Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
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LA SOMBRA DEL PASADO.
Amir tomó a Nalia entre sus brazos, apretándola con fuerza, besando su cabello, su frente, queriendo borrar el miedo que ella sentía.
—No te preocupes, mi amor —le susurró él con firmeza—. Él no te tendrá. Él no nos separará. Mientras yo viva, nadie te tocará. Y si quiere guerra... le daremos guerra.
Karim se acercó, con la espada en la mano, serio y decidido.
—Ese hombre... o lo que sea —dijo él con voz grave—, tiene oscuridad en el corazón. He visto esa mirada antes. Es la mirada de quien ama demasiado, pero mal. De quien desea tener, no amar. Y se nota que no acepta el no por respuesta.
Amara, que tenía a los niños abrazados a sus piernas, miró hacia donde había huido Darian con sus ojos brillantes de magia y preocupación.
—Tiene razón —dijo ella suavemente—. Siento que esto no termina aquí. Su dolor se ha convertido en odio, y su odio lo llevará a buscar aliados donde no debiera. En estos reinos antiguos hay magia oscura, seres olvidados que viven en las sombras, esperando una oportunidad para salir. Si él se une a ellos... todos estaremos en peligro.
Layla, con su espada corta desenvainada y una sonrisa feroz en los labios, asintió con energía.
—¡Pues que vengan! —exclamó ella, con esa valentía que la caracterizaba—. Vienen a buscar pelea, y nosotros somos la familia de los guerreros. Que traigan a sus monstruos, a sus magias negras, a su odio... se encontrarán con nosotros. Se encontrarán con Karim, con Amir, con Caelan, con papá... y conmigo. Y verán lo que pasa cuando se meten con lo que es nuestro.
Caelan miró a su alrededor, analizando cada rincón, cada movimiento, siempre atento.
—Layla tiene razón —dijo él con calma—. Pero debemos tener cuidado. Darian conoce esta tierra, conoce sus secretos, conoce sus debilidades. Y el amor convertido en veneno es la arma más peligrosa que existe.
El rey Zayn y la reina Elena se acercaron, tomando la palabra con la sabiduría que les daba la experiencia.
—Hemos pasado por muchas guerras, hemos vencido muchos males —dijo Zayn con voz potente, mirando a todos sus hijos—. Hemos defendido nuestro hogar, nuestra gente y nuestra familia contra todo lo que se ha puesto en nuestro camino. Y ahora, aquí, en esta tierra nueva, haremos lo mismo. Porque esta mujer, Nalia, es parte de nosotros. Y quien la toque, tendrá que responder ante todo el linaje de Al-Jazair.
Elena asintió, poniendo una mano sobre el hombro de Nalia, transmitiéndole fuerza y cariño.
—No estás sola, hija mía —le dijo ella con ternura—. Lo que sea que venga, lo enfrentaremos juntos. Y el amor verdadero, el amor puro y fuerte que tú y Amir tienen, siempre vence a la oscuridad y a la envidia.
Esa noche, la familia se reunió en un gran palacio de cristal que Nalia les había mostrado, preparándose para lo que sabían que estaba por llegar. Pero a pesar de la amenaza, a pesar de la sombra de Darian y de lo que pudiera estar tramando, Amir y Nalia necesitaban estar juntos, necesitaban sentirse uno solo para recobrar fuerzas.
Se retiraron a sus aposentos, una habitación enorme, rodeada de flores y luz de luna, con una cama grande y suave en el centro. Nalia cerró la puerta con llave, y se giró hacia Amir, con los ojos brillantes de amor, pero también con el deseo de borrar cualquier duda, cualquier miedo, cualquier rastro de ese otro hombre que se atrevía a desearla.
—Hazme tuya, Amir —le pidió ella, con voz ronca y urgente, caminando hacia él y desabrochando su túnica, dejándola caer al suelo, quedando desnud° ante él, brillante y perfecta—. Hazme olvidar todo lo demás. Recuérdame quién soy, recuérdame a quién pertenezco. Que mi cuerpo, mi alma y mi mente solo tengan espacio para ti.
Amir caminó hacia ella despacio, con la mirada hambrienta y ardiente, y se quitó su propia ropa, quedando frente a ella, fuerte, viril y hermoso, listo para ella y solo para ella. La tomó entre sus brazos con fuerza, apretándola contra su cuerpo, besándola con una pasión desesperada, mordiendo sus labios, su cuello, sus hombros, marcando su piel para que todos supieran que ella era suya.
—Eres mía —le susurró contra su piel, mientras sus manos grandes recorrían cada curva, cada centímetro de su cuerpo suave y cálido, apretando sus n°lgas, levantándola para que ella rodeara su cintura con las piernas—. Mía. De nadie más. Y esta noche, y todas las noches, te lo demostraré. Te haré sentir cosas que ese ser despreciable ni siquiera puede imaginar. Te haré el amor con tanta fuerza, con tanta magia, que olvidarás incluso tu propio nombre, y solo recordarás el mío.
La llevó hasta la cama y la recostó suavemente, pero sin soltarla ni un segundo. Se colocó entre sus piern°s abiertas, mirándola a los ojos, viendo cómo la luz y el deseo brillaban en ellos, viendo cómo ella se abría para él, húmeda, caliente y lista.
—Mírame solo a mí —le ordenó él con voz profunda, mientras se guiaba hasta la entr°da de ella, sintiendo el calor que emanaba su centro—. Solo a mí.
Y con un movimiento fuerte y profundo\, se hundió en ella hasta el fondo\, arrancando de ambos un gemido largo y perfecto. Comenzó a moverse con un ritmo feroz y constante\, entrando y saliendo con fuerza\, golpeando contra su cuerpo\, llenándola por completo\, haciéndola suya una y otra vez. Sus manos sostenían sus caderas\, sus pech*s\, su cara\, asegurándose de que ella estuviera ahí\, con él\, en su mundo. Sus besos recorrían su boca\, su cuello\, sus pech*s\, marcando cada parte de ella con su sabor\, con su olor\, con su amor.
Nalia se entregaba a él con todo su ser, moviendo sus caderas al mismo tiempo, apretando sus muslos alrededor de él, sus manos enredadas en su cabello, sus uñas clavadas en su espalda, dejando que él la dominara, que la poseyera, que la amara hasta el infinito.
—¡Amir! ¡Amir! —gritaba ella, con la voz rota por el placer y la certeza—. ¡Solo tú! ¡Solo tú me haces sentir viva! ¡Solo tú eres mi dueño! ¡Lléname, amor mío, lléname todo!
Hicieron el amor durante horas, con una intensidad que desafiaba la magia misma, fundiéndose en uno solo, borrando cualquier rastro del pasado, cualquier amenaza del futuro. Y mientras se amaban, mientras se entregaban, en lo profundo del bosque oscuro, lejos de la luz, Darian caminaba entre sombras y niebla, con el corazón lleno de odio, hablando con voces antiguas y terribles que respondían a su dolor y a su rabia.
—Ellos creen que están a salvo —decía Darian con voz llena de malicia, mirando hacia el palacio donde brillaba la luz de Nalia y Amir—. Creen que su amor lo puede todo. Pero yo les mostraré lo que es el dolor. Yo les mostraré lo que pasa cuando se juega con lo que es mío. Despertaré a los que duermen bajo la tierra. Llamaré a las bestias que nadie se atreve a nombrar. Y destruiré todo lo que aman. Y cuando todo esté destruido... ella será mía.
Y las sombras a su alrededor rieron, un sonido seco y escalofriante, prometiendo sangre, caos y destrucción. La guerra había comenzado.