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UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Batalla por el trono / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:72.9k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*

Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.

Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 15: El despechado siempre vuelve.

🌸 Mensaje del día 🌸

Mis hermosas lectoras... 🖤✨

¡Por fin llegó el viernes! 😍

Y como ya saben, yo no actualizo los fines de semana, así que no quería dejarlas sufriendo hasta el lunes. 😭💔

Por eso... ¡aquí les dejo una maratón! 😈📚

Espero que la disfruten muchísimo y que estos capítulos las hagan reír, llorar, enamorarse y gritar más de una vez. 🤭🔥

Eso sí... quiero verlas muy activas. 💕

Déjenme muchísimos comentarios, cuéntenme qué les parecen los capítulos, cuál ha sido su escena favorita y qué creen que pasará después. Me encanta leerlas y saber que están viviendo la historia conmigo. 🥹

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Las quiero muchísimo. Disfruten la maratón, cuídense este fin de semana y... ¡nos leemos el lunes con más capítulos! 💋📖

************************************************************************************

Cassidy no había tenido tiempo de pensar en el príncipe, y ese fue su error.

Tenía la cabeza en cinco mujeres muertas, en una reina que se apagó despacio hace veinte años y en una mano invisible que seguía cobrando bajo ese techo. Con todo eso encima, el muchacho perfumado que la había tirado de un caballo le parecía un asunto viejo y resuelto: humillado, sin novia, sin honor, arrinconado por su propio padre.

Descartado.

Y ahí, Boone, es exactamente donde se pierden las partidas. En la ficha que uno saca del tablero antes de tiempo.

Lo empezó a notar por el sitio.

En los banquetes del palacio cada quien tenía su lugar, marcado por el protocolo desde hacía siglos, y a nadie se le ocurría moverse ni un asiento. La prometida del rey se sentaba a la derecha del rey. El heredero, a la izquierda.

La primera semana, el príncipe se sentó a la izquierda de su padre y no le dirigió a Cassidy ni una mirada en cinco horas.

La segunda semana la miró tres veces.

La tercera semana, la miró toda la noche.

Cassidy lo cazó por casualidad, entre dos servicios, al levantar la vista de su plato: el muchacho la estaba mirando fijo desde el otro lado de su padre, con la copa en la mano y una expresión que no supo clasificar del todo. No era odio. Habría preferido el odio.

Bajó los ojos, siguió comiendo, y por dentro se puso en alerta.

Ay, no. Esa cara no. Esa cara la conozco de otras dos vidas y nunca ha traído nada bueno.

Después vino lo de los pasillos.

Empezó a encontrárselo. No una vez: siempre. En la galería del ala oeste, adonde el heredero no tenía ninguna razón para ir. En el patio de los naranjos, a la hora exacta en que ella salía a caminar. En la puerta de la capilla. Saliendo de misa. Volviendo de los establos.

Al cuarto o quinto encuentro, Adriano se lo dijo en voz baja, mientras subían la escalera:

—Te está siguiendo.

—Ya sé.

—Lleva ocho días. Cambia de ruta cuando tú cambias.

—Ya sé. —Cassidy siguió subiendo—. ¿Sabes lo que más rabia me da? Que no me sirve de nada saberlo. En esta época una mujer no puede decirle a nadie "el príncipe heredero me está persiguiendo". ¿A quién se lo digo? ¿Al rey, que es su padre? ¿Al capitán de la guardia, que le debe el puesto? —Bufó—. En mi otra vida esto tenía nombre y hasta se podía denunciar. Aquí tiene otro nombre: se llama honor de la corte, y significa que si el muchacho me arrincona, la que queda mal soy yo.

La primera conversación se la hizo en el patio de los naranjos, con público lejano y a plena luz, que fue lo único que la salvó.

—Aurora.

Cassidy se giró. Ahí estaba, apoyado en una columna, con esa postura estudiada de hombre interesante.

—Alteza. —Hizo la reverencia exacta que marcaba el protocolo, ni un dedo más—. Buenos días.

