Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.
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T3 Capítulo 23- Síntomas en las sombras
Varios días después, el invierno continuaba cubriendo con su manto blanco la espesura del bosque finlandés. En el interior de la cabaña, el fuego de la chimenea crujía con fuerza, dándole una calidez acogedora a la sala donde Bibiana recibía una visita muy especial.
—Te felicito de corazón por lo del concurso, de verdad estuviste maravillosa —expresó Melissa con una sonrisa radiante, acercándose para envolver a su amiga en un afectuoso abrazo.
—Muchísimas gracias, amiga —respondió Bibiana, correspondiendo el gesto con alegría.
Al separarse, Melissa miró a su alrededor, percatándose del silencio en la propiedad.
—¿Y Adam dónde está?
—Se fue a cazar al bosque, pero no debe tardar en regresar —explicó ella, acomodándose en el sofá.
Melissa la observó con atención bajo la luz de la sala, entrecerrando los ojos al notar un detalle que le encendió las alarmas. Dio un paso hacia ella, adoptando un tono más serio.
—Bibi... ¿Adam se está alimentando de ti?
Bibiana frunció el ceño, completamente sorprendida por la pregunta.
—No, claro que no... ¿Por qué me preguntas algo así, Meli?
—Tu piel se ve sumamente pálida... —reveló la vampiresa, acariciándole sutilmente el rostro—. Es como si estuvieras perdiendo el color poco a poco. Estás demasiado blanca.
—Estoy bien, de verdad, no te preocupes —aseguró Bibiana, restándole importancia con un gesto de la mano, aunque una ligera duda cruzó por su mente.
—¿Estás completamente segura?
—Sí, en serio. Mejor cuéntame de ti —pidió Bibiana, queriendo desviar la atención de sí misma—. ¿Has vuelto a ver a mi hermano?
La mención de Diego apagó la sonrisa de Melissa. Bajó la mirada, y una profunda tristeza se reflejó en sus facciones.
—No, Bibi. Diego no ha querido saber nada de mí desde aquel día en que regresaste y les dijiste que te habías casado con Adam. Cortó toda comunicación conmigo.
—Es mi culpa... —suspiró Bibiana, sintiéndose responsable—. Yo te pedí que no les dijeras nada de la boda y que me guardaras el secreto. Por mi culpa terminaron.
—No es tu culpa, Bibi, no pienses eso —la consoló Melissa de inmediato, tomándola de las manos—. Tú eres mi amiga y te debía lealtad a ti ante todo. Respeté tu decisión y no me arrepiento de haberte apoyado.
—Aun así, lamento muchísimo que lo tuyo con mi hermano terminara de esta manera tan fea.
—Eso ya no importa ahora —murmuró Melissa, intentando dejar el tema atrás. Tras una breve pausa, miró a su amiga con ojos suplicantes—. Bibi... ¿no has pensado en la posibilidad de arreglar las cosas con tu familia?
La calidez en el rostro de Bibiana desapareció por completo, reemplazada por una mueca de rigidez.
—No. Ni quiero hacerlo.
—¿Por qué eres tan dura, Bibi?
—Porque todavía no puedo olvidar lo que me hicieron, Meli. Me vendieron. Me ocultaron la verdad. Eso no se borra de la noche a la mañana.
—Lo sé, pero tu padre y tu hermano te aman de verdad —insistió Melissa, apelando al corazón de su amiga—. Están sufriendo muchísimo por tu rechazo, la casa es un cementerio. Perdónalos... en especial a tu padre. Él está profundamente arrepentido por lo que hizo, pude ver ese dolor y esa culpa muchas veces en su corazón.
Bibiana guardó silencio un momento, sopesando las palabras de la vampiresa. Suspiró con pesadez, sintiendo que tal vez Melissa tenía algo de razón.
—Está bien... Quizás lo haga. Pero antes de dar ese paso, voy a necesitar bastante tiempo para procesar y olvidar todo lo que pasó.
—Tómate todo el tiempo que quieras, amiga —sonrió Melissa, aliviada al ver una pequeña grieta en la coraza de Bibiana—. Lo verdaderamente importante es que logres sanar esa herida y vuelvas a hacer las paces con tu familia.
—Sí... —alcanzó a murmurar Bibiana.
Pero antes de que pudiera terminar la frase, una punzada aguda y repentina la obligó a encorvarse sobre el sofá. Se llevó una mano directamente al vientre, soltando un quejido ahogado.
—¡Ahhh...!
—¿Qué te pasa, Bibi? —exclamó Melissa, poniéndose de pie de un salto, completamente preocupada.
—Sentí... sentí un dolor muy extraño aquí, en mi vientre —explicó Bibiana, respirando con dificultad. Intentó enderezarse, pero apenas lo hizo, una segunda punzada, aún más intensa, la hizo doblarse de nuevo—. ¡Ahhh! ¡Meli!
—¿Otra vez? ¿Lo estás sintiendo de nuevo? —preguntó la vampiresa, arrodillándose a su lado y tomándola por los hombros.
