pero su destino estaba sellado mucho antes de su primer llanto: la sangre de las brujas corre por sus venas, y su sola existencia es la llave destinada a abrir la puerta que traería de vuelta a un poder oscuro que siempre se había creído una simple leyenda.
Este libro contiene material explícito y potencialmente perturbador. Las escenas presentadas pueden resultar incómodas o desencadenar reacciones en ciertos lectores. Las acciones y perspectivas de los personajes son ficticias y no representan las opiniones del autor. La decisión de continuar la lectura se realiza bajo la completa responsabilidad del lector.
NovelToon tiene autorización de Cattleya_Ari para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 012
⚠️ Advertencia de contenido
Este texto contiene referencias a violencia de género, incluyendo situaciones de abuso físico, emocional y simbólico. La lectura puede resultar perturbadora o desencadenante para algunas personas. Se recomienda discreción y cuidado personal.
046 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día del Corazón Roto, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Cuando la noche cayó, se obligó a levantarse de la cama, perezoso. Se ajustó el oscuro uniforme y arrojó el fusil pesado sobre su espalda. Se acomodó la capucha, ocultando su rostro, y salió a paso lento hasta la sala, donde ya sabía que no había nadie. Amaralyan estaba encerrada en su habitación, escuchando música a todo volumen mientras cantaba a exclamaciones; su madre alimentaba a los animales del jardín; su padre trabajaba en el puesto que Zareth quería para sí mismo. No deseaba la muerte de su padre —lo amaba demasiado—, solo quería que se retirara de una vez y le cediera el título de Magistrado de Guerra, aunque él aún no llegara a los treinta años.
Colocó la carta que había escrito hacía unas horas sobre la mesa y chasqueó los dedos, apareciendo nuevamente en la Corte Suprema, donde había tantos criminales siendo llevados a las celdas que no pudo evitar reír para sus adentros, desalmado. Buscó a Arael con la mirada hasta dar con él, conversando con una cazadora que se había graduado hacía apenas unos meses, aunque ya era reconocida por su capacidad. La mujer le dedicó a Zareth una sonrisa y una reverencia temblorosa antes de alejarse con rapidez, dejándolos solos. Arael, sin perder la compostura, pasó un brazo alrededor de sus hombros y comenzaron a caminar, con algunas miradas posándose en ellos sin descaro alguno.
—Iremos al castillo donde vive D’Allessandre —susurró, asegurándose de que nadie los escuchara, y Zareth lo miró de reojo, tensando los músculos—. Conocerás a su padre y, por supuesto, podrás distinguirla a ella con claridad. Quiero que te grabes en la cabeza cada una de sus facciones: la manera en que camina, cómo habla, cómo trata a los demás. Recuerda siempre, muchacho, que hay brujas capaces de adoptar la apariencia de otras personas con una magia que desconocemos. Así te será más sencillo reconocer a D’Allessandre en caso de que su identidad llegue a ser suplantada por una bruja maldita.
—Sigo pensando que esta es una muy mala idea —expresó él, con la quijada apretada—. ¿Y si todo se arruina, Arael? ¿Qué haremos? Aunque no quiera admitirlo, las malditas brujas son muy poderosas. ¿Qué tal que yo no pueda proteger a esa… mujer como tiene que ser?
—Confío demasiado en ti, Zareth —dijo Arael con la seriedad que estremecía a muchos, menos a él, sin dejar de caminar—. Sé que eres capaz de cuidar a D’Allessandre muy bien, o de lo contrario habría buscado a otro imbécil que lo hiciera. Sé que es una situación muy compleja, para la que quizá no estés entrenado, pero es tu deber. Mejor dicho: es nuestro deber proteger a la gente. Y si esa mujer tiene en sus manos el destino de esas personas, quiero que seas tú quien se asegure de que nada malo ocurra. Estuve contigo desde que eras un potrillo. Te entrené muchas veces. Sé de lo que eres capaz, hombre. Lo sé bien.
Zareth asintió con la cabeza, y Arael chasqueó los dedos. En cuestión de segundos, se encontraron dentro de un despacho oscuro con un fuerte olor a vino y una chimenea dorada, proporcionando un leve calor. Había varios cuadros pegados a la pared del consejero junto a su familia. Zareth entrecerró los ojos al notar como en ese retrato la única hija y su madre estaban detrás mientras los demás se encontraban sentados, como si fueran reyes. Le pareció muy gracioso, pues su padre jamás permitiría algo así con las mujeres de su familia.
