Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 16
Capítulo 16: Su gatita
—Demasiado tarde.
Al otro lado de la ciudad, Valentina descubrió que cumplir un contrato con Adrián Castellán implicaba recibir demasiadas cosas antes del desayuno.
A las ocho llegaron su vestido de la subasta, impecable, dentro de una funda negra.
A las ocho quince, una caja de seguridad con el collar de perlas y tres copias de un contrato de cesión temporal para Juramento.
A las ocho veinte, un mensajero entregó un sobre con los datos de los artesanos de Oaxaca, honorarios propuestos, vuelos sugeridos y una nota de Joaquín que decía: "El señor Castellán solicita revisión de condiciones antes de contactar a los maestros".
Paloma miró la mesa de trabajo como si hubieran aterrizado lingotes.
—Jefa, tu novio da miedo hasta siendo eficiente.
Valentina se atragantó con su té.
—No digas novio así.
—¿Cómo?
—Como si acabara de adoptar un problema con traje.
—¿Y no?
Valentina no contestó.
Mariana, en videollamada desde su cama, levantó la mano.
—Yo voto por "problema con traje". Es preciso, elegante y legalmente defendible.
Valentina abrió WhatsApp y escribió a Adrián con el pulgar más agresivo de lo necesario.
"Mi vestido llegó intacto. Punto para usted. El saco ajeno no, supongo. Punto perdido por comportamiento primitivo. Paloma exige saber si el collar viene con seguro, contrato o exorcismo."
Miró el mensaje.
Agregó otro antes de arrepentirse:
"Y no me diga gatita. No sé por qué siento que lo está pensando."
Paloma se tapó la boca.
—¿Le mandaste eso?
—Necesita límites.
Mariana sonrió.
—Y tú necesitas admitir que te divierte ponérselos.
Valentina bloqueó el teléfono y empujó la caja de perlas hacia Paloma.
—Revisa el contrato. Si una coma nos amarra a su ego, la quitamos.
—Sí, jefa.
Máximo Delgado repitió esa frase al día siguiente en el hangar privado del aeropuerto de Toluca como si fuera prueba judicial.
—"Demasiado tarde" —dijo, con una mano sobre el pecho—. Eso dijo ella. A Adrián. En su cara. Y él no la mandó al exilio, no compró el país, no hizo que se apagara el sol. Nada. Se quedó viéndola.
Tomás, hundido en un sillón de cuero, abrió una bolsa de cacahuates.
—¿Entonces ya son novios?
Santiago Montiel, sentado junto a la ventana con un café, no levantó la vista de su periódico.
—Si Adrián no lo ha negado, es más grave.
Máximo señaló a Santiago.
—Gracias. Por fin alguien con inteligencia emocional en este desastre.
—No dije eso.
—Lo insinuaste con elegancia.
Tomás masticó.
—A mí me preocupa ella.
Máximo lo miró.
—¿Por qué?
—Porque Adrián es Adrián.
La frase, simple, dejó el aire un poco más serio.
Santiago dobló el periódico.
—Ella no parece indefensa.
—No —dijo Máximo—. Ella parece el tipo de mujer que entra a un incendio para reclamar que le quemaron la cortina correcta.
—Eso suena a que te cae bien.
—Me cae espectacular. Me preocupa que le guste vivir.
La puerta del hangar se abrió.
Adrián entró con Joaquín a su lado, traje oscuro, expresión de "escuché todo y estoy decidiendo cuánto castigo merece cada uno".
Máximo sonrió con inocencia falsa.
—Buenos días, primo. ¿Cómo amaneció tu...?
Santiago tosió.
Tomás, suicida por naturaleza, completó:
—¿Gatita?
El silencio fue inmediato.
Joaquín miró la tablet.
Máximo cerró los ojos como quien presencia un accidente inevitable.
Adrián se detuvo frente a Tomás.
—¿Mi qué?
Tomás tragó un cacahuate entero.
—Nada. Dije... guía. Tu guía. De Panamá. ¿Cómo amaneció tu guía?
—No vuelvas a improvisar —murmuró Máximo.
Adrián no respondió. Se sentó en el sillón principal, cruzó una pierna y aceptó la carpeta que Joaquín le entregó.
Durante cinco minutos, nadie habló de Valentina.
Eso, en el círculo de Máximo, contaba como un milagro.
El milagro terminó cuando el teléfono de Adrián vibró.
No era llamada. Era WhatsApp.
Adrián miró la pantalla.
Su expresión cambió.
No sonrió.
Pero algo se aflojó alrededor de sus ojos, una dureza mínima que desapareció tan rápido que cualquier persona normal la habría perdido.
Máximo no era normal.
—Lo vi.
Adrián no levantó la vista.
—No viste nada.
—Vi suavidad. En tu cara. Fue breve, pero existió. Estoy conmovido.
Tomás se inclinó hacia adelante.
—¿Qué dijo?
Adrián bloqueó el teléfono.
—Trabajo.
Santiago lo miró con calma.
—Nadie mira trabajo así.
Máximo chasqueó los dedos.
—Pantalla o no pasó.
Adrián guardó el celular en el bolsillo interior.
—¿Quieres seguir respirando?
—Menos pantalla, entonces.
Joaquín, que no solía traicionar a su jefe ni por humor, cometió el error de bajar la vista para ocultar una sonrisa mínima.
Adrián lo vio.
—Tú también.
—Sí, señor.
El mensaje de Valentina no tenía nada romántico.
Adrián lo sabía porque lo había leído tres veces.
"Mi vestido llegó intacto. Punto para usted. El saco ajeno no, supongo. Punto perdido por comportamiento primitivo. Paloma exige saber si el collar viene con seguro, contrato o exorcismo."
Debajo, otro mensaje:
"Y no me diga gatita. No sé por qué siento que lo está pensando."
Adrián dejó el celular en el bolsillo y miró por el ventanal del hangar.
Gatita.
La palabra apareció con una naturalidad peligrosa. No para decirla. Nunca frente a ella. Valentina lo mordería, y lo peor era que parte de él quería verla intentarlo.
Su gatita no arañaba por adorno.
Arañaba para marcar límites.
—Está pensando en ella —susurró Tomás.
Máximo le tapó la boca con una mano.
—Hermano, aprecia tu vida.
Adrián abrió la carpeta como si nada hubiera pasado.
—Santiago.
—Dime.
—Mencionaste una propiedad en Valle de Bravo para Navidad.
Santiago alzó una ceja.
—Hacienda Valle de Bravo. Aguas termales, lago, suficiente espacio para que Máximo no moleste a todos al mismo tiempo.
—Imposible —dijo Máximo—. Mi talento llena espacios.
Adrián pasó una página del informe.
—Revisa fechas.
Los tres lo miraron.
Tomás fue el primero en atreverse.
—¿Vas a ir?
Adrián no contestó de inmediato.
Su teléfono vibró otra vez.
No lo sacó.
Pero la dureza de su boca cambió apenas.
—Tal vez.
Máximo se llevó una mano al corazón.
—Adrián Castellán considerando Navidad. Confirmen si seguimos vivos.
Santiago, más discreto, miró hacia el avión.
—Entonces sí es grave.
Adrián fingió leer el informe.
En el bolsillo interior, el teléfono pesaba menos que la peineta y más que cualquier contrato.
Su gatita.
Qué problema.
excelente
Gracias.