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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Sebastián no negó la frase.

Eso fue lo peor.

Si hubiera dicho "no es cierto" con la seguridad de un hombre acostumbrado a que la realidad obedeciera, Valentina habría podido pelear. Si hubiera prometido que nadie volvería a hacerla sentir menos, ella habría podido desconfiar. Pero él se quedó callado, porque ambos sabían que había una parte de verdad en lo que acababa de decir.

En su mundo, las deudas no siempre venían con contrato. A veces venían con un elevador que se abría antes de tocar el botón. Con un abogado que recordaba tu nombre. Con un hombre poderoso diciendo "yo me encargo" y todo alrededor acomodándose.

—Tú no me debes nada —dijo Sebastián al fin.

—A ti no.

Él entendió la diferencia. Se le marcó en la boca.

—No puedo cambiar cómo funciona la ciudad en una tarde.

—Pero puedes moverla.

—Sí.

La honestidad le cerró más el pecho.

Valentina miró hacia el pasillo. Marcos estaba lejos, de espaldas, hablando con alguien de seguridad. Paola seguía en la sala con la abogada. Nadie los escuchaba, y aun así ella se sintió expuesta.

—Necesito volver al hospital.

—Te acompaño hasta abajo.

No dijo "te llevo". Aprendía rápido. A veces demasiado rápido, como si su inteligencia también fuera una forma de presión.

Bajaron en silencio, cada uno en una esquina del elevador privado. El espejo oscuro les devolvía una imagen peligrosa: él impecable, ella pálida con la ropa cansada y la pulsera del hospital todavía en la muñeca. Parecían una historia que alguien podía torcer con una sola captura de pantalla.

En la planta baja, un chofer de Grupo Montero ya esperaba junto a la salida.

Valentina se detuvo.

Sebastián también.

El chofer abrió la puerta del auto.

No fue culpa del chofer. No fue siquiera culpa de Sebastián, que no había dado una orden delante de ella. Pero el gesto le cayó encima como una confirmación.

—Taxi —dijo Valentina.

Sebastián miró al chofer.

—Puede retirarse.

El hombre cerró la puerta sin preguntar y se apartó.

Sebastián sacó el celular.

—Pido uno por aplicación y te espero aquí, a distancia.

—Puedo hacerlo yo.

—Lo sé.

Y no tocó más el teléfono.

Valentina pidió el taxi con los dedos rígidos. Cuando el auto llegó, él no intentó abrirle la puerta. Solo dijo:

—Avísame cuando llegues.

Ella asintió, sin prometerlo.

En el hospital, Carmen dormía de lado, con una mano bajo la mejilla y el suero colgando como un recordatorio cruel de que el cuerpo también sabía cobrar años. Daniel dejó una nota en la mesita: presión estable, control en cuatro horas, sin cambios. Debajo, con letra más pequeña, había escrito: "Coma algo, profesora."

Valentina guardó la nota en el cajón, no porque quisiera conservarla, sino porque no quería que Sebastián la viera si volvía. Luego se sentó junto a Carmen y por primera vez desde la mañana se permitió cerrar los ojos.

No durmió.

Luciana le llamó a las cinco.

—Dime que no estás sobreviviendo con café y odio.

—Hay una torta en mi bolsa.

—Eso no responde.

Valentina miró a Carmen. Seguía dormida.

—Vi a Andrés.

Al otro lado hubo un silencio de tres segundos.

—¿El Andrés?

—El mismo.

—Necesito contexto, porque si tengo que ir a pegarle con una carpeta de asistencia, quiero elegir la más gruesa.

La amenaza absurda le aflojó algo en la garganta.

—No lo sé, Lu. Apareció por un convenio. Dijo que no dejó de quererme. Luego su empresa intentó meterse al proceso de intérpretes.

—Qué rápido recordó cómo ser problema.

—Sebastián lo frenó.

Otro silencio. Más pesado.

—¿Y eso fue bueno o malo?

Valentina se tapó los ojos con la mano.

—Fue bueno. Por eso está mal.

Luciana no bromeó esta vez.

—Vale.

—No quiero repetir la vida de mi mamá.

La frase salió antes de que pudiera contenerla.

Al otro lado, Luciana bajó la voz.

—¿Estás pensando en Patricia?

Valentina miró la puerta del cuarto, como si el pasado pudiera entrar con bata de hospital.

—Siempre pensé en ella como advertencia, aunque me diera coraje. Se enamoró de mi papá creyendo que el amor podía con familias, dinero, apellidos, expectativas. Luego se quebró. Ellos se destruyeron entre ellos y a mí me mandaron a un internado el mismo día en que firmaron el divorcio.

No contó más. No el baño donde unas niñas le escondieron los zapatos. No la llamada en la que Carmen escuchó que su nieta no sabía pedir ayuda sin disculparse. Eso pertenecía a otra herida, una que ni ella misma miraba de frente mucho tiempo.

Luciana respiró despacio.

—Sebastián no es tu papá.

—No.

—Y tú no eres tu mamá.

—Tampoco.

—Pero tienes miedo de que el mundo alrededor sea el mismo.

Ahí estaba. Limpio. Sin adornos.

Valentina apretó el puente de la nariz.

—Sí.

