Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.
Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.
Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.
Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.
Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.
*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*
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Capítulo 13
Capítulo 13
El alumno que nunca bajó la cabeza
Esta vez no llevaba uniforme de cafetería.
Emilio se repitió eso mientras Adrián Rivas cruzaba el salón con una lentitud calculada, aceptando saludos, sonrisas y miradas como si fueran flores lanzadas a su paso. A su lado, Ernesto Solís se movía con menos brillo y más filo: el Alfa que no necesitaba público para sentirse superior.
—Reyes —dijo Adrián al llegar—. Qué sorpresa tan agradable.
Su voz era igual.
Suave. Dulce. Preparada para sonar herida si alguien se atrevía a responderle mal.
—Adrián.
—No sabía que trabajabas para Grupo Cénit. Me alegra. Siempre fuiste... perseverante.
La pausa antes de la palabra fue pequeña, perfecta. En otro tiempo, Emilio habría sentido todas las miradas buscando la parte humillante escondida en el cumplido.
Ahora escuchó a Valentín soltar una risa baja.
—Qué forma tan fea de decir brillante.
Adrián giró hacia él.
—Valentín Garza. No sabía que lo acompañabas.
—Hay muchas cosas que no sabes, precioso.
El rostro de Adrián no cambió, pero sus dedos se apretaron sobre la copa.
Sebastián se colocó junto a Emilio, sin tocarlo.
—¿Terminaste de saludar?
Adrián lo miró con una mezcla de interés y cálculo. No era común tener a Sebastián Luján tan cerca. Mucho menos verlo usando su presencia como pared.
—Por supuesto. No quiero interrumpir.
—Entonces no interrumpas.
Ernesto sonrió apenas.
—Sigues rodeándote de defensores, Emilio.
La frase llegó con memoria.
Universidad Soberana, quinto semestre. Un proyecto de finanzas donde Ernesto había cambiado cifras la noche anterior para hacer que el equipo de Emilio pareciera incompetente. Adrián había llorado frente al profesor diciendo que Emilio lo había presionado. Tres alumnos testificaron haber "sentido tensión". Ninguno miró a Emilio a la cara.
Emilio había rehízo el modelo completo en cuarenta minutos, frente a todos, sin levantar la voz.
Sacó diez.
Ernesto nunca se lo perdonó.
—No son defensores —dijo Emilio—. Son personas ocupadas que no toleran perder tiempo.
Sebastián lo miró de reojo.
Valentín sonrió como si hubiera mordido algo dulce.
El moderador anunció el inicio de la mesa de discusión. Ernesto estaba entre los ponentes invitados por un fondo universitario. Adrián ocupó asiento en primera fila, perfecto bajo la luz del escenario. Emilio intentó quedarse detrás, con sus notas.
No lo logró.
Felipe Farías, que hasta entonces había fingido revisar su teléfono, señaló una silla en la mesa técnica.
—Reyes, siéntate aquí. Si alguien vuelve a confundir beneficiarios proyectados con pacientes atendidos, no quiero levantarme.
Varias cabezas giraron.
Emilio se sentó.
Ernesto también lo vio.
La discusión empezó con discursos correctos. Luego Ernesto tomó el micrófono y, con la voz limpia de los Alfas educados para sonar razonables, habló de riesgos de distribuir supresores baratos en comunidades sin "educación biológica suficiente".
—Una política de acceso irresponsable puede generar dependencia mal gestionada —dijo—. No basta con bajar precios. Hay poblaciones que no tienen estructura para manejar tratamientos delicados.
Emilio sintió cómo el salón aceptaba la frase porque sonaba técnica.
Levantó la mano.
El moderador dudó.
Sebastián no se movió, pero la duda del moderador murió rápido.
—Adelante, señor Reyes.
—¿Podría definir "poblaciones sin estructura"? —preguntó Emilio.
Ernesto sostuvo el micrófono.
—Comunidades con bajo seguimiento médico, baja alfabetización farmacológica...
—¿O comunidades pobres?
Un murmullo cruzó el salón.
Ernesto sonrió.
—No tergiverses.
—No tergiverso. Traduzco.
Adrián inclinó la cabeza en primera fila.
Emilio continuó:
—Si el problema es seguimiento médico, el contrato debe financiar capacitación y auditoría. Si el problema es transporte, se resuelve con rutas de distribución. Si el problema es que algunos inversionistas creen que los Omegas pobres no saben tomar medicina sin supervisión de un Alfa, eso no es riesgo sanitario. Es prejuicio con corbata.