Bibiana se presionó el abdomen, esperando unos segundos hasta que la molestia comenzó a ceder lentamente. Soltó el aire que tenía retenido y se recostó contra el respaldo, pálida y sudorosa.
—Sí... pero ya... ya se me pasó. Ya no me duele.
Melissa no despegó los ojos de ella. Su instinto sobrenatural le decía que algo no andaba bien en el cuerpo de su amiga humana.
—Eso es muy extraño, Bibi... ¿Por qué habrás sentido un dolor así de la nada? No tiene sentido.
—No lo sé —admitió Bibiana, acariciándose el vientre con confusión y un toque de temor—. Es la primera vez en mi vida que me pasa algo así.
Melissa se quedó en silencio, contemplándola con una profunda preocupación instalada en el pecho, presintiendo que el cuerpo de Bibiana estaba guardando un secreto que ninguna de las dos era capaz de comprender todavía.
A miles de kilómetros de allí, en la silenciosa cabaña de Alaska, la abuela Clara caminaba de un lado a otro por la sala, con las manos entrelazadas y el rostro reflejando una profunda angustia. El tic-tac del reloj en la pared parecía recordarle que el tiempo se estaba agotando.
—Ya han pasado cinco meses... —murmuró para sí misma en la soledad del lugar, sintiendo un peso enorme en el pecho—. Me preocupa tanto mi nieto. Si esa fórmula llega a traerle consecuencias terribles a él o a su esposa... jamás me lo voy a perdonar.
Horas más tarde, la noche volvió a envolver el espeso bosque finlandés. En el interior de la remodelada propiedad, la quietud se rompió cuando Bibiana entró a la cocina, impulsada por una extraña debilidad.
—¿Por qué tengo tanta hambre? —se preguntó en voz alta, abriendo el refrigerador con desesperación. Sus manos temblaban un poco. Tomó un panecillo, sintiendo que su estómago le exigía alimento de inmediato, y le dio un gran mordisco.
Pero apenas el alimento tocó su lengua, una intensa oleada de náuseas la golpeó en seco. Bibiana comenzó a regurgitar de inmediato, escupiendo el pan sobre el fregadero mientras se limpiaba la boca con horror.
—Esto... esto sabe horrible. —masculló, con la respiración agitada y un vacío insoportable devorándole las entrañas.
De repente, un sutil sonido llamó su atención. Un pequeño conejo silvestre que se había colado por una rendija de la despensa se movía asustado en una esquina de la cocina. En un parpadeo, algo ajeno a su propia voluntad se activó en la mente de Bibiana. Sus ojos se fijaron en el animal con una fijeza sobrenatural y, movida por un instinto feroz que jamás había sentido, se abalanzó sobre él y lo atrapó entre sus manos.
Sin pensarlo, rompiendo por completo las leyes de su naturaleza humana, mató al animal y hundió sus labios en la herida, comenzando a beber la sangre caliente de forma desesperada, sintiendo cómo ese líquido vital era lo único capaz de calmar el fuego que la quemaba por dentro.
En ese mismo instante, la puerta principal de la cabaña se abrió y una ráfaga de viento gélido sacudió las cortinas de la sala. Adam acababa de regresar de su jornada de caza en la espesura del bosque, trayendo consigo la frescura de la noche.
—¡Mi amor, ya estoy aquí! —anunció con una sonrisa brillante, ansioso por verla.
Al no recibir respuesta y percibir un olor metálico flotando en el ambiente, su instinto de depredador se puso en alerta. Utilizando su velocidad sobrehumana, cruzó la sala en un destello y apareció en el umbral de la cocina.
La sonrisa de Adam se congeló en su rostro y sus ojos se abrieron de par en par, completamente impactados. Frente a él, de rodillas en el suelo, se encontraba su esposa. Bibiana sostenía el cuerpo inerte del conejo, devorando la sangre con un frenesí salvaje. Su barbilla y sus manos estaban completamente manchadas de rojo.
—Bibi... —susurró Adam, con la voz ahogada por la sorpresa y el temor—. Dios mío, ¿qué estás haciendo?
Al escuchar su voz, el trance pareció romperse. Bibiana se detuvo en seco, soltando el cuerpo del animal, que cayó al suelo con un eco sordo. Miró sus manos ensangrentadas, parpadeando desorientada, y luego levantó la vista hacia su esposo con los ojos llenos de lágrimas y un pánico absoluto.
—Mi amor... no lo sé —tartamudeó, limpiandose los labios con manos temblorosas—. No sé por qué hice esto... ¡Es horrible! ¡Es asqueroso! ¡¿Qué me está pasando?!
Al ver el terror y la vulnerabilidad en el rostro de su esposa, Adam reaccionó. Dejando a un lado el desconcierto, se arrodilló rápidamente a su lado y la envolvió en un abrazo protector, apretándola contra su pecho mientras sentía cómo ella temblaba descontroladamente.
—Tranquila, mi vida... ya pasó, tranquila —la consoló en un susurro, aunque por dentro, el corazón de Adam latía con fuerza, carcomido por una profunda preocupación al darse cuenta de que la naturaleza humana de Bibiana estaba empezando a desmoronarse.