La puerta se abrió después de varios minutos, donde Zareth ya estaba perdiendo la paciencia. Levantó la mirada, encontrándose con el tan famoso Vermon, un hombre oscuro de mirada cansada ya fuera por los años que llevaba encima —aunque tuviera solo cincuenta y cinco— o por su ardua labor como consejero del emperador, un trabajo tedioso cuando se trataba de una persona tan necia como su majestad.
—Arael —murmuró Vermon, con una sonrisa, saludando al hombre con un apretón fuerte de manos—. Me alegra que ya estés aquí, por fin.
—Lo mismo digo, Vermon —dijo Arael antes de dirigir la mirada a Zareth—. Te presento a mi mejor hombre: el comandante Zareth, es el hijo mayor del Magistrado de Guerra, Caelstrom. Será el responsable de la seguridad de tu hija hasta que pase todo el peligro de las brujas.
—¿Cómo puedo confiar en él? —preguntó con su voz áspera, recorriendo a Zareth con un gesto de desconfianza. No podía darse el lujo de aceptar sin cuestionar nada, pues se trataba de la vida de su única mujer—. No quiero que cualquier hombre cuide a mi Elennaia.
—Tampoco me emociona cuidar de una persona como un perro faldero —soltó Zareth, cruzándose de brazos, sin apartar la mirada de Vermon—. Si Arael me lo pidió, es porque confía en mí más que en cualquier cazador en la corte, ¿no cree usted eso, señor D’Allessandre?
—Ten fe en mí, Vermon —intervino rápidamente Arael, notando cómo la tensión crecía como humo—. Las canas en mi cabeza son más que pruebas suficientes. Nunca he fallado en una misión para proteger al imperio, y nunca fallaré para proteger a una mujer. Zareth es la persona indicada para esta tarea. Le confiaría incluso mi propia vida.
Vermon asintió y les ordenó que lo siguieran por el pasillo sombrío hasta llegar a unas escaleras de piedra, por las que subieron en silencio antes de volver a otro pasillo que terminaba en una sala grande, excesivamente lujosa. La puerta estaba entreabierta, y allí se encontraba Elennaia, jugando entre risas con su hermano Cedrix.
Zareth se acercó un poco a la puerta, sin dejar que ella lo notara, y observó la forma tan delicada en la que se reía, como si tuviera a alguien moviendo los hilos de su garganta. Sus movimientos también lo eran, pero tenían una pisca de sensualidad que le dejó la mente en blanco por unos segundos, y ni hablar de la elegancia con la que se inclinaba a recoger los juguetes que su hermano arrojaba entre bromas.
Curvó una ceja, admirando cada una de sus facciones, convencido de que las fotos y retratos no le hacían ninguna justicia a su rostro.
—Elennaia no sabe nada sobre la maldición —susurró Vermon para que las palabras no llegaran a ella—. Creemos que decirle solo la alteraría y pondría en riesgo todo. —Llevó la mirada a Zareth, quien tenía una expresión de indiferencia, mirando aún por la puerta—. Es importante que Zareth sea lo más discreto con mi Elennaia, por favor.
—Haré lo que esté en mis manos —respondió Zareth, con el mismo tono, apartando la mirada de ella para llevarla a Vermon—. La cuidaré.
Vermon asintió despacio, tenso y, cuando ellos se apartaron, Elennaia llevó la mirada hacia la puerta, tragando con demasiada fuerza. Se había sentido observada e incómoda. Los había olido desde que subían las escaleras y, aunque quería saber qué hacía su padre con dos hombres desconocidos, se obligó a seguir jugando con Cedrix.
—Deja de tirar los juguetes tanto —le dijo Elennaia a Cedrix, entre risas—. Te juro por los dioses que me iré y tendrás que jugar solo.
—Está bien, hermana mayor. —Hizo un puchero.
Después de varios minutos jugando, Elennaia salió de la sala junto a Cedrix, quien la rodeaba con ambos brazos por la cintura con un gesto protector, como si quisiera que nadie se le acercara demasiado. Ella llevó los dedos al cabello negro de su hermano y comenzó a jugar con él mientras sus labios se curvaban en una sonrisa decaída. Al llegar al pasillo de abajo, percibió de nuevo esos olores, ahora provenientes de la oficina de su padre. Frunció el ceño, pero no les prestó atención.
