Estela tiene veinticinco años y la vida rota. Tras perder a su padre y cuidar a su madre enferma, se refugia en sus musicales favoritos. Es una soñadora que espera un amor de película, sin saber que el destino aguarda en la primera fila de un teatro.
David es el barítono del momento, una estrella internacional cansada de la soledad. Al salir al escenario para encarnar al Fantasma de la Ópera, una mirada inocente y húmeda entre el público lo hechiza por completo.
Decidido a conocerla sin el ruido de su fama, David inicia un juego desde el anonimato. Mediante rosas, notas y llamadas de madrugada con una voz que la derrite, reconstruye el mundo de Estela. Pero cuando los secretos se vuelven pesados, la realidad de la fama, los chantajes de una actriz y un embarazo en el exilio amenazan con destruir su paraíso.
¿Sobrevivirá el amor cuando caigan las máscaras? Descubre una historia profunda donde él fue salvado por sus ojos; y ella, arrullada por su voz.
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CAPITULO 16. LUCES EN LA COSTA
El trayecto en el tren de alta velocidad hacia el norte del país fue para Estela un viaje suspendido en el tiempo. Sentada junto a la ventanilla, contemplaba cómo los paisajes urbanos de la capital se transformaban gradualmente en frondosos valles verdes y acantilados que morían en un mar Cantábrico teñido de gris y azul. Llevaba consigo una pequeña maleta y una libreta donde había anotado algunos versos de Bécquer, pero su mente no podía concentrarse en la lectura. El corazón le latía con un compás acelerado, rítmico y expectante. Gracias al increíble apoyo de Laura, que ya se encontraba instalada en su casa cuidando de su madre, Estela se sentía, por primera vez en un año, dueña de su propio destino. Se dirigía al encuentro del hombre que había reconstruido su alma desde las sombras.
Cuando el tren llegó a la pequeña estación costera, el olor a salitre, humedad y lluvia reciente la envolvió por completo. Tomó un taxi que la guió a través de calles empedradas hasta el hotel boutique que David había reservado. Era un edificio antiguo de piedra y madera vista, asentado sobre un acantilado con unas vistas imponentes al océano. Al dar su nombre en la recepción, una empleada le sonrió con suma amabilidad y le entregó una llave de latón antiguo con el número 104 grabado en ella.
—El caballero que realizó la reserva ya se encuentra en la habitación, señorita Ramos —le indicó la recepcionista—. Esperamos que tengan una estancia maravillosa.
Estela subió las escaleras de madera crujiente, sintiendo que las piernas le flaqueaban a cada paso. El pasillo estaba alfombrado en tonos granates y la luz de los apliques de la pared creaba una atmósfera íntima y recogida. Al llegar frente a la puerta 104, se detuvo. Respiró hondo tres veces, colocó la mano sobre el pomo de latón y, tras una breve duda, giró la llave con suavidad, empujando la madera hacia el interior.
La suite era un espacio espectacular, de techos altos y grandes ventanales de madera que daban directamente a una terraza sobre el mar, donde las olas rompían con fuerza contra las rocas. Sin embargo, lo que verdaderamente detuvo el pulso de Estela fue la iluminación del lugar. Las grandes cortinas de lino estaban parcialmente echadas, bloqueando la luz directa del atardecer costero. En su lugar, el espacio estaba bañado por una luz sumamente tenue, cálida y delicada, proveniente de una docena de velas de cera blanca esparcidas por la estancia y de una pequeña lámpara de mesa de pantalla opaca. El ambiente era de una penumbra cómplice y mística, un refugio perfecto donde las formas se difuminaban y el misterio seguía a salvo.
En mitad de esa romántica semioscuridad, recortada contra el ventanal del fondo, se encontraba la silueta de un hombre. Vestía unos pantalones oscuros y un jersey de punto fino de cuello alto en color gris, una vestimenta casual y abrigada que se alejaba por completo del dramatismo de la levita del teatro, pero que resaltaba su porte alto, atlético y de hombros anchos.