La palabra abrió otra puerta. Vio a Patricia Herrera Morales años atrás, joven en una foto vieja que Carmen guardaba dentro de una caja de galletas: falda sencilla, cabello recogido, los ojos llenos de esa fe terca que solo tiene la gente enamorada antes de que la familia del otro le enseñe dónde sentarse y cuándo callarse. Ricardo Solís Aguirre venía de un apellido que todavía sonaba grande aunque la casa se estuviera cayendo por dentro. Patricia había creído que bastaba con quererlo, estudiar, trabajar, aguantar comentarios y demostrar que no era menos.

Después, cuando todo se rompió, nadie dijo que la habían empujado hasta el borde. Dijeron que era demasiado sensible. Que nunca se adaptó. Que desde el principio no era para ese mundo.

Valentina cerró los dedos sobre el teléfono.

—Yo escuché esas frases antes de entenderlas —dijo—. Y ahora sé lo fácil que sería que cambiaran el nombre. "La profesora que se metió con Montero". "La entretenida del Director". "La que consiguió contratos por la cama equivocada". No necesito que sea verdad para que destruya lo que construí.

—Entonces no decidas con la herida abierta.

—¿Y si esperar solo hace que duela más?

Luciana no respondió rápido. Cuando lo hizo, sonó cansada y honesta.

—Entonces decide algo que puedas sostener mañana. No algo que solo te saque de la ansiedad esta noche.

Después de colgar, Valentina comió media torta sin sabor. Carmen despertó cuando ella estaba doblando la servilleta en cuatro partes perfectas.

—Estás haciendo origami con basura —murmuró.

—No es basura. Es ansiedad con papel.

Carmen la miró un rato.

—¿Es por el hombre serio?

Valentina se quedó quieta.

—¿Cuál?

—No te hagas la lista. El que trae conchas y cara de cargar edificios en la espalda.

Valentina bajó la vista.

—No sé qué hacer.

Carmen estiró la mano. Valentina se acercó de inmediato y se la tomó.

—Yo no te voy a decir a quién querer —dijo Carmen—. Ya bastante metió la mano la gente en la vida de tu madre.

La mención la hizo tensarse.

—Abuela...

—Pero sí te voy a decir algo. No confundas paz con ausencia de miedo. A veces una tiene miedo porque algo importa.

Valentina tragó saliva.

—¿Y si importa demasiado?

—Entonces se habla antes de salir corriendo.

Era un consejo sensato. Precisamente por eso le pareció imposible.

Sebastián regresó al hospital a las siete, con una muda limpia para ella en una bolsa discreta y un cargador de teléfono. No entró como dueño de nada. Tocó la puerta, saludó a Carmen, dejó las cosas sobre la silla y preguntó si podía quedarse.

Carmen respondió antes que Valentina.

—Si no ronca, sí.

—No ronco.

—Eso dicen todos.

La conversación habría podido salvar la noche. Sebastián se sentó junto a la ventana, abrió una botella de agua para Valentina y no preguntó por decisiones. Le dio espacio. Le dio silencio. Le dio exactamente lo que ella había pedido.

Y aun así, Valentina sintió que se ahogaba.

Porque él podía corregirse. Podía aprender. Podía ser cuidadoso. Podía respetar cada límite que ella dibujara.

Pero no podía dejar de ser Sebastián Montero Reyes.

No podía quitarse el apellido, la torre, la influencia, la forma en que la ciudad se abría a su paso. Y ella no podía quitarse a la niña de ocho años que aprendió que cuando dos mundos chocaban, los adultos elegían sus heridas y mandaban a la niña lejos.

Cuando Carmen volvió a dormirse, Valentina salió al pasillo.

Sebastián la siguió sin hacer ruido.

—¿Quieres café? —preguntó.

—No.

—¿Agua?

—No.

—Entonces dime.

El pasillo estaba casi vacío. Una enfermera empujaba un carrito al fondo. La máquina expendedora parpadeaba con una luz azul. Valentina se apoyó contra la pared porque si no lo hacía, las rodillas podían traicionarla.

—Necesito que paremos.

Sebastián no se movió.

—¿Paremos qué?

La pregunta era justa. También cruel, porque la obligaba a decirlo.

—Esto. Nosotros. Las cenas, los mensajes, Las Palmas, mi departamento, todo.

Su rostro no cambió de golpe. Se fue cerrando despacio, como una puerta pesada.

—¿Por Andrés?

—No.

—¿Por Daniel?

—No seas injusto.

Él cerró la boca. Se tragó la respuesta.

—Perdón.

Valentina se abrazó el cuerpo.

—No es por ellos. Es por mí.

—Eso suena a frase para terminar sin dar razones.

—Te estoy dando razones desde la tarde.

—Me estás dando miedo. No razones.

La frase la golpeó. Porque era verdad y porque no cambiaba nada.

—Mi miedo también cuenta.

—Sí. Por eso estoy aquí escuchándolo.

Los ojos se le llenaron de lágrimas, y eso la enfureció. No quería llorar frente a él. Si lloraba, él iba a acercarse. Si se acercaba, ella iba a dejarlo. Si lo dejaba, tal vez no tendría fuerza para hacer lo que creía necesario.

—Sebastián, esto no va a funcionar.

Él respiró hondo por la nariz.

—No digas eso para lastimarme antes de que te lastimen.

—No estoy intentando lastimarte.

—Sí. A los dos.

Valentina negó con la cabeza. Las lágrimas cayeron igual.

—Somos de mundos diferentes. Mi madre pensó que el amor bastaba y terminó destruida.

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Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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