El día en que pidió el divorcio, fue el día en que el hombre que juró amarla la humilló de la manera más vil. Con hilos de sangre recorriendo cada centímetro de su cuerpo, llegó al acantilado donde estaban quemando la puerta del infierno, con el objetivo de poner fin a su sufrimiento.
Lo anterior le daría una nueva oportunidad de vivir, ahora como miembro del ejército real. No obstante, Jamás pensó que su primera misión de búsqueda y rescate, la terminaría llevando al lado del ancestro de quien le salvó la vida.
Ahora como guardiana del príncipe Kenshi, primer duque de London, deberá protegerlo de las garras del infierno e incluso de una esposa que con tal de divorciarse de él será capaz hasta de ir en contra de la propia corona.
¿Podrá salvar a alguien que está en el mismo lugar que una vez ella estuvo?
¿Su frío corazón será suficiente para la tarea?
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CAPÍTULO 17
Empezando a recuperar la movilidad que aquella criatura le había quitado, guiándose gracias a la luz de la luna, logró que sus manos cogieran las garras del ser que la estaba ahorcando mientras le estaba influyendo la pesadillas, de modo que comenzó a quemarlo mientras le pasaba un poco del fuego fatuo que su cuerpo había absorbido aquella noche que se tiró al acantilado.
—¿Qué pasó? ¿Te quema?—preguntó con sarcasmo mientras veía como venas rojas, de un tono brillante, emergían de la piel oscura del daimonio—¡Disfruta mi regalo!
El ser, sin aguantar más el dolor, saltó despavorido de encima del pecho de la mujer, arrastrándose a un rincón frío mientras temblaba a causa del dolor. Su misión era sencilla, aprovechando el estado de salud de ella, debía infligirle dolor hasta la muerte usando el mundo de los sueños, pero no pensó que la fuerza de voluntad de aquella humana fuera más fuerte.
Sonrío con agrado sentándose, aunque aun no pudiera mover las piernas a causa de la parálisis en sus piernas, debido al maldito daimonio, si no podía evitar reírse al ver como le había devuelto el dolor que le estaba infligiendo mientras dormía.
—Supongo que vienes por parte del daimonio que maldijo el alma del duque—sentenció—no te mataré porque juré que respetaría las normas de lucha de los Kingsglaive; sin embargo, más te vale ir con tu líder y decirle mi mensaje: no me importa bajar al infierno con tal de quemarte con fuego fatuo.
Dicho eso, con un chasquido de dedos, provocó que el fuego fatuo en el interior del daimonio se intensificara obligándolo a desaparecer. Tras asegurarse de que él se fuera, forzó sus piernas a enderezarse en la cama de modo que influyendo un poco de torrente mágico pudiera hacer que comenzara a sentirlas.
Suspiró con cansancio, detestaba las parálisis del sueño y más causadas por esas criaturas del infierno, al menos en los casos en que era acosada por ellos, a causa de su trama, haciéndola una víctima fácil mientras dormía, podía defenderse con el mismo fuego que quemó su cuerpo y que a ellos les causaba tanto mal.
Una vez sintió de nuevo las piernas, levantándose para caminar un momento, se colocó la parte exterior de su pijama y salió por los largos pasillos del castillo intentado que el frío del piso la terminaran de despertar. Moviéndose con un paso elegante, los guardias y la servidumbre en turno se quedaron paralizados al ver a la extraña mujer con su largo cabello suelto, moviéndose sin tantas restricciones de vestimenta.
—¿Tú?—preguntó el duque al sentir la presencia de la mujer.
A causa del ardor en su cuello y de su ceguera, le había pedido a varios sirvientes llevarlo al jardín principal del palacio de su madre, mientras el alcohol terminaba de pasarse. Después de que su guardiana lo hubiera marcado, algo extraño estaba pasando con su vista, ya que sin ojos y vendado, por momento, podía ver extrañas siluetas de energías de las personas. Fue gracias a eso que pudo reconocer por un segundo la llegada de la mujer.
—¿Qué haces?—preguntó de nuevo al sentir como la mujer acariciaba su cabello.
—Su descendiente hacía esto, dijo que si uno le hacía pulpitos a alguien enfermo, esa persona se sentiría bien—respondió, aunque en realidad lo estaba haciendo por ella.
No quería admitir que ella quería que le hicieran pulpitos en su cabello, sobre todo porque no le gustaba mucho el tacto físico, pero al menos usaría aquella excusa para esconder su deseo.
—Eso lo entiendo, pero por lo que he visto pensé que odias el contacto físico con los demás—respondió bajando un poco la cabeza, de verdad se sentía bien el gesto que ella estaba haciendo.
—Lo odio, sobre todo cuando son hombres—respondió colocando su mano en la mejilla del duque y levantando su rostro—pero usted es distinto, su existencia me trae más paz y esperanza que otras personas. Por lo que mi cuerpo no lo rechaza por completo.
Dicho eso se sentó al lado del duque, en la banca central, observando el cielo estrellado que antes estaba un poco nublado. Moviendo su mano, agarró la de él, dejando al duque sorprendido. Este comprendía todo lo que ella sentía, pero nunca pensó que alguien quisiera estar al lado de un alma maldita.