Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 16: SACRIFICIO EN EL PUERTO
El aire en el exclusivo café de la plaza principal olía a granos tostados, mantequilla derretida y vainilla. La terraza exterior estaba acordonada sutilmente por tres de los hombres de Enzo, quienes mantenían a raya a los paparazzi y a los curiosos.
Damiano estaba sentado en una mesa de hierro forjado, cruzado de piernas, saboreando un macaron de frambuesa. Yelena estaba frente a él, con unas gafas de sol oscuras de diseñador y un maletín abierto sobre la mesa. No estaban hablando de rutas de contrabando ni de armamento; estaban sumergidos en la remodelación.
- Sigo pensando que el mármol de Carrara para el baño principal es un cliché, Yelena - decía Damiano, deslizando unas muestras de piedra pulida sobre la mesa. - Prefiero el ónix negro. Zakhar se ve como una jodida obra de arte cuando se baña, y el contraste de su piel llena de cicatrices contra el ónix oscuro es... poético. Además, la bañera tiene que ser más profunda. Ayer casi inundamos el piso por falta de espacio.
Yelena rodó los ojos bajo sus gafas de sol, aunque una leve sonrisa asomó en sus labios.
- Por Dios, ahórrame los detalles de tu vida sexual, Damiano. Suficiente tengo con escuchar los gruñidos de mi hijo resonar por los pasillos a las dos de la mañana. Pondremos el ónix negro si eso te hace feliz, pero la grifería será de oro cepillado. Es innegociable.
Damiano iba a responder, levantando su taza de café, pero todo ocurrió en una fracción de segundo que se sintió como una eternidad congelada.
El rugido de los motores ahogó la música ambiental del café. Dos furgonetas blindadas de color negro mate, sin placas, se subieron violentamente a la acera peatonal, destrozando las mesas exteriores, las macetas y las sombrillas. El chirrido de los neumáticos frenando de golpe fue seguido inmediatamente por el ensordecedor traqueteo de ametralladoras ligeras.
Los cristales de la cafetería estallaron en un millón de pedazos mortales.
Yelena no gritó. Con reflejos forjados por sus años en la mafia cómo matriarca, pateó la mesa de mármol hacia arriba para usarla como escudo, sacando simultáneamente una Glock 19 de su bolso Birkin. Disparó tres veces con precisión quirúrgica, abatiendo al primer enmascarado que intentó flanquearlos.
- ¡Damiano, al suelo! ¡Ahora! - rugió Yelena, cubriendo su posición.
Pero Enzo no hizo su trabajo. En lugar de desenfundar y proteger a su jefe, el jefe de seguridad fingió ser rozado por una bala y cayó al suelo deliberadamente. Cuando Damiano intentó agacharse detrás del mostrador destrozado, sintió unas manos rudas agarrándolo por los hombros y el cabello.
No eran las manos de Enzo protegiéndolo; eran tres sicarios de la Yakuza fuertemente armados.
Lo arrastraron sin piedad hacia la puerta trasera del local, que misteriosamente había sido dejada sin vigilancia. Yelena se giró para dispararles, pero un cuarto atacante apareció por su flanco ciego y le asestó un brutal golpe con la culata de un rifle de asalto en la sien. La madre de Zakhar se desplomó en el suelo, inconsciente, con un hilo de sangre manchando su cabello rubio cenizo.
En menos de sesenta segundos, frente a los ojos atónitos de una ciudad aterrorizada, el consorte del imperio Ivanov había desaparecido.
[Horas después - Almacén frigorífico de la Yakuza, Puerto Norte]
El frío era cortante, primitivo. Olía a salitre, a pescado podrido y a amoníaco. Damiano estaba atado con gruesas bridas de plástico a una silla de acero remachada al suelo en el centro de una inmensa cámara frigorífica. Las luces de neón parpadeaban, arrojando sombras espectrales. Su camisa de seda esmeralda estaba rasgada en el hombro izquierdo, revelando la piel pálida salpicada de moretones, y el frío lo hacía temblar imperceptiblemente.
Sin embargo, su postura era una burla a sus captores. Estaba sentado tan rígidamente y con la barbilla tan alta que parecía estar presidiendo una junta directiva en lugar de enfrentarse a su propia ejecución. No había ni una sola gota de terror en sus ojos oscuros.