—¿Volverás a dormir conmigo, hermana mayor? —Cedrix levantó la mirada, observándola con los ojos llenos de emoción.
—¿Por qué lo preguntas?
—Es que quiero que me cuentes un cuento.
—Soy mala para eso —reconoció, volviendo a sonreír.
—No creo que seas peor que Calen.
—Lo intentaré.
Elennaia entró a su habitación, donde se encontraban las muchachas esperándola. Una vez vestida con el pijama blanco, salió hacia la habitación de Cedrix. Abrió la puerta y lo encontró entre las cobijas. Él sonrió al verla y levantó una esquina de la gruesa tela, invitándola a entrar. Elennaia se metió junto a él, y Cedrix apoyó la cabeza sobre su pecho, buscando ese refugio que solo ella sabía darle.
—Había una vez dos elfos que se amaban… —comenzó Elennaia—. Uno murió… y el otro se enamoró de nuevo. Fin del cuento. A dormir.
—¿Ese es tu mejor intento? —preguntó Cedrix, despegándose un poco de su pecho para verla mejor—. Eres muchísimo peor que Calen.
—Te dije que no soy buena contando cuentos. —Se defendió con una media sonrisa—. Mejor hagamos otra cosa. Tal vez… ¿descansar ya?
—Sé que puedes hacerlo mejor, hermana mayor. —La abrazó, apoyando otra vez su cabeza en ella—. Quiero un cuento. Uno bueno.
—Está bien, hermano —murmuró con la voz más serena esta vez. Le acarició el cabello, mirándolo fijamente—. Había una vez en un bosque oculto entre grandes montañas de nieve, dos enamorados que compartían un lazo más fuerte que cualquier otra cosa en el mundo. Vivían con su pueblo. Eran felices… hasta que la guerra llegó a su hogar. Uno de ellos cayó en batalla, dejando al otro con el peso de la pérdida. Durante años, vagó solo, creyendo que jamás volvería a sentir alegría.
—¿Qué pasó después?
—Pero un día, mientras exploraba las ruinas de su antiguo hogar, escuchó una risa. No era la de su amado perdido, pero tenía la misma calidez. Se giró y vio a alguien más… alguien que curiosamente tenía su mismo bello rostro. Pero sabía que no era él. Porque su enamorado era único en el mundo. Y entonces entendió que el amor no desaparece… Solo cambia. Y que seguir adelante no significa olvidar, sino aprender a llevar los recuerdos sin que se conviertan en cadenas.
—¿Cuándo salen los dragones? ¿Las batallas?
—Dioses, Cedrix. —Rodó los ojos, negando un poco con la cabeza—. Estoy tratando de darte una enseñanza importante para vuestra vida.
—No quiero enseñanzas. Quiero acción, hermana mayor.
—Ya no te contaré nada.
—¡Hermana!
—A dormir ya mismo, señorito. —Sonrió, arropándolo mejor.
—Eres una aburrida.
—Me alegra demasiado serlo.
Cuando Cedrix se durmió, Elennaia se levantó con cuidado de la cama. Le dedicó una última mirada y, salió de la alcoba. Fue a la suya, donde se cambió rápido. Luego se dirigió al salón donde entrenaba baile una vez por semana con su tutora Runa, una mujer cruel que adoraba lanzarle comentarios hirientes. Cerró la puerta y encendió el tocadiscos. Una canción lenta empezó a sonar, como si quisiera elevarla hacia las estrellas, y ella comenzó a moverse, girando con elegancia de un lado al otro. Su cuerpo era flexible; podía levantar la pierna hasta la altura de su cabeza sin sentir la más mínima dolencia.
Cada movimiento era un escape de la realidad; cada giro, un intento de sacudir el dolor que aún cargaba encima. El salón estaba oscuro, apenas iluminado por la luz fría de la luna que entraba por los ventanales. Sus pies descalzos rozaban el suelo, y sus brazos se alzaban, buscando aire, buscando alivio. Cerró los ojos con fuerza, conteniendo las lágrimas. Sentía que iba a ahogarse en un llanto inevitable. Se estaba hundiendo. Y aunque amaba bailar, en ese instante decidió dejarse caer al suelo, permitiendo por fin que las lágrimas rodaran.