—Alteza. —Él sonrió de medio lado—. Antes me llamabas por mi nombre.

—Antes era su prometida. Ahora soy la prometida de su padre. —Cassidy mantuvo la sonrisa—. Y una mujer que llama por su nombre al hijo del hombre con el que se va a casar da mucho que hablar. Estoy segura de que Su Alteza entiende de sobra lo que da que hablar.

Fue un golpe limpio y él lo acusó.

—Eso fue cruel.

—Fue exacto, que es distinto.

El príncipe se despegó de la columna y caminó a su lado, sin pedir permiso, y Cassidy sintió cómo Adriano ajustaba la distancia detrás de ellos.

—He estado pensando mucho estos días —dijo el muchacho.

—Le hará bien. Es un ejercicio muy sano.

—Aurora, por Dios. —Se le escapó una risa incómoda—. ¿Cuándo te volviste así?

—¿Así cómo?

—Así. —La miró de reojo—. Antes eras... callada.

—Antes era la mujer con la que usted iba a casarse por obligación. —Cassidy siguió caminando, mirando al frente—. Callada y gorda y en el rincón. Tan poca cosa que no valía la pena ni romper el compromiso: valía más la pena que me cayera de un caballo.

El príncipe se detuvo en seco.

—¿Qué has dicho?

Cassidy se detuvo también, y lo miró con la cara más inocente de su repertorio.

—Que me caí de un caballo. ¿Por qué? ¿Lo dije mal?

Se sostuvieron la mirada tres segundos largos.

Bien, principito. Que se te quede eso encima. Que no sepas nunca si lo sé o si fue casualidad. Un hombre que no sabe si lo descubrieron duerme mucho peor que uno que sabe que sí.

—Estás distinta —dijo él al fin, y le cambió la voz—. No es solo el cuerpo. Aunque también.

—Alteza…

—Déjame terminar. —Y ahí bajó la guardia por primera vez, y a Cassidy le pareció casi patético—. ¿Sabes lo que me pasó, Aurora? Que me pasé cuatro años viéndote todos los meses y nunca te vi. Ni una vez. Estabas ahí, en la mesa de tu padre, mirando el plato, y yo pensaba: qué desgracia me tocó, qué castigo. Y de pronto te caes de un caballo, te rompes el compromiso, y a las tres semanas entra al salón una mujer que hace que todo el mundo se calle. —Tragó—. Y esa mujer eras tú. Y ya no era mía.

Cassidy lo escuchó entero, y por dentro no sintió nada parecido a la compasión.

Y ahí lo tienes. El discurso más viejo del mundo. No te quería cuando podía tenerte y ahora que no puede se muere por ti. Y lo peor es que él cree que eso es amor. Cree que está confesando algo bonito.

—Alteza —dijo, con toda la dulzura—. ¿Puedo hablarle con franqueza?

—Por favor.

—Usted no me quiere. —Ladeó la cabeza—. Usted quiere lo que le quitaron. Que es otra cosa muy distinta, y se cura sola con el tiempo.

Al príncipe se le endureció la cara.

—No sabes lo que dices.

—Sé exactamente lo que digo. Y sé, además, que si su padre lo oyera hablarme así en este patio, esta conversación no terminaría bien para ninguno de los dos. —Cassidy hizo otra vez la reverencia justa—. Con su permiso, alteza. Me esperan las costureras.

Y se fue, y no miró atrás, y contó los pasos hasta la esquina.

En dos semanas, la cosa dejó de ser incómoda y empezó a ser peligrosa.

Porque el chico no retrocedió: se envalentonó. Y lo hizo en público, que era lo peor.

Empezó por los pequeños gestos que en esa corte lo significaban todo. En un banquete, se levantó de su sitio para servirle vino a Cassidy con su propia mano, delante de ciento veinte personas, cosa que ningún heredero hace jamás por la prometida de su padre. La corte entera lo vio y el ruido de las conversaciones bajó dos tonos durante un instante.

En una cacería, apartó su caballo del grupo del rey para cabalgar junto al de ella durante un tramo largo.

