PARA ELLA LA VIDA LA HA CONDENADO A UN HOMBRE QUE LA DESTRUYE. PERO ESA MISMA VIDA LE DA UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA CAMBIAR SU DESTINO...
LO QUE ELLA NO SABE ES QUE EL DESTINO YA ESTABA ESCRITO...
¿Crees que si regreso al pasado cambio mi destino?
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23
Elizabeth
El doctor nos informó su diagnóstico: pérdida de memoria por un trauma psicológico. Algún dolor intenso le hizo sentir que no debía recordar más.
Al principio pensé en lo de su abuelo, pero cuando tomó mi mano como si fuera a irme, me sentí fatal.
Él estaba obsesionado conmigo, o eso pensé, hasta que volvió a repetir esa frase:
«Te amo...»
No se sintió como si quisiera manipularme; lo sentí de verdad.
Sus ojos no dejan de verme con tristeza y arrepentimiento, aún cuando no recuerda nada. Aún cuando solo tiene la necesidad de tenerme cerca.
—Diego necesita ser enviado a esa clínica de nuevo —habló el padre de Diego detrás de mí.
Me encontraba afuera de la habitación mientras las enfermeras le ponían el medicamento y hacían chequeos.
Sus padres estaban planeando enviarlo a rehabilitación. Su abuela, a mi lado, acaricia mi hombro con suavidad.
—¿Crees que él acepte ir? —pregunta ella, viendo por la ventanilla de la puerta.
Negué con la cabeza. Diego jamás iría allí, no mientras yo esté cerca. Y lo más probable es que termine secuestrándome otra vez.
—No creo que Diego quiera ir —dije, sintiendo un poco de miedo y dolor.
Quiero que se recupere, pero la sola idea de que sus recuerdos aparezcan de nuevo y vuelva a ser peor... Me aterra
—No tiene derecho a elegir —escuché a su padre replicar. Me giré para verlo—. Diego no está bien de la cabeza, sabes mejor que nadie lo que puede hacer —le dijo a Eva, viéndola con rabia—. Le ayudaste a estar con ella. Le ayudaste a llevarse a esa chica —dijo enfadado.
—Él es un chico, él se enamoró —respondió Eva.
—Sabes perfectamente que para Diego el amor no existe; para él, matar es su manera de amar —gritó su padre, causando que brinque del susto.
Me quedé en silencio, recordando lo que me hizo en mi otra vida.
—No sabes nada de tu hijo. Diego es un buen chico, solo hay que tener paciencia; para él las cosas son... difíciles.
—No justifiques nada. Diego está mal de la cabeza, lo sabes mejor que nadie. Él no puede enamorarse, no sabe qué es eso; para él, encerrar y mantener cautivo, eso sí es amor.
Su abuela se quedó en silencio, observándolo.
Yo sentí dolor. Las lágrimas caen por mis mejillas sin poder controlarlas.
—Ella se debe ir. Diego no matará a nadie mientras ella esté lejos —dijo la madre de Diego, viéndome con tristeza.
—Él nunca le hará daño —lo defendió Eva.
—No estás segura de eso. Cuando algo no le sale como quiere, se estresa, y si se estresa puede hacer cualquier cosa, lo sabes mejor que nadie —siguió la señora—. No quiero ver a mi hijo en una cárcel, no quiero que se convierta en ese monstruo —dijo ella, viendo a Eva a los ojos con dolor.
—Sé que me culpas por eso, pero Diego no es igual. Diego nunca había demostrado vulnerabilidad por nadie. Y por ella —me señaló— se puso de rodillas con lágrimas en los ojos, pedía perdón; el Diego que ustedes conocen no haría eso, el Diego que yo conozco sí.
—Pues no esperaré a que se convierta en un monstruo para que lo reconozcas tal y como es —dijo el padre de Diego, y abrió la puerta de la habitación. Diego estaba de pie, observándonos.
Él acaba de escuchar todo. Sus ojos solo me miran a mí, como si solo yo le importara.
—¿Te irás? —me preguntó, viéndome fijamente.
No sé qué hacer, no sé qué decir, no sé si quedarme o irme. Solo sé que no quiero que se haga daño otra vez.
—Te he hecho una pregunta —dijo, cambiando el tono de voz por uno más frío y serio mientras se acercaba a mí. Su padre se interpuso de inmediato.
Lo miré con seriedad. Este ciclo de irme y volver por las malas no quiero que siga. Deseo poder elegir quedarme, de verdad deseo hacerlo por mi propia cuenta.
Di dos pasos atrás. Luego otro.
—Me voy —dije, viéndolo a los ojos—. Es lo correcto, irme y dejarte sanar; me harás daño si me quedo.
Me di la vuelta para empezar a caminar. Pero su mano me tomó del brazo con fuerza, deteniendo mis pasos. Me giré para verlo.
Su padre lo sostenía del hombro.
Diego solo veía mi rostro, sus ojos se movían una y otra vez con desesperación. Una lágrima cae y yo se la limpio.
—No vuelvas nunca más —dijo en voz baja—. Si te vas no regreses, porque si lo haces te juro que no te dejaré ir nunca más; entonces, conocerás mi otra mitad y créeme, no te gustará conocerla.
Con una sonrisa de remordimiento le miré:
«Ya la conocí... Viví cuatro años a tu lado en contra de mi voluntad, viví encerrada amándote y odiándote.»
—No te preocupes, haré lo que es correcto —dije, y me solté.
Sin más, salí del hospital. Allí estaba mi hermana y mi papá, quienes me dieron un abrazo con fuerza. Se habían enterado de la doble personalidad de Diego, se habían dado cuenta de lo que él podía llegar a hacer. Max había querido alejarme de él durante los días que Diego estuvo dormido.
Pero no podía irme así; tenía que verlo despierto, para que se diera cuenta de que yo podía tomar mis decisiones.
Y lo hice. Me fui, hice lo que quería durante años: alejarme, empezar a vivir por mi cuenta. Sin Diego.
Cerré los ojos, dejando que la brisa me golpeara el rostro. Esta libertad no se siente completa. Mi mano se siente sola. Le falta algo...
Me giré para ver la puerta del hospital. Le falta su mano...
Pero no por ahora, no ahora. Esperaré.