Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
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LA HERIDA DEL ORGULLO
Al día siguiente, Gahiel se levantó antes que el resto. La aldea seguía dormida y el cielo aún estaba oscuro, apenas insinuando el amanecer detrás de las montañas. No encendió ninguna lámpara.
Se sentó en el borde de la cama y comenzó a vendarse las heridas con paciencia. Cuando la tela tocó la piel abierta, sus dedos se tensaron un instante, pero continuó ajustando la venda como si el dolor no mereciera atención.
El silencio de la casa era profundo. Solo se escuchaba el roce de la tela y su respiración contenida.
—No hay tiempo para descansar —murmuró.
El aire frío de la madrugada le golpeó el rostro y le despejó la mente. Sin mirar atrás, empezó a trotar; primero despacio, luego con más ritmo, hasta internarse en el bosque como si buscara perderse entre los árboles… o encontrarse a sí mismo lejos de todo.
Las imágenes de la derrota regresaban una y otra vez, La mirada de Belgor atravesándolo como si no fuera digno del poder que portaba.
Gahiel apretó los puños mientras corría.
—Maldita sea… qué débil fui —murmuró con desprecio.
Su respiración se volvió más pesada.
—No volverá a pasar.
El bosque no tenía culpa, pero esa mañana iba a pagar.
Frente a él se alzaba una formación enorme de roca oscura, atravesada por vetas negras que parecían cicatrices antiguas. No era una simple pared de piedra. En su centro, expuesto por el paso del tiempo, sobresalía un núcleo metálico natural, denso, casi negro, incrustado como el corazón de la montaña.
El primer golpe impactó contra la roca externa.
El estallido fue brutal. Fragmentos salieron despedidos en todas direcciones y los árboles cercanos se inclinaron por la onda expansiva. La capa superficial se desmoronó con facilidad.
Pero cuando su puño alcanzó el núcleo…
El sonido cambió.
Ya no fue una explosión.
Fue un golpe grave, profundo, metálico.
La vibración regresó por su brazo como una descarga salvaje.
Gahiel retrocedió medio paso.
Sus ojos se encendieron.
—¿Eso es todo?
Golpeó otra vez, con más fuerza.
La piedra que rodeaba el núcleo comenzó a pulverizarse, dejando expuesta la masa compacta de hierro negro, gruesa como el tronco de un árbol milenario. Cada impacto arrancaba chispas. El metal absorbía parte del poder… pero otra parte regresaba, sacudiéndole los huesos.
Las manos empezaron a arderle.
No se detuvo.
Golpe tras golpe.
La montaña retumbaba con cada impacto y las grietas comenzaron a dibujarse sobre la superficie metálica, primero finas, casi invisibles.
Gahiel apretó los dientes y concentró más energía. La sintió vibrar bajo su piel, inestable, peligrosa. Sabía que estaba forzando más de lo que su cuerpo podía soportar.
—Yo soy Gahiel… —gruñó—. El Oso elegido por el cielo.
Liberó una descarga mayor.
La explosión abrió un cráter bajo sus pies. Árboles enteros cayeron a lo lejos. El núcleo metálico crujió… pero no se rompió del todo.
La vibración le recorrió el brazo hasta el hombro. Algo se desgarró por dentro.
Un hilo de sangre descendió por su nariz.
Cayó de rodillas.
Respiraba con dificultad, el pecho ardiendo.
Miró el núcleo agrietado que aún seguía en pie.
—¡No soy una burla!
Se obligó a ponerse de pie. Las piernas le temblaban.
Extendió ambos brazos y reunió todo lo que le quedaba. No calculó. No midió. No protegió su cuerpo. Simplemente arrancó la energía desde lo más profundo, incluso de ese lugar donde el dolor era más intenso.
La concentración fue violenta.
Inestable.
La liberó en un solo golpe.
El impacto fue ensordecedor.
El núcleo metálico estalló en múltiples fragmentos que salieron disparados como proyectiles ardientes. La montaña tembló y el suelo se abrió varios metros alrededor.
La onda de retorno lo alcanzó también.