Frente a él caminaba lentamente Akira, el líder supremo de la Yakuza en la Costa Oeste. Era un hombre de unos cincuenta años, impecable en un traje blanco de tres piezas, con un intrincado tatuaje de un dragón irezumi asomando por el cuello de su camisa.
Akira fumaba un cigarrillo delgado, observando a su prisionero con fascinación morbosa.
- Damiano Moretti... o supongo que ahora prefieres Ivanov - Akira sonrió con frialdad, el humo saliendo de sus labios. - Debo admitir que estoy decepcionado. Esperaba lágrimas. Esperaba que suplicaras por tu vida. Te has convertido en una plaga para mis negocios, desangrando mis rutas financieras como un maldito parásito. Pensé que el cerebro detrás de tanta crueldad financiera sería más... humilde al enfrentar a la muerte.
Damiano ladeó la cabeza, frotando disimuladamente sus muñecas contra el plástico de las bridas, evaluando la tensión.
- Lloraría si estuviera en peligro, Akira - Damiano soltó una risa suave, baja y asombrosamente despectiva. El sonido hizo eco en la cámara fría. - Pero el único que es hombre muerto en esta habitación eres tú. Solo que aún no te has dado cuenta.
Akira frunció el ceño, deteniendo su andar. La superioridad absoluta del prisionero le irritaba profundamente.
- Estás en mi territorio, niño. Estás atado a una silla en un lugar que la Bratva no conoce. Zakhar Ivanov no es Dios.
- No, no es Dios - concedió Damiano, mirándolo fijamente a los ojos con una intensidad psicópata. - Es mucho peor. Porque Dios perdona. ¿Tienes idea de lo que acabas de desatar sobre tu cabeza? Mi esposo no hace negociaciones. No envía intermediarios. No pide rescates. A estas horas, debe estar desollando a tus capitanes vivos solo para preguntarles una maldita dirección.
Damiano se inclinó hacia adelante todo lo que las ataduras le permitieron.
- Tus hombres secuestraron al único ser humano en este planeta que lo mantiene cuerdo. Has soltado la cadena del perro de guerra, Akira.
Furioso por la falta de respeto, Akira acortó la distancia y le cruzó la cara de una violenta bofetada. El impacto hizo que la cabeza de Damiano girara bruscamente. El sabor a hierro inundó su boca al sentir su labio inferior partirse.
Damiano giró el rostro lentamente de regreso hacia Akira. Escupió un coágulo de sangre directamente sobre los impecables zapatos blancos de cuero del líder japonés. Luego, levantó la mirada y le sonrió con los dientes manchados de rojo brillante.
- Vas a necesitar un maldito milagro para que esa sea la única sangre con la que te manches hoy.
[Mansión Ivanov - Simultáneamente]
El caos en la mansión no era ruidoso; era una presión atmosférica a punto de reventar los cristales.
Yelena estaba sentada en el sofá victoriano de la biblioteca, el mismo que Damiano quería tirar, mientras un médico de la familia le cosía la herida en la sien. Sus manos, que no temblaban desde la caída del muro de Berlín, temblaban ahora.
Frente a ella estaba Zakhar.
Cuando Enzo, fingiendo cojear, le había dado la noticia, Zakhar no gritó. No destrozó los jarrones de la dinastía Ming. No rompió la mesa. El silencio que emanó del gigante siberiano fue un agujero negro que absorbió el oxígeno de toda la habitación. Sus ojos perdieron cualquier rastro de humanidad, cualquier chispa de civilización que Damiano le había inculcado.
El asesino despiadado que su padre había forjado en la nieve, regresó a tomar el control absoluto.
Zakhar sacó lentamente su pesado cuchillo táctico militar de su funda en la pierna, lo levantó y lo clavó con una fuerza sobrenatural directamente en el centro de la pesada mesa de roble macizo. La madera crujió violentamente. Miró a sus comandantes, que palidecían ante el aura asesina de su líder.
- Quiero a cada maldito hombre armado que tengamos en la calle. Ahora. Si la policía intenta intervenir, mátenlos también - la voz de Zakhar no humana; era el rasgueo de dos piedras afiladas. - Comuníquense con el líder de la Tríada de Chinatown. Díganle que le debo la vida si cierra las salidas del norte. Y llamen a Andriy. Voy a quemar toda esta ciudad sino encuentro a mi esposo....