Scarlett Padro Castello es una mujer empoderada, CEO de su propia firma de maquillaje y presidenta de una potencia automotriz. Ha construido un imperio desafiando los prejuicios de género, demostrando que su intelecto es tan afilado como su sentido de los negocios. Sin embargo, su mundo perfectamente controlado se tambalea cuando su padre le impone un proyecto junto al gigante tecnológico de la familia Robles Di Bianco. El problema tiene nombre y apellido: Rodrigo Robles Di Bianco.Rodrigo, el frío y calculador dueño del imperio tecnológico, no quiere tenerla cerca "ni en pintura". Su rechazo es visceral; ambos comparten un pasado marcado por escándalos y una competitividad feroz que los llevó a detestarse públicamente. Para Rodrigo, Scarlett es una distracción peligrosa; para Scarlett, Rodrigo es el único hombre que ha logrado herir su orgullo.Lejos de amedrentarse, Scarlett decide utilizar toda su astucia y elegancia para infiltrarse en el mundo del multimillonario.
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Capítulo 16
...RODRIGO:...
El ambiente del restaurante era sofisticado, con una iluminación tenue que solía relajarme, pero esta noche ni el mejor vino de la bodega lograba quitarme el sabor de Scarlett de los labios.
Frente a mí, Tomás Torres, agitaba su copa con una sonrisa de suficiencia que me decía que mi intento de parecer normal estaba fallando estrepitosamente.
Tomás no solo era mi mejor amigo; era el único que recordaba cada detalle de mi rivalidad con Scarlett, desde el teclado hasta el desastre de Milán.
— Estás muy callado, Rodrigo. Y cuando estás así de callado es porque o has descubierto un error masivo en tu empresa o porque Scarlett Padro Castello ha vuelto a invadir tus pensamientos — soltó Tomás, soltando una carcajada antes de darle un sorbo a su vino.
— No, te equivocas. Simplemente es... agotador compartir el mismo techo con alguien que no entiende el concepto de silencio — respondí, intentando mantener la voz firme, aunque mi mente me traicionó reviviendo el momento en el pasillo —. Es una invasión constante. No puedo ni tomar café sin que ella lance una indirecta o use ese perfume que se queda pegado en todo lo que toco.
Tomás se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa con un brillo de malicia en los ojos.
Sabía que estaba disfrutando de mi miseria.
— ¿Perfume? ¿Ahora te fijas en su perfume? — se burló, riendo abiertamente —. Por favor, Rodrigo, te conozco desde los diez años. Te ha tenido acorralado desde que éramos niños y tú sigues fingiendo que no te importa. Admítelo de una vez: te mueres por ella tanto como la detestas. O quizás más.
— Fue un error, Tomás, me dejé llevar — solté sin pensar, y al instante me arrepentí al ver cómo su expresión pasaba de la burla a la sorpresa absoluta.
— ¿Un error? ¿Qué fue un error? — Tomás dejó la copa en la mesa —. No me digas que...
Asentí, bebiendo de mi copa.
Su sonrisa se ensanchó hasta límites insoportables.
— ¡La besaste! — gritó y lo fulmine con la mirada, pero no le prestó atención —. ¡El gran Rodrigo Robles Di Bianco finalmente perdió el control!
— ¡Baja la voz! — le siseé, mirando a las mesas contiguas —. Te dije que fue un error. Una descarga de adrenalina por la discusión. Me alejé de ella al entender lo que hacia y Scarlett no hizo nada. Mañana en la oficina actuaré como si no hubiera pasado, y ella tendrá que hacer lo mismo.
Tomás se recostó en su silla, riendo con tanta fuerza que varias personas se giraron a vernos.
— Eres patético, amigo. Ella te tiene en la palma de su mano — advirtió con tono serio —. Scarlett no es un código que puedas borrar, y si crees que ella va a dejar que lo olvides, es que realmente no la conoces.
» Prepárate, porque si ya te besó, lo que viene ahora no es una tregua, es una cacería. Y tú, mi querido genio, eres la presa.
Tomás tenía razón y lo odiaba por ello.
El beso había cambiado las reglas del juego, y aunque intentara recuperar mi orgullo, sabía que Scarlett estaba en ese mismo momento planeando cómo hacerme caer por completo.
Decidí ignorar el tema, y empecé a hablar de trabajo.
El vino tinto en mi copa parecía más denso de lo normal, o quizás era la mirada inquisitiva de Tomás lo que hacía que todo en ese restaurante se sintiera sofocante.
Había intentado desviar la conversación hacia las métricas de software y la integración de los motores Padro Castello, pero Tomás no se dejaba engañar por mis cortinas de humo tecnológicas.
Él conocía la verdad, la que yo intentaba enterrar bajo capas de odio y arrogancia.
— Deja de analizar la etiqueta de la botella, Rodrigo, hablemos con la verdad — soltó Tomás, recostándose en su silla con una sonrisa que rozaba la burla —. La bruja finalmente ha logrado hechizarte otra vez, siempre ha tenido ese efecto sobre ti.
— No la llames así, Tomás — mascullé, odiaba el apodo que él usaba desde que Scarlett nos hacía la vida imposible de adolescentes —. Y no, no me ha hechizado. Es solo... la convivencia. El departamento es pequeño y ella es... ruidosa.
— El departamento tiene trescientos metros cuadrados, Rodrigo. No me vengas con cuentos — Tomás se puso serio de repente, dejando la broma de lado y clavando sus ojos en los míos —. Ambos sabemos que lo de ustedes nunca fue solo una competencia por quién sacaba mejores notas o quién cerraba el mejor trato.
» Hubo un tiempo en que no podían estar en la misma habitación sin quemarlo todo, y no era precisamente por odio.
Me quedé en silencio, apretando la copa.
El recuerdo de aquel verano antes de que todo estallara, de las promesas susurradas que nunca se cumplieron y de la traición que nos alejó, cruzó mi mente como un relámpago.
Tomás fue testigo de cómo nos rompimos el uno al otro mucho antes de convertirnos en CEOs rivales.
— Lo nuestro fue un error de juventud, algo que debió quedarse en el pasado — dije, aunque mi voz carecía de la convicción habitual —. Ella es una Padro Castello. Yo soy un Robles Di Bianco. Estamos destinados a ser rivales, nada más.
— Mientes tan mal que me das lástima — replicó Tomás, señalándome con el dedo —. Esa bruja es la única persona que ha logrado que sientas algo real en los últimos diez años. El problema no es que vivan juntos por el proyecto, el problema es que tienes miedo de que, si la dejas acercarse un milímetro más, te darás cuenta de que nunca dejaste de estar bajo su hechizo.
» Y ese beso... bueno, ese beso es la prueba de que el código que escribiste para olvidarla tiene un fallo fatal.
Apuré mi copa de un trago, sintiendo cómo el alcohol quemaba mi garganta.
Tomás tenía razón.
Scarlett no era solo una rival, era el eco de un pasado que me negaba a soltar.
Ella también me lo recordó.
Y ahora, atrapados bajo el mismo techo, el juego del gato y el ratón amenazaba con destruir la única barrera que me quedaba: mi cordura.
Pues quien se ceee este 🤭