En una misa, le sostuvo la puerta.

Y con cada gesto, Cassidy sentía cómo la miraban las damas, cómo doña Rosaura apretaba la boca, cómo los consejeros tomaban nota. Porque en un sitio así lo importante nunca es lo que pasa: es lo que parece.

—Alteza —le dijo doña Rosaura una noche, cepillándole el pelo, con el tono de quien lleva días guardándoselo—. Debo decirle algo desagradable.

—Dígalo.

—Se habla. —La mujer tragó—. En el ala de las damas. Dicen que Su Alteza el príncipe la busca a usted. Y algunas dicen... que usted se deja buscar.

Cassidy cerró los ojos.

Ahí está. Ni tres semanas. Yo no he hecho absolutamente nada, y ya soy la culpable.

—¿Y quién lo dice primero, doña Rosaura?

—Perdón, alteza?

—Los chismes no nacen de la nada. —Cassidy abrió los ojos y la miró por el espejo—. Alguien lo dijo primero. Alguien lo empezó a repetir. Quiero saber quién.

Doña Rosaura dejó el cepillo.

—Voy a averiguarlo.

Y ahí Cassidy tuvo la primera prueba de que su compra de lealtades a base de agua tibia y buen trato había sido la mejor inversión de su vida.

Porque tres días después, aquella mujer tiesa volvió con la respuesta.

—Viene del ala sur, alteza. De las damas del rey. —Bajó la voz—. Y hay una en particular que lo está regando por todas partes. La señora Beatriz. La última del rey antes de que se anunciara la boda de usted.

La última. La que estaba en el puesto hasta que llegué yo.

—Gracias, doña Rosaura.

—Alteza, si me permite... —La mujer dudó—. No basta con saberlo. Un chisme así, si crece, la mata a usted. No importa que sea mentira.

—Ya lo sé.

—¿Y qué va a hacer?

Cassidy se miró en el espejo.

—Voy a hacer lo único que se puede hacer con un chisme —dijo—. Voy a darle a la corte otro más interesante.

Lo que hizo fue elegante y absolutamente calculado.

En el siguiente banquete, cuando el príncipe volvió a levantarse a servirle vino con su propia mano —el gesto que ya todo el salón esperaba—, Cassidy tapó la copa con la palma.

Y habló. No alto. Pero con la voz muy clara, en uno de esos silencios de mesa donde se oye todo.

—Alteza, es usted demasiado bueno conmigo. —Le sonrió con una dulzura enorme—. Pero no puedo permitirlo, y le voy a explicar por qué delante de todos, para que nadie piense mal de usted.

Se hizo el silencio completo. Hasta los músicos aflojaron.

—Un hijo que sirve el vino a la esposa de su padre es un hijo cariñoso —dijo Cassidy—. Pero la corte tiene la lengua muy larga, y hay gente en este salón que ya anda diciendo que Su Alteza me busca a mí y que yo lo consiento. —Paseó la mirada, tranquila, por la mesa de las damas del fondo, un instante exacto, ni más ni menos—. Y yo no voy a permitir que ensucien el nombre del hijo de mi señor por una copa de vino. Su Alteza es mi hijo desde el día que me case. Y a un hijo se lo cuida.

Silencio.

Cassidy se giró hacia el rey, que llevaba toda la escena mirando sin mover un músculo, y remató:

—Con su permiso, Majestad. Prefiero que me sirva un criado, y que a su hijo lo dejen en paz.

Fue perfecto y fue brutal.

Porque en una sola frase hizo tres cosas: se declaró públicamente madre política del príncipe, que es el parentesco menos romántico que existe; convirtió el chisme en una calumnia contra el heredero, o sea en algo peligroso de repetir; y le pasó el problema al rey, que ahora tenía que decidir en público si su hijo era un cariñoso o un descarado.

El rey soltó una carcajada corta y seca.

—Mi prometida tiene razón —dijo—. Que sirvan los criados. Y que las lenguas del ala sur se ocupen de sus propios asuntos, que bastante tienen.