Recogió las piernas, dejando que el llanto empapara su vestido como un río incandescente que nacía de ella. Un nudo se formó en su pecho, robándole el aliento, pero aun así se obligó a levantarse. Continuó bailando: daba saltos, lanzaba gritos, giraba, caía una y otra vez, solo para volver a ponerse de pie, hasta que ya no tuvo fuerzas para levantarse del suelo. Su respiración era pesada, entrecortada, y el nudo en su pecho se hacía cada vez más grande, como si algo quisiera apretarla desde dentro, atravesarla por la mitad y romperla en pedazos.
Entonces, Elennaia volvió a ponerse de pie para seguir bailando, tan concentrada en sus movimientos que no percibió el aroma que se acercaba lento. Serenaia se quedó en la puerta, observándola con los brazos cruzados y una sonrisa apagada. No quiso interrumpirla. Le gustaba verla bailar, la forma en que la elegancia con la que había crecido no desaparecía ni siquiera en los movimientos más bruscos.
Cuando sus miradas se encontraron, Elennaia torció apenas los labios, confundida de verla allí, pero también emocionada. Fue hasta el tocadiscos y lo apagó con mano temblorosa. Se limpió con velocidad las lágrimas y luego caminó hacia Serenaia, con el corazón martillándole el pecho. Se detuvo frente a ella y, durante unos segundos, ninguna dijo una palabra. Solo se escuchaba el sonido de sus respiraciones al unísono, como dos acelerados tambores empeñados en sincronizarse.
—Señorita Elennaia. —Hizo una reverencia profunda, con la voz tan delgada como un hilo—. Vuestra madre me ha encomendado avisarle que hay visitas en la sala principal. El joven Daverin ha venido a verla, junto a su familia. Desean que se presente ante ellos a la mayor brevedad, mi señorita. —Su mirada buscó la de Elennaia nuevamente.
Elennaia sintió un nudo en el estómago que pronto se transformó en náuseas que treparon por su garganta. Era demasiado tarde para recibir visitas, y más aún a una familia. No quería ir. No quería ver ni interactuar con nadie que fuera desconocido o conocido, fingiendo que nada se desmoronaba dentro de su cabeza… dentro de su alma. Pero, al mismo tiempo, se sentía obligada a hacerlo. Le habían inculcado que no debía hacer nada que provocara que un hombre la rechazara; esa vergüenza no era algo que su familia estuviera dispuesta a sobrellevar.
Y esa sola palabra —vergüenza— la llevó de regreso a lo ocurrido en el Paraíso: su abuelo arrastrándola, las miradas clavándose en ella, tal vez reconociéndolo a él. Eso le despertó una duda amarga. ¿Por qué no había aparecido nada en los pregones del imperio? ¿Ni una sola insinuación de que el hombre había arrastrado a una mujer por las calles? Al final, él era una de las figuras más reconocidas del imperio, portador de un apellido que pesaba más que millones de joyas juntas.
Ella agitó ligeramente la cabeza y miró a Serenaia, con los labios temblorosos, a punto de llorar. Serenaia no era tonta; notó sus ojos enrojecidos, el rastro inconfundible del llanto reciente, pero decidió no preguntar. Lo mejor era no incomodarla, porque eso no le dejaba una buena sensación. Se hizo a un lado, indicándole que siguiera adelante.
Elennaia avanzó, jugueteando con sus manos, hasta llegar a la alcoba donde las muchachas la esperaban para arreglarla. No tenía ganas de nada, pero lo permitió. Primero, una ducha caliente; luego, el maquillaje, el peinado, las joyas y, por último, el vestido dorado de dos piezas que dejaba sus hombros al descubierto y mostraba apenas su cintura estrecha. Se miró en el espejo, conteniendo las ganas de lloriquear. Después de colocarse los tacones de fibra, que se anudaban a los tobillos con largas tiras, salió de la habitación junto a Ylissey.
Miró hacia atrás y vio el reflejo de Serenaia desaparecer por otro pasillo, acompañada de otras muchachas, y el nudo en su garganta regresó. No sabía por qué, pero sintió aquello como una despedida, una que le acaloraba el pecho de dolor, aunque Serenaia solo fuera al mismo lugar de siempre. Volvió la vista al frente y, tras una extensa caminata, llegaron a las escaleras. El pecho se le apretó con fuerza al ver a Orpheus conversando con su abuelo, ambos sentados en el sofá. Orpheus sonreía ampliamente, con una copa de vino a medio alzar en la mano. Estaban de espaldas a ella, al igual que el resto de su familia. Sus padres conversaban con los de él, inmersos en pura espontaneidad.
