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La Muñeca Del Bosque Negro

La Muñeca Del Bosque Negro

Status: En proceso
Genre:Demonios / Terror
Popularitas:143
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

es de terror, una creepypasta

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Los Hijos del Abismo

El pergamino cayó de las manos de Yara.

El viento lo arrastró unos centímetros sobre la tierra húmeda hasta detenerse junto a Samuel.

Él lo recogió con cuidado.

No estaba escrito en español.

Tampoco en latín.

Los símbolos parecían tallados más que escritos, formando espirales y líneas que cambiaban de posición cuando intentaba mirarlos fijamente.

—No entiendo nada... —murmuró.

Yara extendió la mano.

Al tocar el pergamino, los símbolos comenzaron a transformarse lentamente en palabras que todos podían leer.

Solo había una frase.

"El Primer Portal ha sido abierto. Los Herederos regresan a reclamar su reino."

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Samuel.

—¿Quiénes son los Herederos?

Yara no respondió de inmediato.

Miró al Rey del Bosque.

La enorme criatura bajó lentamente la cabeza.

Era un gesto de tristeza.

Finalmente, la niña habló.

—Antes de que existieran los pueblos indígenas... antes de que hubiera ciudades... existió una civilización que descubrió la puerta.

Elías frunció el ceño.

—¿Una civilización perdida?

Yara asintió.

—Vivían donde hoy están estas montañas. Eran sabios... pero su ambición fue mayor que su prudencia.

Samuel sintió que la historia volvía a cambiar.

Otra vez.

—¿Ellos liberaron a Azael?

—No.

Intentaron negociar con los seres que vivían al otro lado.

Al principio obtuvieron conocimiento.

Aprendieron a construir, a curar enfermedades y a observar las estrellas.

Pero cada regalo tenía un precio.

Gabriel bajó la mirada.

—Como todos los pactos.

Yara asintió.

—Con el tiempo dejaron de ser humanos.

Azael permanecía en silencio.

Samuel lo observó.

—Tú los conociste.

El demonio tardó unos segundos en responder.

—Sí.

—¿Cómo eran?

Azael cerró los ojos.

Por primera vez, su voz no sonó arrogante.

Sonó cansada.

—Cuando los conocí... todavía tenían rostro.

El silencio fue absoluto.

—Después dejaron de necesitarlo.

Samuel sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Qué significa eso?

Azael señaló el bosque.

—No caminaban.

Las raíces los llevaban.

No hablaban.

Las montañas respondían por ellos.

No morían.

Solo cambiaban.

El Rey del Bosque abrió lentamente los ojos.

—Ellos... olvidaron... ser... humanos.

El líder del culto aprovechó la distracción.

Retrocedió lentamente hacia los árboles.

Samuel lo vio.

—¡Se escapa!

Elías corrió tras él.

Ambos desaparecieron entre la vegetación.

Durante unos segundos solo se escucharon ramas rompiéndose.

Después...

Un grito.

No pudieron distinguir de quién era.

Y el silencio volvió.

Gabriel quiso seguirlos.

Pero Yara levantó una mano.

—No.

Ya es tarde.

Samuel la miró.

—¿Por qué?

La niña observó el bosque.

—Porque ya no están solos.

Las sombras comenzaron a moverse entre los árboles.

No eran como Azael.

Ni como el Rey.

Tenían forma humana.

Pero demasiado altas.

Demasiado delgadas.

Su piel parecía piedra cubierta de musgo.

No tenían ojos.

Donde deberían estar había profundas cavidades oscuras.

Y sobre sus cabezas crecían ramas secas como si fueran coronas.

Samuel contó una.

Luego otra.

Después otra más.

Doce figuras salieron lentamente del bosque.

Ninguna caminaba.

Se deslizaban sobre la tierra sin mover los pies.

Cuando llegaron al claro, se detuvieron al mismo tiempo.

La del centro inclinó lentamente la cabeza hacia el Rey del Bosque.

Y habló con una voz que parecía formada por cientos de voces distintas.

—Padre...

Hemos vuelto.

Samuel sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

¿Padre?

El Rey cerró los ojos.

—No...

—Hace... mucho... dejaron... de... ser... mis... hijos.

La figura sonrió.

Su rostro comenzó a agrietarse.

Pequeños fragmentos de piedra cayeron al suelo.

Debajo no había carne.

Había oscuridad.

—Nos abandonaste.

El Rey respondió con tristeza.

—Los... protegía.

—¡Nos encerraste!

La tierra volvió a temblar.

Las doce figuras dieron un paso al frente.

Al mismo tiempo.

—Nos negaste el conocimiento.

Nos negaste la eternidad.

Nos negaste el derecho a cruzar la puerta.

Samuel comprendió.

Aquellos eran los verdaderos responsables.

No el culto.

No Azael.

Ellos habían iniciado todo miles de años atrás.

Yara caminó hasta colocarse delante del Rey.

Era diminuta comparada con aquellas criaturas.

Aun así, ninguna se movió.

La conocían.

—Hola, Yara.

Ella no respondió.

—Sigues protegiendo una prisión que nunca te perteneció.

La niña levantó lentamente la cabeza.

—Protejo este mundo.

La criatura soltó una risa hueca.

—Ese mundo ya no existe.

Mira a los humanos.

Siguen haciendo exactamente lo mismo que nosotros.

Buscan poder.

Destruyen los bosques.

Se matan entre ellos.

Samuel sintió un golpe en el pecho.

Porque, en parte, era verdad.

La criatura extendió una mano hacia él.

—Dinos, Samuel.

Si pudieras salvar a toda la humanidad... a cambio de convertirte en algo diferente...

¿Aceptarías?

Samuel permaneció en silencio.

Era la misma pregunta que un día hicieron a Isabela.

Y comprendió que ese siempre había sido el verdadero ritual.

No uno de sangre.

Uno de elección.

Y antes de que pudiera responder, una voz surgió desde lo profundo del bosque.

Era la de Elías.

Débil.

Desesperada.

—¡Samuel... no les respondas!

Luego se escuchó un ruido seco.

Como el de un cuerpo cayendo sobre las hojas.

Las doce figuras sonrieron al mismo tiempo.

La del centro habló una última vez.

—Parece...

Que ya tenemos a nuestro primer prisionero.

Continuará...

Nota del autor (para seguir construyéndola juntos): En este punto la historia entra en su arco final. Los siguientes capítulos pueden centrarse en la misión para rescatar a Elías, descubrir qué hay realmente al otro lado de la puerta y revelar el origen completo del Rey del Bosque antes de un desenlace donde Samuel deberá tomar la decisión más importante de toda la historia.

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