La mesa entera se rió, aliviada.

Y el príncipe se quedó de pie, con la jarra en la mano, con la cara ardiendo, delante de ciento veinte personas.

Se sentó despacio. No volvió a hablar en toda la noche.

Cassidy no lo miró ni una vez más, pero lo sintió: sintió los ojos de aquel muchacho clavados en ella durante horas, y sintió cómo algo, dentro de él, terminaba de torcerse.

Ya está. Se acabó el chisme. Y me acabo de ganar un enemigo de verdad, que es exactamente lo que no necesitaba esta semana. Pero no había otra salida, Boone. Cuando te acorralan entre parecer culpable y parecer cruel, se elige cruel siempre. La crueldad se olvida. La sospecha, no.

Adriano no dijo nada esa noche.

Pero Cassidy notó, camino de los aposentos, que caminaba más cerca de lo habitual y que tenía la mandíbula apretada.

—Suéltalo —le dijo, cuando cerraron la puerta.

—No tengo nada que soltar.

—Adriano.

—Estuvo bien hecho —dijo él, seco—. Fue una jugada limpia. Lo dejaste sin sitio.

—¿Entonces?

Se hizo un silencio. Adriano miró la ventana.

—Que llevas tres semanas resolviendo esto sola, delante de todo el mundo, con una sonrisa, y que yo estoy dos pasos detrás de ti todos los días viendo cómo ese cerdo te sigue por los pasillos. —Apretó los dientes—. Y no puedo hacer absolutamente nada. Porque soy un guardia. Y él es el heredero. Y si le pongo un dedo encima me cuelgan a mí y te hunden a ti.

Cassidy lo miró.

Y ahí está lo que llevo tres semanas temiendo. Este hombre está a un mal día de arruinarme la operación entera por una cosa que ni siquiera se atreve a nombrar.

—Escúchame bien —dijo, y se le acercó—. Porque esto es lo más importante que te voy a decir en este palacio. Tú no eres mi caballero. Tú eres mi guardia, que es mucho más útil y mucho más difícil. Un caballero se lanza y se muere en el primer capítulo. Un guardia aguanta, calcula y llega vivo al final. —Le sostuvo la mirada—. Necesito al guardia, Adriano. Al otro no.

—¿Y si algún día no me alcanza con ser el guardia?

—Ese día nos matan a los dos —dijo Cassidy—. Así que procura que no llegue.

Llegó nueve días después.

Fue en la galería que unía el ala oeste con la capilla, un pasillo largo, estrecho, de piedra, sin ventanas hacia el patio, que a esa hora de la tarde no usaba nadie. Cassidy volvía de una prueba de vestido, sola con Adriano tres pasos atrás, porque había dejado a las damas revisando telas.

El príncipe la estaba esperando en el recodo.

Y esta vez no venía a hablar.

Cassidy lo supo antes de que abriera la boca. Se le notaba en la manera de estar de pie, en el vino que le llegó a dos metros, en los ojos.

—Alteza. —Se detuvo—. Con permiso.

—No.

Le cortó el paso. Ella retrocedió medio paso y se encontró la pared.

—Alteza, apártese, por favor.

—Nueve días —dijo el príncipe—. Nueve días llevo sin poder dormir. ¿Sabes lo que me hiciste delante de la corte entera? Me llamaste tu hijo. —Se le quebró la voz de pura rabia—. ¡Tu hijo! Delante de todos. A mí.

—Le hice un favor, alteza. Estaban diciendo cosas de usted.

—¡Estaban diciendo la verdad! —Se acercó otro paso—. Yo te busco. Claro que te busco. Y tú lo sabes, y disfrutas, y te haces la santa y me humillas para que todos vean lo lista que eres. —Bajó la voz—. Pero yo te conozco de antes, Aurora. Yo te conocí cuando no eras nadie. Cuando te sentabas en el rincón. Y sé perfectamente que esa mujer de allá abajo, la del vino y las frases, es un disfraz.

