En un pueblo donde el tiempo parece haberse detenido y los secretos pesan más que las palabras, Melika Rivas siempre creyó conocer a las personas que la rodeaban. Hasta que empezó a notar cosas imposibles. Chicos demasiado fuertes. Miradas que esconden algo salvaje. Noches donde el bosque parece respirar. Y en medio de todo aparece Orión Lurks, el mejor amigo de su hermano, tan misterioso como peligroso. Alguien que parece saber más sobre ella de lo que debería. Mientras la luna llena se acerca, Melika descubrirá que en su pueblo existen secretos capaces de destruir familias, despertar monstruos… y cambiarla para siempre.
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Bosque
Melika dejó de hablar.
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No fue una decisión anunciada.
No fue un plan.
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Simplemente… pasó.
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En la casa, respondía lo mínimo.
En la escuela, evitaba miradas.
En el patio, se quedaba al margen.
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Ícaro lo notó.
Orión también.
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No insistieron.
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Eso la enojó más.
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Porque significaba que entendían.
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Y aun así…
seguían sin decir nada.
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Vanessa fue la única que intentó romper ese silencio.
—Ok, esto ya es preocupante —le dijo al mediodía—. Estás más callada que nunca.
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Melika se encogió de hombros.
—Estoy bien.
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—No lo estás.
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Silencio.
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Melika bajó la mirada.
—Necesito pensar.
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Vanessa la observó unos segundos.
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Y asintió.
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—Bueno… pero no desaparezcas.
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Melika no prometió nada.
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Porque ya lo estaba pensando.
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Y esa tarde…
lo hizo.
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El camino hacia el bosque le resultó demasiado fácil.
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No dudó.
No se perdió.
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Era como si su cuerpo ya supiera a dónde ir.
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Los árboles se cerraron a su alrededor lentamente.
La luz bajó.
El aire cambió.
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Más húmedo.
Más denso.
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Melika avanzó unos pasos más.
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Y se detuvo.
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Silencio.
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Pero no vacío.
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Nunca vacío.
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Cerró los ojos.
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Respiró.
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Y dejó de resistirse.
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Al principio fue suave.
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El sonido del viento entre las hojas.
El crujido lejano de una rama.
El roce de algo pequeño moviéndose entre el pasto.
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Melika abrió los ojos.
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Todo estaba ahí.
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Más claro.
Más nítido.
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—Ok… —murmuró.
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Dio un paso más.
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Se concentró.
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Intentó enfocarse en una sola cosa.
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El viento.
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Lo siguió.
Lo sintió cambiar de dirección.
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Funcionaba.
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Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
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Hasta que—
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demasiado.
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Todo volvió.
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De golpe.
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Ramas rompiéndose a la distancia.
Pasos.
Respiraciones.
El latido en sus oídos amplificado.
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Melika se llevó una mano a la cabeza.
—No… no, no—
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Intentó controlarlo.
Separar los sonidos.
Filtrar.
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Pero no podía.
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Era como intentar detener una tormenta con las manos.
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Retrocedió un paso.
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Respirá.
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Lo intentó.
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Pero entonces—
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algo más.
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Un sonido distinto.
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No del entorno.
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Más preciso.
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Más… intencional.
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Melika se congeló.
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No estaba sola.
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No era una suposición.
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Era certeza.
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Giró lentamente la cabeza.
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Nada.
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Solo árboles.
Sombras.
Silencio.
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Pero lo sentía.
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Esa presión.
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Esa atención.
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Como si algo la estuviera observando.
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Muy de cerca.
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—¿Hola? —dijo.
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Su voz no salió firme.
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No hubo respuesta.
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Pero el aire cambió.
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Un paso.
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Leve.
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Detrás.
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Melika giró rápido.
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Nada.
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Su respiración se aceleró.
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—No es gracioso —murmuró.
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Pero no lo decía con enojo.
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Lo decía con miedo.
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Porque no era un juego.
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Lo sabía.
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El sonido volvió.
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Más cerca.
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Una rama quebrándose.
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Melika retrocedió.
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Su corazón latía fuerte.
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Demasiado fuerte.
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Y entonces—
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lo vio.
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Un movimiento.
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Rápido.
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Entre los árboles.
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Demasiado rápido para ser normal.
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Melika dio un paso atrás.
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—Hay alguien— susurró.
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Pero no terminó la frase.
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Porque en ese momento…
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todo su cuerpo reaccionó.
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No pensamiento.
No lógica.
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Instinto.
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Sus sentidos se agudizaron de golpe.
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El aire.
El suelo.
El sonido.
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Todo apuntando a un solo lugar.
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Detrás de ella.
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Melika se giró—
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Y por un segundo…
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sintió algo.
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Muy cerca.
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Demasiado.
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Luego—
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nada.
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Silencio.
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Vacío.
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Como si nunca hubiera estado.
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Melika se quedó inmóvil.
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Su respiración irregular.
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El corazón descontrolado.
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Pero algo dentro de ella…
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sabía.
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No estaba imaginando.
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No estaba sola.
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Y lo peor—
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eso que la observaba…
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no parecía sorprendido.
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Parecía…
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interesado.
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Melika tragó saliva.
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Y dio un paso atrás.
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Después otro.
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Sin girarse.
Sin correr.
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Hasta que el bosque empezó a abrirse otra vez.
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Y el pueblo volvió a aparecer.
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Pero la sensación…
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no se fue.
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Porque ahora ya no era duda.
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Era certeza.
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Algo la había encontrado.
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Y eso…
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recién empezaba.
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