Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
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LA PRIMERA GRIETA
SAGA III LA SEDUCCIÓN DE ASTAROTH
—Bienvenido… —susurró Baal. La sonrisa del demonio se abrió lentamente en la oscuridad.
—Ya eres mío.
Dervían estaba de rodillas frente a él. A su alrededor, el suelo era un campo de ruinas: piedra quebrada, columnas caídas y ceniza suspendida en el aire como polvo muerto.
Desde los escombros cercanos, Jael sintió el peso de aquella escena antes de comprenderla por completo. Su respiración se detuvo un instante.
—Ahora… —murmuró.
Sus ojos se endurecieron.
—¡YA!
Los guerreros saltaron , cayendo sobre el campo destruido como una tormenta. El suelo tembló con el impacto.
Astaroth los observó acercarse sin mover un solo músculo. Ni siquiera parecía sorprendido.
—Tardaron demasiado.
Dervían giró lentamente la cabeza.
Sus ojos seguían abiertos, pero la luz que sus hermanos conocían ya no estaba allí. La oscuridad había ocupado ese lugar.
Por un segundo nadie se movió.
—Dervían… —susurró Jael .
Pero él ya estaba levantando la mano. El aire se comprimió a su alrededor y, al instante siguiente, una ráfaga brutal de viento estalló hacia ellos.
El ataque de Dervían cayó directo contra sus propios hermanos…..
Tres semanas antes
El fuego aún no se había apagado en los corazones de los hermanos.
La victoria contra Belgor había sido ganada, pero no sin heridas. Cansados, cubiertos de polvo y sangre seca, con el alma tambaleante pero el espíritu aún en pie, Jael, Dervian, Gahiel y Maion emprendieron el camino de regreso a Terraluz.
El cielo comenzaba a oscurecer cuando cruzaron los límites del hogar.
—¡Albiel… han vuelto! ¡Son ellos! —gritó Aloriah desde la entrada.
Salió corriendo hacia ellos con los brazos abiertos, ahogada en lágrimas. Los abrazó uno por uno como si temiera que desaparecieran si los soltaba.
—La tormenta ya pasó… ya están en casa —susurró entre sollozos.
Jael la sostuvo con suavidad.
—Madre… solo escapó un poquito. Vendrán más.
Las palabras no eran amenaza. Eran certeza.
Dentro de la casa, Albiel permanecía de rodillas frente al altar familiar. Al oírlos entrar, abrió los ojos lentamente. Los miró en silencio, como asegurándose de que realmente estaban allí.
Luego se puso de pie y abrió los brazos.
—Hijos míos… cada día tiene su propio afán. Hoy solo disfrutemos que han vuelto y estamos juntos otra vez.
La tensión bajó apenas.
Maion olfateó el aire exageradamente.
—¿Qué es eso, madre? ¿Estás haciendo tortillas de pavo? Huele glorioso.
Gahiel asintió con entusiasmo.
—Por fin comida… estaba muerto de hambre.
Por primera vez desde la batalla, una risa ligera cruzó la habitación.
Esa noche, Aloriah limpió las heridas de sus hijos con manos firmes y delicadas. Después se sentaron a la mesa.
Antes de comenzar, Albiel inclinó la cabeza.
—Gracias, Padre Celestial, porque aunque el enemigo rugió, tus hijos permanecieron. Gracias por el fuego de Jael, por la fe de Dervian, por la fuerza de Gahiel y por la luz de Maion. Protege sus corazones, porque sé que la guerra no ha terminado.
—Amén —respondieron algunos en voz baja.
Dervian escuchó… pero no dijo nada.
Miró la mesa. Luego el altar.
Algo dentro de él no celebraba.
No estaba roto… pero tampoco completo.
Como si la victoria no hubiera llenado el espacio que esperaba.
Comieron en silencio.
—Es hora de descansar —dijo Jael finalmente.
Gahiel se levantó estirando los hombros.
—Siento como si me hubiera caído un edificio encima.
Uno a uno se retiraron.
Dervian también comenzó a caminar hacia el pasillo.
—Hijo… siéntate un momento conmigo —dijo Albiel con calma.
Dervian se detuvo.
—¿Sucede algo?
—No. Solo quiero conversar.
Regresó y se sentó frente al altar. La llama ardía tranquila entre ambos.
Albiel lo observó unos segundos antes de hablar.
—Desde que llegaste has estado muy callado. Hay algo en tu mirada… ¿qué te perturba?
—No es nada, padre.
Albiel sostuvo su mirada con paciencia.
—Te conozco.
El silencio se hizo más profundo.
Dervian bajó la cabeza y dejó escapar un suspiro.
—En la batalla contra Karnaz… él me dijo que no era diferente a ellos. Que podía verlo en mí. Que sentía ira.
Albiel no interrumpió.
—No le presté atención —continuó—. Pensé que era provocación.
Tragó saliva.
—Pero en la pelea contra Belgor… hubo un momento en que sentí que todo estaba perdido. Vi a Gahiel humillado… sentí su dolor como propio. Escuché los gritos de los aldeanos, vi las casas arder… el caos… la desesperación…
Sus manos se tensaron sobre sus rodillas.
—Y algo en mí respondió con rabia. No una rabia justa. Una rabia que quería arrasar con todo.
El fuego del altar titiló levemente.
—Por un momento… me estaba perdiendo en ella. Si Jael no hubiera intervenido cuando lo hizo… no sé hasta dónde habría llegado.
El silencio entre ambos fue largo.
Albiel apoyó una mano firme sobre su hombro.
—Escúchame bien, Dervian. No es malo sentir ira cuando todo parece salirse de control. La ira es una respuesta humana ante la injusticia.
Dervian levantó la mirada.
—Lo peligroso no es sentirla… es dejar que te gobierne.
La llama del altar se inclinó suavemente, como movida por un viento invisible.
—Tú no cruzaste esa línea —continuó su padre—. Pudiste hacerlo, pero elegiste no hacerlo. Eso es lo que importa.
Dervian respiró más profundo.
—La sentí demasiado cerca.
Albiel sonrió con serenidad.
—Eso significa que sabes reconocerla. Y quien reconoce su oscuridad… puede decidir caminar en la luz.
Dervian guardó silencio unos segundos.
—Entonces tengo que fortalecer mi espíritu. Mi fe.
—No para huir de la ira —respondió Albiel—, sino para dominarla.
Padre e hijo permanecieron un momento más frente al altar.
Pero en el corazón de Dervian, aunque la paz había regresado un poco… la conversación no había apagado del todo la inquietud.