Su cuerpo salió despedido hacia atrás y golpeó contra la tierra destrozada. La energía residual chisporroteó sobre su piel antes de extinguirse.
El enorme corazón de hierro reducido a fragmentos dentro del cráter.
Gahiel intentó levantarse.
Los brazos no respondieron.
Intentó otra vez.
Las piernas cedieron.
Quedó boca arriba, respirando con dificultad, la vista nublada y el pecho ardiendo como si algo dentro de él también se hubiera agrietado.
Había destruido el núcleo.
Pero el precio era evidente.
Su cuerpo estaba al límite.
cerró los ojos un instante.
No por rendirse.
Sino porque sabía que, si intentaba levantarse otra vez…
Su cuerpo simplemente no obedecería.
Y aun así, en medio del dolor, una idea seguía golpeando dentro de su cabeza.
–No hay tiempo para parar.
–Debo seguir.
El desayuno transcurría en un silencio extraño. Nadie hablaba demasiado. Los cubiertos chocaban con los platos más fuerte de lo normal, como si todos estuvieran intentando llenar con ruido lo que no sabían decir.
Entonces el suelo vibró.
Los vasos tintinearon. Uno de los platos se deslizó unos centímetros sobre la mesa.
Aloriah levantó la cabeza de inmediato.
Otro temblor. Más fuerte.
Maion soltó el pan que tenía en la mano y suspiró con resignación.
—No se asusten… es Gahiel —dijo, intentando sonar tranquilo—. Está entrenando.
El suelo volvió a estremecerse, más breve esta vez.
Aloriah cerró los ojos un segundo.
—Está sufriendo —murmuró—. Lo puedo sentir.
No era exageración. Era intuición de madre.
Dervían bajó la mirada hacia la mesa. Sus dedos se entrelazaron con tensión.
—Lo quebraron… —dijo con voz baja—. No solo en la batalla. Lo humillaron delante de todos. Para alguien como él… eso pesa más que cualquier herida.
Hubo un silencio corto.
Albiel los observaba a todos con calma, pero no indiferencia. Sus ojos recorrían los rostros como si intentara leer lo que cada uno estaba guardando.
Un tercer temblor sacudió la casa. Esta vez más lejano.
Albiel habló al fin, con voz firme pero serena:
—El hierro se forja con golpes… pero si se golpea sin medida, se deforma. La fuerza no se prueba destruyendo todo a su paso. Se prueba cuando el dolor no decide por nosotros.
Maion lo miró de reojo.
—Él no va a parar porque alguien se lo diga.
—Lo sé —respondió Albiel—. Por eso no iremos a detenerlo. Solo podemos esperar a que él mismo entienda cuánto puede exigirle a su cuerpo… sin romper algo que no pueda reparar.
Aloriah abrió los ojos.
—Es mi hijo —dijo, casi en un susurro—. Y aun así no puedo aliviarle esa rabia.
Jael respiró profundo.
—Esa rabia lo mantiene en pie ahora mismo.
El silencio volvió a asentarse sobre la mesa.
Maion se puso de pie de pronto, como si recordara algo que llevaba tiempo rondándole la cabeza.
—En la batalla contra los demonios de Belgor… en Althara… —comenzó— me encontré con dos guerreros. Me ayudaron cuando la cosa estaba fea. No tuve tiempo ni de agradecerles
Albiel lo miró con atención.
—¿Y ahora quieres hacerlo?
Maion asintió.
—Quiero agradecerles. Y ver cómo quedó la aldea. Si Gahiel va a romper medio bosque, al menos yo puedo hacer algo útil.
Aloriah intentó sonreír, aunque la preocupación seguía allí.
—Ten cuidado.
Maion se inclinó ligeramente, casi como una despedida informal.
—Siempre.
Se dirigió hacia la puerta. Antes de cruzarla, sintió otro temblor a lo lejos. Más débil.
Miró en dirección al bosque.
—No te rompas, hermano… —murmuró apenas.
Con un impulso firme, se lanzó en dirección a Althara
Detrás, la casa quedó en silencio.
Y a lo lejos, el bosque seguía temblando.