—Alteza…

—Cásate con él, si quieres. —Estaba a un palmo—. Cásate y sé reina. Pero él tiene cincuenta años y yo voy a heredar todo lo que tiene. Todo. —Le puso la mano en el brazo, por encima del codo—. Espérame un poco. Nada más.

Y Cassidy sintió cómo aquellos dedos se le cerraban en el brazo, apretando, y cómo el chico bajaba la cara hacia ella.

Alcanzó a pensar dos cosas.

La primera fue tengo el puñal de mi padre en la liga y no lo puedo usar, porque si le hago sangre a este idiota, me queman viva.

La segunda fue ay, no, por favor, Adriano, no.

Ya era tarde.

No hubo grito ni advertencia. Cassidy solo vio pasar una sombra por su izquierda, y de pronto la mano del príncipe ya no estaba en su brazo, y el príncipe tampoco estaba delante de ella: estaba contra la pared de enfrente, con el antebrazo de Adriano cruzándole el pecho y clavándolo a la piedra.

Se hizo un silencio horrible.

—Suélteme —dijo el príncipe, blanco.

Adriano no lo soltó.

—Adriano. —Cassidy no levantó la voz. Se le puso al lado y habló muy despacio, con la garganta seca—. Suéltalo. Ahora mismo.

Pasó otro segundo. Uno solo. Un segundo que Cassidy tuvo tiempo de vivir entero.

Adriano lo soltó y retrocedió un paso, con la respiración corta.

—Perdóneme, alteza —dijo, con una voz muy plana—. Vi a un hombre agarrando a la prometida del rey en un pasillo oscuro y no le distinguí la cara.

El príncipe se apartó de la pared, se estiró el jubón con manos temblorosas y lo miró.

Y ahí, en cómo lo miró, Cassidy supo que lo habían perdido.

Porque el chico no le miró la cara. Le miró la cara a él, sí, pero después la miró a ella, y después otra vez a él, y en esos tres movimientos de ojos Cassidy vio cómo se le armaba la idea en la cabeza, pieza por pieza, con una nitidez que le heló la sangre.

—Vaya —dijo el príncipe.

—Alteza —empezó Cassidy—, mi guardia se ha excedido y responderá por ello, pero le suplico que entienda…

—No, no, no. —El muchacho levantó una mano, y se estaba empezando a reír—. No, espera. Espera un momento.

Los miró otra vez. A los dos. Lentamente.

—Un guardia —dijo—. Un guardia de provincia, contratado hace un mes, que le pone la mano encima al heredero del imperio. —Soltó una risa incrédula—. ¿Sabes lo que le pasa a un hombre que hace eso, Aurora? Le cortan la mano. En el mejor de los casos. Cualquier soldado de este palacio lo sabe desde el primer día. Cualquiera.

Se pasó la lengua por los dientes.

—Así que este hombre acaba de jugarse la mano derecha por apartarme de ti. —Ladeó la cabeza—. Y yo me pregunto: ¿por qué haría eso un mercenario al que le pagan una miseria?

—Porque mi padre le ordenó protegerme —dijo Cassidy, con toda la calma que le quedaba—. Y es el único hombre en este palacio que cumple sus órdenes.

—Ah, sí. El buen duque. —El príncipe asintió, muy despacio, sin dejar de sonreír—. Qué padre tan previsor. Te deja sola en un palacio ajeno y te pone al lado a un desconocido joven, fuerte y silencioso que duerme en tu puerta todas las noches.

—Alteza…

—¿Cómo se llama? —le preguntó a Adriano—. Tu nombre.

—Adriano, alteza.

—Adriano de dónde.

—Del norte.

—Del norte. —El príncipe asintió otra vez—. Del norte. Qué grande es el norte.

Se ajustó el puño de la camisa, ya tranquilo, ya dueño del pasillo, y miró a Cassidy con una expresión completamente nueva. Ya no era el despecho. Era otra cosa mucho peor: era alivio. El alivio de un hombre que llevaba semanas humillado y que acaba de encontrar, por fin, algo con lo que devolver el golpe.