Elennaia terminó de bajar los escalones, mareada, y se colocó frente a ellos. Hizo una leve reverencia, con la respiración entrecortada y las manos en la espalda, tensas. Estaba nerviosa, ansiosa también.
Levantó el rostro y se encontró con los ojos de Orpheus, que la recorrieron de arriba abajo sin el menor pudor. Luego inclinó la cabeza ante sus padres. Depositó dos besos en las mejillas de su abuelo, incómoda —deseando vociferar ahí mismo lo que él le había hecho—, y otros dos en las de su padre. La madre de Orpheus parecía salida de una exposición de las más hermosas obras de arte: impecable, cuidada, casi irreal. En cambio, su padre se veía mucho más rudo, como si Elennaia no terminara de convencerlo. Tal vez eran sus ojos apagados o la forma en que su cuerpo temblaba, como una gallina en el matadero. Aun así, él no expresó nada; se limitó a dedicarle una sonrisa amable.
—Pero qué mujer tan hermosa eres, Elennaia —expresó Esmerithy, la madre de Orpheus, poniéndose de pie para envolverla en un abrazo que le arrancó un gemido ahogado—. Me alegra que seas tú la futura prometida de mi hijo. Me hubiera gustado conocerte cuando trajimos la ofrenda de oro. Fue una lástima que estuvieras ocupada con el piano. —Una sonrisa se dibujó en su rostro antes de dar unos pasos atrás, devolviéndole a Elennaia el aire que apenas había logrado sostener.
—Sí, fue una lástima… —murmuró ella, bajando la mirada.
Los minutos transcurrían con una lentitud exasperante y Elennaia no hacía más que mirar uno de los tantos relojes en la sala, rogando para que esas personas se marcharan cuanto antes. Estaba mareada, con náuseas y un temblor helado recorriéndole el cuerpo como una sentencia maldita que estaba atando todos los cabos sueltos. Todo empeoró cuando Orpheus le pidió dar un paseo por el jardín. Quiso negarse, pero lo único que emergió de su boca fue un «sí» tembloroso.
Comenzaron a caminar hacia la salida. Elennaia avanzaba con la vista borrosa mientras él hablaba de planes a futuro: de hijos, de una vida que parecía ya decidida únicamente por él. Ella quería responder, murmurar algo, cualquier cosa, pero no podía. El frío en su cuerpo era demasiado, y las náuseas crecían con cada paso. Se abrazó a sí misma, bajando la mirada. Los arbustos altos no mitigaban el frío; al contrario, parecían intensificarlo, volverlo más pesado, más horripilante.
Entonces el mareo se volvió más intenso y Elennaia tropezó con sus propios pies, sus manos temblorosas terminaron apoyadas contra la tierra húmeda y su vestido bastante sucio. El malestar creció hasta provocarle una arcada que Orpheus no notó, pues estaba demasiado concentrado en mirarla como si fuera la mujer más torpe sobre la faz de la tierra. Elennaia levantó apenas la mirada, esperando su socorro.
—¿Será usted igual de torpe cuando nos casemos, señorita D’Allessandre? —su voz cortó el aire como un cuchillo mortal—. Solo mírese, en el suelo, como una pordiosera —chistó, agachándose para ayudarla a ponerse de pie—. Ahora su vestido ha quedado arruinado.
—Sí, disculpadme por mi torpeza. —Hizo una reverencia, con la mirada clavada en el suelo—. No volverá a suceder, joven Daverin.
Elennaia dejó escapar una lágrima que limpió de inmediato, dejando apenas un rastro de suciedad en su rostro. Continuaron caminando; él hablaba y hablaba sobre su vida, mientras ella solo deseaba llegar a su cama cuanto antes. Le dolía la cabeza, también el vientre, como si algo se removiera en su interior y enviara descargas por todo su cuerpo. Volvió a abrazarse a sí misma, con los ojos aguados.
