Sebastián Volk es el hombre más temido de la alta sociedad. Tras una máscara de plata esconde un secreto monstruoso: es el último heredero de una estirpe de licántropos. Cuando la familia del Sol debe entregar una hija en matrimonio, Mía huye del compromiso y Luna ocupa su lugar. Despreciada por su madrastra, Luna ve en Sebastián la oportunidad perfecta para vengarse. Pero el lobo esperaba una esposa sumisa y encontró a una mujer que no teme desafiarlo. Entre deseo, traiciones y secretos sangrientos, ambos descubrirán que el matrimonio puede ser una prisión… o el comienzo de una guerra.
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Capítulo 6: El brillo de los colmillos
El Gran Salón de la Ópera Metropol resplandecía bajo la luz de tres arañas de cristal de Murano. Era la noche de la Gala Anual de Caridad, el evento más exclusivo de la élite de la ciudad, donde las sonrisas valían millones y la crueldad se disfrazaba de diplomacia.
En una de las mesas contiguas a la pista de baile, Victoria y Mía del Sol aguardaban con la vista fija en la entrada principal.
Mía lucía un vestido verde esmeralda de corte sirena que resaltaba su figura, pero el maquillaje cargado no lograba ocultar la rigidez de su rostro. Victoria sostenía su copa de champán con tanta fuerza que los nudillos de su mano se tornaban blancos.
—¿Estás segura de que van a venir? —murmuró Mía, fingiendo acomodarse un aro de diamantes—. Si Sebastián la dejó encerrada o la lastimó, lo último que querrá es mostrarla en público.
—Vendrán —respondió Victoria con una sonrisa llena de ponzoña—. Sebastián Volk no puede permitirse que el Consejo piense que su nueva esposa es una prisionera. Pero descuida, mi amor.
Esa niña tonta debió pasar los últimos cuatro días temblando en un rincón. Cuando entre por esa puerta, todos verán su postura quebrada y su miseria.
—Quiero verla humillada —susurró Mía, mientras sus ojos brillaban con un resentimiento ardiente—. Quiero que todos noten que es solo mi reemplazo barato.
Un murmullo repentino recorrió la entrada del salón. Los murmullos de la aristocracia se extinguieron de forma abrupta, reemplazados por el sonido del chocar de las copas al detenerse y el destello frenético de los fotógrafos acreditados en la alfombra roja.
Las puertas dobles de roble se abrieron de par en par.
Luna inició la caminata sobre la alfombra.
No había rastro de la joven sumisa y apagada que la familia Del Sol recordaba. Vestía un diseño exclusivo de alta costura en seda azul medianoche, con un escote asimétrico que dejaba al descubierto su hombro izquierdo y una caída fluida que marcaba cada paso con una gracia regia.
Sobre su cuello descansaba el legendario gargantilla de zafiros y diamantes de la familia Volk, una pieza histórica valuada en fortunas que solo la soberana de la dinastía tenía derecho a portar.
A su lado, imponente y amenazante, avanzaba Sebastián. Lucía un esmoquin de corte perfecto. La máscara de plata pura cubría la mitad derecha de su rostro, reflejando las luces del salón con un brillo frío y metálico que imponía un respeto absoluto.
Luna sostenía el brazo de Sebastián con naturalidad. Su postura era erguida, su mirada gélida y serena, y sus labios lucían un todo carmesí impecable.
Mírennos bien, pensó Luna mientras recorría el salón con la vista, sintiendo la firmeza del brazo de su esposo bajo su mano. Esperaban ver a una víctima aterrorizada. Les traje a la reina de la casa que intentaron destruir.
Victoria dejó caer la boca por una fracción de segundo. Mía se puso de pie, apretando los puños a los costados con el rostro pálido por la conmoción y la envidia ciega.
—Es... es imposible —balbuceó Mía, viendo el destello de los zafiros sobre la piel de su hermana—. Esas joyas son de la colección privada de la madre de Sebastián. Ni siquiera a las esposas anteriores se las permitieron usar.
—Cálmate, Mía —siseó Victoria, aunque el temblor en su voz traicionaba su propia desesperación—. Es solo una fachada. Está actuando.
Durante la siguiente hora, Luna se convirtió en el centro de atención de la gala. Respondió a las preguntas de los empresarios y diplomáticos con una elocuencia mordaz y pulida, moviéndose por el salón como si perteneciera a la cúspide del poder desde el día en que nació.
Sebastián permaneció a su lado, actuando como una sombra protectora cuyo simple porte disuadía a cualquiera de sobrepasar los límites de la cortesía.
