Katia no dejó de amar a su esposo. Ese es precisamente el problema.
Después de veinte años de matrimonio, tres hijos y una vida construida junto a Gael, creyó que el deseo simplemente había desaparecido. Hasta que Rafael, su profesor de tango, la hizo sentirse mirada, deseada… y viva otra vez.
Lo que debía quedarse en una pista de baile cruzó demasiadas fronteras. Y cuando Katia comprende que está enamorada de Rafael, descubre también la verdad más incómoda de todas: amar a alguien nuevo no borra automáticamente el amor, la historia ni la familia que existían antes.
Entre Guadalajara, Bogotá y Buenos Aires, Katia tendrá que decidir no solo a quién ama, sino qué consecuencias está dispuesta a asumir por la mujer en la que se está convirtiendo.
Porque algunas decisiones empiezan mucho antes de decir “me voy” o “me quedo”.
Un romance adulto donde nadie sale ileso de volver a sentirse vivo.
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Caja de madera
POV Katia | 15 Noviembre 2023
La mente de Katia viajó a mil por hora buscando una excusa, cualquier pretexto plausible que salvara el abismo que se acababa de abrir bajo sus pies.
Se me cayó en el lavabo... Me la quité para ponerme crema y la olvidé... Se me atascó en la bolsa...
Las opciones parpadeaban en su cabeza como luces de emergencia, pero ninguna sonaba lo suficientemente convincente para un hombre tan observador como Gael.
El silencio en la alcoba se volvió asfixiante, cargado con el peso de veinte años de certezas que ahora tambaleaban sobre una delgada línea de plata ausente.
—Gael, yo...
—empezó a decir Katia, sintiendo cómo la voz se le quebraba ligeramente, traicionada por los nervios—.
Yo... me la quité hace unos días para hacer una limpieza profunda en la cocina, con los químicos temía que se manchara o se rayara, y... creo que la dejé en la repisa del baño de abajo, o guardada en el alhajero.
La mentira salió de sus labios con una fluidez que a ella misma la aterrorizó, demostrándole hasta qué punto el secreto ya la había cambiado, obligándola a construir trincheras para proteger su nueva y prohibida libertad.
Gael la miró fijamente a los ojos, deteniendo la respiración por un instante mientras evaluaba su respuesta.
La expresión en el rostro de él oscilaba entre la sorpresa inicial y una duda sutil, una sombra de recelo que jamás antes se había asomado en su matrimonio.
Por un segundo interminable, Katia temió que él pudiera ver a través de sus palabras, que descubriera el eco de otra piel y el rastro invisible de Rafael impregnado en su memoria.
Sin embargo, lentamente, la tensión en los hombros de Gael pareció disiparse.
Exhaló un suspiro pesado, restándole importancia con un gesto cansado, producto de las largas horas de viaje y la rutina que tanto los consumía.
—Deberías tener más cuidado con algo tan importante, Katia —le reprochó él con suavidad, volviendo a rodearla con los brazos, aunque la magia de aquel momento inicial ya se había roto por completo—.
Sabes lo mucho que significa para mí. Katia asintió en silencio, apoyando el rostro contra el hombro de su esposo mientras sentía un nudo helado en el estómago.
Fingió aceptar el abrazo, pero por dentro, su mente seguía atrapada en otra parte: en el departamento de Rafael, en la tormenta de fuego que había desatado y en la aterradora certeza de que su secreto, tarde o temprano, terminaría por estallar.
El sol apenas terminaba de despuntar sobre el asfalto mojado de la ciudad cuando Katia sintió que el aire le faltaba en los pulmones.
Tras la tensa noche del miércoles con Gael, donde el peligro había rozado su piel tan de cerca, una urgencia helada se había apoderado de ella.
La argolla de matrimonio no estaba en casa; sabía perfectamente dónde la había dejado, o al menos, dónde debía estar.
Con el pretexto de una supuesta urgencia con las compras del mercado y una junta rápida en la zona centro, Katia condujo con las manos aferradas al volante y el corazón golpeándole contra las costillas de forma desbocada.
El tráfico matutino parecía avanzar en cámara lenta mientras su mente no dejaba de repetir una sola advertencia: si Gael vuelve a buscarla y no la encuentra, todo se vendrá abajo.
Estacionó el auto a dos cuadras del edificio de Rafael, cubriendo su rostro con unas gafas de sol y subiendo la solapa de su gabardina, sintiéndose por primera vez como una completa extraña en su propia vida.
Caminó de prisa, esquivando a los transeúntes, hasta llegar al portal.
Por fortuna, conocía el código de acceso secundario y las llaves de repuesto que Rafael le había mencionado de broma semanas atrás —o quizás el destino, caprichoso y cómplice, le abrió el camino—.
Subió los escalones de dos en dos, con la respiración agitada, hasta detenerse frente a la puerta del departamento.
Sus dedos temblaban de forma visible al introducir la llave en la cerradura. El cerrojo cedió con un chasquido suave.
Empujó la puerta con cautela y el silencio del departamento la recibió de golpe.
El aire aún conservaba el sutil e inconfundible aroma de la noche que habían compartido: a sándalo, a sábanas revueltas y a él.
—¿Rafael?
—murmuró al vacío, conteniendo el aliento.
No hubo respuesta. El departamento estaba completamente desierto; él ya había salido a sus propias rutinas matutinas.
Con el alma en un hilo, Katia corrió directamente hacia la habitación.
Se arrodilló junto a la cama, apartando las sábanas de lino que aún guardaban el calor de su cuerpo.
Fue entonces, al agacharse para mirar debajo de la estructura, cuando descubrió una caja de madera oscura medio oculta en la penumbra.
Movida por una punzada de curiosidad, la arrastró con cuidado hacia afuera y levantó la tapa.
Su respiración se detuvo por completo: el interior contenía una amplia y sofisticada gama de juguetes sexuales, accesorios y elementos de una intimidad audaz y desconocida que ella jamás se había atrevido a imaginar.
Un calor repentino le subió por las mejillas y el corazón le dio un vuelco.
Nerviosa ante la idea de seguir destapando secretos tan íntimos de un hombre que aún la sorprendía, tragó saliva, volvió a cerrar la caja con pulso tembloroso y la empuñó de vuelta a su sitio exacto bajo la cama.
Regresando a su urgencia principal, continuó buscando la argolla por el suelo, barriendo cada centímetro con la mirada.
Tras un par de minutos de desesperación, un pequeño destello dorado captó su atención: el anillo estaba tirado justo al ras del suelo, pegado firmemente contra la pared de la cabecera.
Se estiró con cuidado hasta alcanzarlo y lo sacó de inmediato, confirmó que todo estuviera en su lugar y salió de ahí con la misma prisa que había llegado.