Un delegado de policía consumido por la venganza. Un chef que carga con una condena que no le pertenece. El mismo enemigo. Un deseo que ninguno de los dos puede controlar.
Vinícius Cruz lleva años cazando al narcotraficante que destruyó a su familia. Frío, implacable y sin espacio para el amor, su vida se reduce a una obsesión: hacer justicia con sus propias manos. Hasta que una noche, en medio del caos de una discoteca, sus ojos se cruzan con los de un desconocido que le roba el aliento.
Saullo Dantas acaba de salir de prisión después de cumplir tres años por un crimen que no cometió. Carga con cicatrices que no puede mostrar, secretos que no puede contar y un plan de venganza que podría costarle la vida. Lo último que necesita es caer rendido ante un hombre que esconde su propia identidad.
Lo que empieza como una atracción imposible de ignorar se convierte en algo que ninguno de los dos sabe nombrar. Pero cuando las mentiras se derrumban y el pasado los alcanza, Vinícius y Saullo descubrirán que comparten mucho más que una cama: comparten al mismo demonio.
Entre traiciones, secretos policiales y un enemigo que acecha en las sombras, tendrán que decidir si el amor es suficiente razón para arriesgarlo todo... incluso la vida.
Una historia de pasión sin límites, segundas oportunidades y la certeza de que el corazón no entiende de reglas.
Para mayores de 18 años. Contenido adulto explícito.
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Capítulo XXIV (Saullo Dantas)
"Era difícil mantener los buenos recuerdos lejos"
Fin de turno. Estoy muerto de cansancio; hoy lo único que quiero es llegar a casa, tirarme en la cama y dormir. Tuve que comprar un carro, me cambié de departamento. Ya no aguantaba a Sara y Pedro fastidiándome para que dejara mi antiguo depa.
Estaba subiéndome al carro cuando sonó mi celular. Me extrañó; era un número desconocido.
—Hola —era una voz femenina.
—¿Con quién hablo?
—Disculpa, soy la agente Anne. Trabajo con el delegado Cruz —dijo ella, dejándome preocupado.
—¿Pasó algo, señorita?
Pregunté enseguida.
—Disculpa, Saulo. Es que el delegado está muy borracho en un bar cerca del restaurante y yo estoy de viaje, no puedo ir a recogerlo. Sé que ustedes tienen algo, así que quería pedirte que fueras a buscarlo.
Me sorprendió escuchar a la mujer decir que sabía lo nuestro y que me pedía ayuda.
—¿Por qué no le llamas a otra persona para que vaya por él?
—Hombre... no le va a gustar. El delegado nunca se pone borracho con nosotros y me preocupa que alguien en el bar se dé cuenta de que es policía y quiera hacerle algo.
Por más que odie a Vinícius, no quiero que nadie le haga nada. Sé lo vulnerables que son los policías.
—Está bien. Pásame la dirección y voy por él.
—Te lo agradezco, Saulo.
Colgó y enseguida me llegó la dirección donde estaba Vinícius.
Confieso que la escena que vi no era la que esperaba encontrar. Ahí estaba él, sobre la barra, borracho, con cara de agotamiento. Parecía haber bajado varios kilos y tenía la barba sin afeitar.
El dueño del bar, al verme, se me acercó.
—¿Quién eres? —preguntó el hombre con curiosidad.
—Soy amigo del sargento Vinícius. Vine porque una amiga me llamó para que viniera a buscarlo.
El hombre bajó la guardia con mi explicación.
—¡Vinícius! ¡Vinícius!
Lo llamé muy bajito al oído, pero parecía no escucharme.
Levantó el rostro hacia mí. Se me aceleró el corazón al ver lo demacrado que se veía; debía estar trabajando demasiado.
—¿Qué haces... aquí? —preguntó con la voz arrastrada.
—¿Vamos a casa?
—No quiero ir... quiero seguir bebiendo.
Murmuró bajito.
Lo sujeté del brazo, levantándolo con cuidado, porque el hombre es grande y pesado.
Se aferraba con berrinche para no levantarse. Hasta daban ganas de sonreír ante esa escena.
—Ándale, Cruz... ayuda a tu amigo que vino a recogerte, hombre —dijo el dueño del bar, ayudándome a sostenerlo.
—Vinícius, el dueño del bar quiere irse a dormir.
—¡Yo duermo aquí!
—Si no te vas con tu amigo, voy a llamar a doña Viviane para que venga por ti.
Sé que estaba borracho, pero escuchar el nombre de su madre lo despertó un poco.
—A mamá no... Me va a regañar.
Murmuró, recargando la cabeza en la barra.
—Pues entonces mejor vente conmigo.
Volví a pasarle el brazo por mi cuello. El dueño del bar me ayudó con él hasta el carro; lo sentamos en el asiento del copiloto y le puse el cinturón de seguridad.
Pensé en llevarlo a su casa, pero era tardísimo y yo no sabía dónde vivía. Terminé tomando la peor decisión: llevarlo a mi departamento nuevo.
El trayecto hasta mi departamento lo despertó un poco. No iba a poder cargarlo hasta el quinto piso.
Por suerte soy más grande que él. Me abrazaba con fuerza y me olía el cuello.
—Tan... tan rico hueles...
Aquello era una tortura. Sentirlo sobre mi piel era una prueba de resistencia. Mi cuerpo respondía a cada roce suyo. Odio no poder controlar mi deseo por este hombre.
Entramos a mi departamento y lo recargué en el sofá. Necesitaba un buen baño; no podía acostarlo así como estaba.
—Necesitas darte un baño de agua fría.
Logré quitarle la chamarra y después la camisa. Con dificultad lo arrastré hasta el baño que hay junto a la cocina.
Lo metí bajo la regadera con pantalones y todo.
No podía dejarlo con la ropa mojada. Respiré hondo, le quité el pantalón y lo cubrí con una bata mía que le quedaba perfecto.
Con todo el cuidado lo sujeté por la cintura y lo dejé caer en el sofá de la sala.
—Car***, Dios mío, ¡qué persecución en mi vida!
Gracias a Dios se quedó dormido enseguida. Corrí a mi cuarto, agarré una cobija y lo tapé como a un niño. Me agaché junto a él y le pasé la mano por el rostro. Parecía un niño desprotegido. Ojalá hubiera conocido a Vinícius antes de todo esto.
Ahora que estaba dormido, volví a mi cuarto, me quité la ropa mojada, me di un baño de agua fría y me puse una camiseta y un bóxer. Terminé quedándome dormido. Estaba agotado.