En un momento en que Sebastián se alejó hacia una terraza privada para atender a un socio comercial, Mía vio su oportunidad.
Aprovechando el tumulto cerca de la zona de bar, Mía se deslizó por el pasillo lateral que conducía a la galería de espejos, interceptando a Luna justo cuando esta salía del tocador principal.
—Vaya, vaya —dijo Mía, bloqueándole el paso con los brazos cruzados y una sonrisa cargada de veneno—. Miren a la pequeña sombra jugando a ser la gran señora Volk.
Luna se detuvo. No mostró sorpresa ni molestia; simplemente la examinó de arriba abajo con la misma indiferencia con la que se mira a un insecto en el camino.
—Mía —saludó Luna con voz pausada—. Veo que tu quebranto de salud milagroso se curó a tiempo para la fiesta.
—¿Crees que eres muy lista, verdad? —escupió Mía, dando un paso hacia ella—. Luciendo esas joyas robadas y fingiendo que ese monstruo te toca con ternura. Sé la verdad, Luna. Sé que estás aterrorizada. Sé que duermes con la puerta atrancada esperando el día en que te abra la garganta como a las demás.
Luna dio un paso al frente, acortando la distancia hasta quedar a pocos centímetros de su hermana.
—Si estuviera aterrorizada, no estaría usando la fortuna de los Volk para comprar las deudas que tu madre dejó en el extranjero —dijo Luna en un susurro gélido—. Disfruta la fiesta, Mía. Podría ser la última a la que asistas con el apellido Del Sol intacto.
Mía levantó la mano, fuera de sí por la rabia, dispuesta a cruzarle el rostro.
—¡Zorra despreciable! ¡Tú no eres nada sin—!
Una mano grande, de dedos largos y fuerza descomunal, atrapó la muñeca de Mía en el aire antes de que pudiera completar el movimiento.
El agarre fue tan firme que los huesos de la muñeca de Mía crepitaron levemente. Mía ahogó un grito de dolor al sentir cómo el calor sofocante y la presión inhumana de esa mano la inmovilizaban por completo.
A sus espaldas, una sombra gigantesca eclipsó la luz del pasillo.
Sebastián apareció como si se hubiera materializado desde la penumbra misma. Se inclinó sobre el hombro de Mía, acercando el lado cubierto por la máscara de plata a su oído. Su aliento cálido y cargado de un matiz salvaje hizo que a Mía se le erizara la piel de la nuca.
—Si vuelves a levantarle la mano a mi esposa —susurró Sebastián con una voz tan grave, rasposa y primaria que pareció vibrar dentro del cráneo de Mía—, no solo arruinaré a tu familia antes del amanecer. Me aseguraré de que no quede ni una sola piedra en pie de tu vida, y te entregaré a los acreedores del norte para que jueguen contigo.
Mía comenzó a temblar descontroladamente. La presencia física de Sebastián, cargada de una ferocidad contenida pero palpable, destruyó por completo su arrogancia en cuestión de segundos.
Victoria, que venía caminando por el pasillo buscando a su hija, se detuvo en seco al ver la escena.
Sebastián soltó la muñeca de Mía con desdén. Luego, giró la cabeza lentamente hacia Victoria. Su único ojo visible, de un gris tormentoso, se clavó en la mujer mientras la línea de su mandíbula se tensaba con una promesa de violencia implacable.
El pánico visceral que emanaba de Sebastián fue demasiado para Victoria. Al comprender el alcance de la amenaza y ver la marca roja en la muñeca de su hija predilecta, el aire se le escapó de los pulmones.
Se llevó una mano al pecho, los ojos se le pusieron en blanco y se desplomó sobre el suelo de mármol en un desmayo estrepitoso.
—¡Mamá! —chilló Mía, cayendo de rodillas al lado de Victoria, completamente aterrorizada.
Luna observó la escena sin mover un solo músculo. Luego, giró el rostro hacia Sebastián, encontrándose con su mirada. Por primera vez, vio en el rostro de su esposo una sombra de satisfacción compartida.
—Vámonos, Luna —dijo Sebastián, ofreciéndole su brazo de nuevo—. El aire de este lugar apesta a cobardía.
Luna deslizó su mano sobre el codo de Sebastián con elegancia, dejando a Mía llorando sobre el cuerpo de su madre mientras los dos caminaban de regreso al salón principal, con el brillo de los zafiros destellando bajo la luz.
supongo que tu harás tu parte ya que no te piensas quedar sin hacer nada