Entonces ya no pudo resistir más y le dijo que debía regresar a su alcoba, porque sentía un malestar que le impedía continuar con el paseo. No recibió una respuesta amable, solo una mirada que la hizo sentirse diminuta, como si hubiera cometido una equivocación gigante al decir aquellas palabras. Aun así, se dio la vuelta para marcharse, pero él la tomó con fuerza del brazo, jalándola hacia sí. Elennaia quedó paralizada, con la respiración agitada. Alzó el rostro para mirarlo y fue como encontrarse frente a un monstruo emergido del mal.
—Joven…—pronunció Elennaia, arrastrando las palabras.
—¿Cree usted que puede dejarme aquí?
—Me siento enferma, joven Daverin.
Él soltó una risa escandalosa, como si lo que Elennaia había dicho le resultara inmensamente gracioso. Pero ella no estaba bromeando; de verdad se sentía mal, como si fuera a desplomarse ahí mismo, bajo su sombra. Aun así, lejos de mostrar consideración, Orpheus la obligó a colocarse a su lado, apretando su brazo, y continuaron caminando. No aceptaba un no como respuesta, mucho menos que alguien diera por terminada una conversación cuando él aún tenía tanto que decir.
Era arrogante, vanidoso, convencido de que el mundo debía rendirse a sus pies solo por provenir de una familia poderosa. A Elennaia no le importaba ni él ni su linaje; el suyo era mucho más influyente. Y, sin embargo, Orpheus la miraba como si fuera inferior. Tal vez porque era una mujer, y las mujeres —según ellos— siempre lo eran: seres destinados a complacer, a no mirar demasiado alto, a no opinar, a no objetar. Y en ese momento, Elennaia sí se sentía inferior a él. Se sentía pequeña, inútil, como si no valiera ni un trapo sucio. Los comentarios hirientes que él lanzaba ya no le dolían; algo en su interior le susurraba que quizá tenía razón, que no podía pensar lo contrario. Porque, al fin y al cabo, ya no era una mujer “pura” como las demás.
Elennaia se mordió el labio con fuerza, sintiéndose asfixiada. Ya no podía soportarlo más; necesitaba ir a su alcoba, meterse en su cama. Pero el miedo la dejó muda. Él seguía sujetándole el brazo, arrastrándola por el jardín como si no pesara nada. Tenía terror de quedarse a solas con él. Terror de que le hiciera lo mismo que su abuelo.
Sus labios temblaron con más fuerza y otra lágrima cayó, deslizándose lentamente por su carne, como una serpiente tóxica, hasta la comisura de su boca. Con un impulso desesperado, logró zafarse del agarre y comenzó a retroceder, con la boca entreabierta, buscando aire como si el mundo se hubiera quedado sin oxígeno. Orpheus la miró, confundido, sin entender nada. Pero en cuanto notó su intención de huir, se lanzó sobre ella y la tomó de ambos brazos, ejerciendo una fuerza innecesaria. Elennaia soltó un chillido agudo que no llegó a ningún testigo. Intentó gritar, pero la garganta se le cerró. Intentó forcejear, pero su cuerpo solo respondió con debilidad.
Entonces la mano de Orpheus se cerró en un puño sobre su cabello rizado, arrancándole un jadeo de sorpresa. Tiró de él con violencia, como si estuviera corrigiendo a una cría desobediente. Elennaia luchó por soltarse con las dos manos, inútilmente. Él la obligó a inclinar la cabeza, llevándola hacia abajo, hasta la altura de su cintura, mientras el pánico le explotaba en el pecho. Las lágrimas bajaban con intensidad.
—Por favor, suélteme —imploró ella, tratando de zafarse.
—¿Siempre es así de malcriada y altanera? —escupió, con una mueca torcida—. Vuestros padres no me advirtieron de esto, señorita.
Su mano se enredó con más fuerza en el cabello de Elennaia y tiró sin cuidado, obligándola a erguirse a medias. El cuero cabelludo le ardió y el mareo regresó con violencia, nublándole la vista. Sus dedos temblaban, aferrados a la muñeca de él, no para defenderse; no tenía fuerzas para tal cosa, sino por puro reflejo, como quien se agarraba al borde del precipicio, desesperada por anclarse a continuar respirando.
—Discúlpeme, por favor —balbuceó apenas—. No pasará de nuevo.