El silencio fue mucho más satisfactorio que un aplauso.
Felipe dejó de fingir con el teléfono.
Valentín no aplaudió. No hacía falta. Su sonrisa bastaba para arruinarle el día a medio salón.
Una doctora de una clínica comunitaria levantó la mano desde la segunda fila.
—Si el programa incluye capacitación pagada y reporte público de precios, mi red puede participar en piloto —dijo—. Pero no vamos a aceptar un modelo donde se nos trate como pacientes de segunda.
El moderador miró a Ernesto, luego a Sebastián, luego a la cámara del foro que transmitía en vivo para la universidad.
—Podemos agregar ese punto a las conclusiones del panel —dijo con una sonrisa rígida.
—No como conclusión decorativa —intervino Felipe—. Como condición de diseño.
Sebastián tomó el micrófono por primera vez.
—Grupo Cénit lo acepta.
La frase fue breve, pero movió dinero en la sala. Emilio vio a dos inversionistas inclinarse hacia sus asesores y a la doctora Olmedo bajar la mirada a sus notas, ahora obligada a registrar lo que antes habría suavizado en un boletín.
Ernesto intentó recuperar el centro.
—Naturalmente, mi comentario iba en esa línea de responsabilidad...
—No —dijo Valentín desde la primera fila, sin micrófono y aun así perfectamente audible—. Tu comentario iba en la línea de llamar incapaces a los pobres con vocabulario de posgrado. Qué bueno que el señor Reyes lo tradujo.
Varias personas fingieron toser. Nadie fingió lo bastante bien.
Ernesto bajó el micrófono.
—Siempre fuiste bueno hablando para impresionar profesores.
—Y tú siempre fuiste bueno hablando para que otros hicieran el trabajo difícil.
El moderador tomó agua con desesperación.
La mesa terminó diez minutos antes de lo previsto.
Después, los grupos se dispersaron hacia cócteles y fotografías. Emilio salió al pasillo lateral para respirar. No estaba temblando. Eso lo enojó menos de lo que esperaba. Su cuerpo había aprendido a temblar después, cuando nadie miraba.
Esta vez quizá no le daría ese gusto.
—Sigues igual.
Adrián apareció junto a una columna, lejos del ruido, copa intacta en la mano.
Emilio no retrocedió.
—Tú también.
—Eso suena a insulto.
—Era diagnóstico.
Adrián rió, suave.
—Te crees distinto porque ahora estás con Luján y Garza. Pero yo sí me acuerdo de ti, Emilio. El Beta perfecto. El que nunca se equivocaba. El que hacía sentir tontos a todos sin siquiera levantar la voz.
La dulzura se le fue de los ojos.
Ahí estaba.
No odio.
Envidia vieja, apretada hasta volverse veneno.
—Tú no me odiabas porque fuera menos que tú —dijo Emilio.
Adrián dejó de sonreír.
—Cuidado.
—Te molestaba que, con todo lo que tenías, no podías quitarme el primer lugar.
Por primera vez, Adrián pareció realmente feo. No en la cara. En la intención.
—Sigues creyendo que las calificaciones importan.
—No. Pero a ti sí te importaban.
Adrián se acercó un paso.
El aroma de su feromona era caro, pulido, demasiado dulce. Emilio sintió la glándula dar un latido breve, doloroso. Se obligó a no tocarse el cuello.
Los ojos de Adrián bajaron justo ahí.
La sonrisa volvió.
Lenta.
—Qué interesante.
Emilio sintió frío antes de que Sebastián apareciera.
No fue una entrada dramática. Solo su presencia al final del pasillo, con la mirada fija en Adrián.
—Reyes.
Adrián no se apartó. Al contrario, sonrió como si acabara de encontrar un hilo suelto.
—No te preocupes, Sebastián. Solo hablaba con un viejo compañero.
—Ya terminaste.
—Claro.
Adrián dio medio paso atrás, pero no miró a Sebastián. Miró a Emilio. A su cuello.
Luego sonrió con esa dulzura que en la universidad había hecho llorar a profesores enteros por él.
—¿Sigues fingiendo ser Beta, Emilio? Algunos secretos no se quedan enterrados para siempre.