Susena creía vivir en un paraíso: un hogar impecable, tres hijos amados, un bebé en camino y un esposo que parecía perfecto. Pero cuando Julián muere en un trágico accidente, su mundo de cristal estalla.
Entre deudas ocultas y el descubrimiento de una impactante doble vida, Susena se queda en la calle y sin nada. Sola con sus hijos y una tía a su cargo, deberá abandonar su fragilidad para transformarse en una madre de acero. Una historia de traición y coraje donde una mujer deberá luchar contra la pobreza y el engaño para reconstruir su destino.
¿Hasta dónde llegarías para salvar a los tuyos cuando descubres que tu vida entera fue una mentira?
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CAPÍTULO 16: El beso del acero
El restaurante Le Bernardin en Manhattan no era solo un lugar para comer; era un templo de la alta sociedad donde los destinos de las empresas se sellaban entre copas de cristal de Baccarat y susurros de poder. Cuando el chofer de Maximiliano detuvo la limusina frente a la entrada, Susena Vallejo descendió con la elegancia de una soberana. Para esa noche, había elegido un vestido de seda en azul medianoche que caía sobre su cuerpo como agua líquida. El color resaltaba su piel canela y hacía que sus ojos chocolate brillaran con una determinación feroz. El diseño, de corte imperio, acariciaba con una delicadeza infinita su vientre de cuatro meses, convirtiendo su embarazo en una declaración de belleza y fuerza. Llevaba el cabello suelto, cayendo en ondas oscuras sobre sus hombros, y unos pendientes de zafiro que Maximiliano le había enviado esa misma tarde con una nota que ella ni siquiera leyó.
Al entrar al salón privado, Maximiliano ya estaba allí, de pie junto a los tres inversores más poderosos de la industria hotelera. Al verla entrar, Max sintió que el suelo se movía bajo sus pies. A sus cincuenta años, había visto a miles de mujeres hermosas, pero Susena tenía algo que lo desarmaba: una dignidad que no se podía comprar. Se veía espectacular, una mezcla perfecta de profesionalismo y sensualidad que hizo que los inversores se pusieran de pie de inmediato.
La cena fue una clase magistral de estrategia y encanto por parte de Susena. A pesar del hielo que mantenía con Maximiliano, su desempeño profesional fue impecable. Habló de la campaña con una inteligencia tan afilada que dejó a los hombres de negocios boquiabiertos. Analizó mercados, rebatió objeciones y proyectó el futuro de los hoteles boutique con una seguridad que hacía que Max se sintiera, por primera vez, como un simple espectador en su propio imperio. Él apenas podía comer; su mirada estaba clavada en ella, en la forma en que sus labios se movían, en la pasión que ponía en sus ideas, y en la indiferencia absoluta que le mostraba a él cada vez que sus ojos se cruzaban.
Cuando la cena terminó y los inversores se despidieron desbordando elogios, la tensión que había estado contenida durante horas estalló como una tormenta eléctrica. Maximiliano pidió que los dejaran solos en el salón privado, cerrando las pesadas puertas de madera con un golpe seco.
—¿Se puede saber hasta cuándo piensas seguir con este teatro, Susena? —estalló Max, arrojando su servilleta sobre la mesa. Su voz vibraba de una frustración que nunca antes había mostrado—. Has estado toda la noche tratándome como si fuera un mueble más de este restaurante.
—No es un teatro, señor D'Angelo. Es la realidad de nuestra relación: yo soy su empleada y usted es mi jefe —respondió ella, recogiendo su bolso con una calma que lo sacaba de quicio—. Mi trabajo aquí terminó y los inversores están encantados. Si me disculpa, mi chofer me espera.
—¡No te vas a ninguna parte hasta que me escuches! —Max se interpuso en su camino, su imponente figura de un metro noventa bloqueando la salida. Sus ojos oscuros ardían de rabia y de algo mucho más profundo—. Lo que viste ayer con Vivienne fue una trampa de ella. Estaba intentando despedirla y ella me tendió esa emboscada porque sabía que tú entrarías. No la besé, Susena. Ella me besó a mí y yo la estaba apartando.
—¡No me importa quién besó a quién, Maximiliano! —gritó ella, perdiendo por fin la compostura. El acero de su voz se quebró, dejando ver el dolor que intentaba ocultar—. Ya tuve un esposo que me juraba que sus "reuniones" eran de negocios mientras construía una vida con otra mujer. No voy a ser el juguete de fin de semana de un millonario que no sabe estar solo. No soy una de tus modelos, ¿entiendes? ¡No soy alguien a quien puedas comprar con adelantos de sueldo y vestidos caros!
—¡Jamás he pensado que pudieras ser comprada! —rugió Max, acercándose tanto a ella que Susena podía sentir el calor de su cuerpo y el aroma a tabaco y deseo que desprendía—. Te respeto más que a nadie en esta ciudad. ¡Me estoy volviendo loco porque por primera vez en mi vida me importa lo que una mujer piense de mí!
—¡Mentira! —le espetó ella, con el rostro encendido por la rabia, las lágrimas de frustración empezando a asomar en sus ojos—. Eres igual a todos los demás. Me das este trabajo por lástima, me ayudas con la escuela por ego, y esperas que caiga en tus brazos como todas las demás. ¡Pero no soy así! ¡No me vas a tener!
La discusión escaló a un volumen que amenazaba con romper el silencio del exclusivo restaurante. Susena le gritaba sus verdades, su miedo a ser herida de nuevo, su desprecio por su estilo de vida de soltero codiciado. Max respondía con la furia de un hombre que se siente incomprendido, que ha bajado todas sus defensas y se encuentra con un muro de acero.
—¡Eres la mujer más terca, orgullosa y exasperante que he conocido! —gritó Max, su rostro a centímetros del de ella.
—¡Y tú eres el hombre más arrogante y...!
Susena no pudo terminar la frase. Maximiliano, incapaz de aguantar un segundo más de palabras que solo servían para alejarlos, la tomó por los hombros y estrelló sus labios contra los de ella con una pasión desesperada. Fue un beso que detuvo el mundo. Fue el choque de dos volcanes que habían estado a punto de estallar durante días.
Al principio, Susena intentó resistirse, sus manos golpeando el pecho de Max, pero el calor de su boca, la urgencia de su beso y la verdad que transmitía su desesperación terminaron por derretir el acero. Ella soltó un gemido ahogado y rodeó el cuello de él con sus brazos, respondiendo con la misma intensidad, entregándose a un beso que sabía a perdón, a deseo y a una verdad que ninguno de los dos podía seguir negando. En ese salón privado de Manhattan, el jefe y la publicista, el millonario de cincuenta años y la madre de acero de cuarenta, se fundieron en un abrazo que prometía cambiarlo todo, mientras el eco de su discusión todavía vibraba en el aire cargado de electricidad.
Corta y sin tantos dramas.
Corta y sin tantos dramas.