Orpheus la soltó de golpe, haciéndola caer al suelo como si de verdad no fuera una persona, sino una cosa sin valor. La observó con una mueca de desdén y, negando con la cabeza, murmuró que se fuera, que él se encargaría de avisar a ambas familias que ella se había sentido indispuesta. Luego se dio la vuelta y se marchó, sin mirar atrás.
Elennaia permaneció en el suelo, siguiendo con la mirada su figura hasta que se perdió entre los senderos del jardín. Pasaron minutos —o tal vez fueron segundos u horas enteras; el tiempo dejó de tener forma para ella— en los que solo pudo llorar, desesperada, casi sin aire. Cuando al fin logró incorporarse, lo hizo con el cuerpo torpe, como si no le perteneciera. Se arrastró hasta la puerta. Los guardias la abrieron sin dedicarle más que una mirada fugaz, indiferente, casi automática.
Dentro no había nadie. La sala estaba en silencio. Supuso, con un alivio amargo, que Orpheus y su familia ya se habían marchado al fin. Caminó como pudo hasta su alcoba y, al cerrar la puerta tras de sí, soltó todo el aire que no sabía que había estado conteniendo. Entonces llegó el dolor. Un tirón incómodo en el vientre bajo, primero leve, luego cada vez más intenso. Se llevó una mano al abdomen y entró al baño. Se deshizo de la falda del vestido y se sentó en el retrete, intentando relajarse, pero no ocurrió nada… hasta que el dolor regresó de golpe, arrancándole un gemido ahogado que la hizo encorvarse.
Estaba sudando frío. Sudando de verdad. Como nunca lo había hecho en su vida. El mareo la obligó a apoyar la frente contras sus piernas. Sintió entonces algo caliente deslizarse por su zona vaginal. Levantó la cabeza, confundida, abrió un poco las piernas y vio que la taza estaba teñida de un color carmesí espeso e inquietante. Exhaló con pesadez, convenciéndose de que era solo eso: su menstruación, más intensa de lo habitual. Intentó ponerse de pie, pero otro espasmo la obligó a sentarse de nuevo. Se abrazó el vientre, respirando con dificultad. Los cólicos siempre habían sido crueles con ella, capaces de marearla, de doblarla, de hacerla vomitar; no era algo nuevo para ella.
Tiró de la cisterna y, con movimientos lentos y torpes, logró incorporarse. Fue hasta la tina. Necesitaba quitarse la suciedad, el olor, la sangre en sus piernas, el temblor. Necesitaba que el agua se llevara, aunque fuera por un momento, todo el dolor que le molestaba el alma.
Cuando salió, envuelta en la bata de seda, Elennaia se dirigió al tocador. Abrió uno de los cajones y sacó la botella: la pócima que detenía su menstruación de golpe, como si nunca hubiera llegado. Jamás calmaba los cólicos, jamás, pero al menos frenaba el sangrado. Bebió el líquido espeso, amarillento, con una mueca de disgusto, y luego fue hasta la cama. Se metió bajo las sábanas, buscando descanso.
Tenía el maquillaje corrido, apenas retirado —el cansancio fue mucho más fuerte que ella—, y el cabello húmedo mojaba la almohada junto con cierta parte de la espalda. Cerró los ojos, liberando un suspiro que resonó por toda la alcoba. Entonces sintió algo líquido deslizándose entre sus piernas, lentamente. Se incorporó de golpe y apartó las sábanas, con el corazón golpeándole el pecho con potencia. Su respiración se cortó enseguida al ver sus piernas rojas. No podía ser. Ya se había tomado la pócima. Era imposible que siguiera sangrando.
Bajó de la cama casi tropezando con sus propios pies y volvió al tocador. Tomó la botella con manos temblorosas y revisó la fecha. Aún faltaban meses para que caducara. Funcionaba. Siempre funcionaba.
Miró hacia abajo, tragando saliva. La sangre seguía ahí, marcándole la piel, como un recordatorio de algo que ni ella sabía que debía tener presente. Corrió al baño y se metió de nuevo en la tina, encogiéndose sobre sí misma, deseando con una desesperación casi infantil que el sangrado se detuviera cuanto antes. No sabía por qué, no entendía qué estaba pasando, pero tenía miedo. Muchísimo miedo. Y lo peor era no saber a qué cosa. No entendía por qué su pecho se encontraba así.
—Creo que debo usar paños sanitarios —murmuró ella, afligida.