Estela soltó la maleta, que cayó al suelo con un sutil golpe sordo. Al escuchar el sonido, la silueta se giró lentamente. David dio un par de pasos hacia el frente, deteniéndose justo en la zona donde la luz de las velas no llegaba a iluminar sus facciones de forma directa. Su rostro permanecía envuelto en sombras sutiles, permitiendo adivinar la línea firme de su mandíbula y el brillo de sus intensos ojos, pero ocultando los detalles específicos que pudieran delatar su identidad como la gran estrella cinematográfica de la que todo el país hablaba.
—Has venido, Estela —dijo David, y su auténtica voz barítona, profunda, aterciopelada y melódica llenó el espacio de la suite, provocando que a la joven se le erizara la piel al instante. Era el mismo sonido que la había enamorado a través del auricular del teléfono, pero ahora vibraba en el aire real de la habitación—. Tenía tanto miedo de que la realidad te retuviera en Madrid... Gracias por estar aquí.
Estela se quedó estática durante un segundo, conmovida por la imponente presencia del hombre. Caminó hacia él con paso lento, como si temiera que la escena se disolviera al menor movimiento brusco. Se detuvo a escasos centímetros de su pecho, alzando el rostro hacia la penumbra donde él se ocultaba.
—No habría podido quedarme, aunque hubiera querido —confesó Estela en un susurro cargado de emoción, sintiendo que las lágrimas de felicidad asomaban a sus ojos—. Tu voz me ha estado llamando cada noche. Estar aquí... se siente como si por fin hubiera despertado dentro del musical que he soñado toda mi vida. Pero sigo sin poder ver tu rostro con claridad. ¿Por qué mantenemos esta media luz?
David alzó sus manos de forma lenta. Sus dedos fuertes, firmes y delicados acunaron el rostro de Estela con una ternura infinita, deslizando los pulgares por sus mejillas para secar las sutiles trazas de humedad. El contacto físico fue idéntico al del escenario vacío de Madrid, una caricia protectora que hizo que el pulso de la joven se disparara de inmediato.
—Porque a media luz somos solo tú y yo, Estela —explicó David, bajando el tono de su voz a un susurro íntimo que rozó la frente de ella—. Sin el ruido del mundo exterior, sin las etiquetas de quiénes somos o a qué nos dedicamos fuera de estas paredes. Quiero que este fin de semana conozcas al hombre real, al que te escribe los mensajes cuando el teatro se apaga, al que se desvela pensando en la luz de tus ojos. Quiero que te enamores de mi verdad antes de que la luz del día lo exponga todo. ¿Me permites regalarte estas horas de absoluta intimidad?
Estela cerró los ojos, dejándose mecer por la cadencia de su voz y el calor de sus manos. La dualidad que la había atormentado en Madrid (la lucha entre el misterioso recadero de la calle y la voz del teléfono) se disolvió por completo en ese instante. El tacto de este hombre tenía la misma fuerza física que la había hecho temblar en la acera, y su voz poseía la magia poética que la arrullaba en sus noches. Eran la misma persona. Su alma y su cuerpo pertenecían al mismo misterio.
—Sí —cedió Estela, entrelazando sus manos sobre el pecho de él, sintiendo el latido firme y acelerado de su corazón bajo la tela del jersey—. Olvidémonos del mundo exterior. Solo existimos nosotros esta noche.
David sonrió en las sombras de la penumbra, sintiendo que un peso gigantesco se le quitaba de encima. Se inclinó lentamente hacia ella, reduciendo la distancia mínima que separaba sus labios. El beso comenzó de forma suave, un roce pausado y cálido que sabía a añoranza acumulada durante semanas de separación en la distancia. Sin embargo, a medida que el sonido de las olas rompiendo contra el acantilado se filtraba por las rendijas del ventanal, la intensidad del contacto físico aumentó. David la estrechó contra su cuerpo con una pasión contenida que hizo desfallecer a la joven soñadora. Era un beso real, profundo, alejado de la ficción del escenario; era el inicio de un fin de semana donde el Fantasma y su musa iban a tejer los lazos de un amor tan fuerte que ninguna máscara, por perfecta que fuera, podría romper jamás cuando la cruda luz de la fama decidiera reclamar su espacio.