—Sabes qué, Aurora, no voy a decir nada. —Se acomodó el cuello—. Ni una palabra. No pienso reportar a tu guardia, ni pedir su mano, ni contarle a mi padre lo que ha pasado en este pasillo.

—Alteza, se lo agradezco…

—No me lo agradezcas. —La sonrisa le llegó por fin a los ojos—. Yo no perdono. Yo espero.

Se apartó y les dejó el paso libre, muy cortés, con una reverencia perfecta.

—Buenas tardes, futura madre mía. —Y al pasar junto a Adriano, sin mirarlo, en voz baja—: Y a ti te voy a averiguar entero, norteño. Cada aldea. Cada año. Cada nombre.

Sus pasos se perdieron por la galería.

Cassidy se quedó de pie, apoyada en la pared de piedra, oyendo cómo se le calmaba el pulso, con Adriano a su lado y aquel silencio enorme del pasillo vacío.

—Cassidy…

—No. —Levantó una mano—. Ahora no. Si abro la boca ahora te digo algo que no voy a poder retirar.

Cerró los ojos.

Cinco mujeres muertas. Una reina envenenada hace veinte años. Una mano invisible que sigue viva en esta casa. Un chisme que apagué anteayer con una jugada que me costó un enemigo.

Y ahora, encima, el heredero del imperio se acaba de ir por ese pasillo convencido de que me acuesto con mi guardia. Y con todo el tiempo del mundo, todo el oro del mundo y todos los hombres del mundo para ir a comprobar quién es.

Se despegó de la pared.

—Camina —dijo—. Y no vuelvas a tocarlo nunca más. Aunque me esté matando.

1
Isabel Kdna
😂😂 Cassidy me encanta
FairyNerak
Maravillosa!!!
Isabel Kdna
claro 👏👏👏 estaría super...
Isabel Kdna
🤭🤭👏👏👏
Maru Lectora
😂😂🤣🤣🤣🤣
Monica L.C . 🇻🇪 🇦🇷
otra excelente historia, felicidades autora 🎁💝🤗 más apoyo y likes ,,super buena
Guadalupe Flores
Listisima para la siguiente cassidy. Solo me falta mi soda que ya viene en camino. Y listoooo. Comenzamos
Guadalupe Flores
Solo tengo una duda se va quedar con las concubina las va dejar en el castillo o. Les va resarcir. Y falta saber quien la quiso matar en el castillo
Guadalupe Flores
😭 Fuerte capitulo. Cassidy y las hierbas que leíste tanto. Piensa mujer. Tienes el conocimiento y con la ayuda del Dios que te trajo va vivir.
Sandra Chana
Me encantó. Felicitaciones autora.
Guadalupe Flores
Otra vez error. Muerto el perro se acabó la Rabia.dale cuello
Guadalupe Flores
Y la prueba en la sabana?
Guadalupe Flores
Maldicion es de madrugada y no puedo dejar de leer. Mañana voy a parecer mapache
Guadalupe Flores
De México y sin duda Cassidi se gana toda la novela. He leído un centenar de novelas donde muchas veces gusta más el personaje antagonico secundario etc. Pero a cassidi no la tumba nadie
Guadalupe Flores
Esto está de infartooo
Guadalupe Flores
Inguesuuu. Este misterio está buenísimo. Y si le das lo mismo al Rey para que se vaya apagando 🤣🤣
Guadalupe Flores
Ese. Rey se cree listo pero Cassidi es más que se case y en la noche de bodas le de matarili. Y ella queda como la reina viuda he que tal. Luego después del luto se case con el guapo mayor🤣🤣
Guadalupe Flores
Y el Óscar a la mejor actuación es paraaaa. Cassidyyyy😂😂
Guadalupe Flores
Siii me encanta que hagas una zaga con cassidi. 😂
eljardindeadri
escritora una novela muy bonita de principio a fin. pero al,principio según con Daniel tuvo tres hijos y al final sali que no, y ella se llamaba Aurora por que los hermanos le decían cassydy. me hubiera gustado una historia por casa hermano, pero bueno vamos por la siguiente historia
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