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Mariana

Mariana

Status: Terminada
Genre:Terror / Completas
Popularitas:73
Nilai: 5
nombre de autor: Campos Fernando

Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa

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LA VISITA

La mañana siguiente, el sol apenas comenzaba a asomarse entre las montañas, tiñendo el cielo de un suave color dorado. Sara y Alejandro se encontraban en la cocina de la granja, el aroma del café recién hecho llenaba el aire, pero el ambiente estaba cargado de una tensión palpable. Sara, con los ojos aún somnolientos, miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos. “No puedo seguir así, Alejandro,” dijo, su voz temblorosa. “Necesito hablar con Morgana.” Alejandro, preocupado, frunció el ceño. “¿No crees que deberíamos consultarlo primero con tus padres?” Pero la determinación en los ojos de Sara lo hizo dudar.

Con un suspiro resignado, Alejandro asintió. “Está bien, vamos a buscarla.” Mientras se preparaban para salir, la madre de Sara los observaba desde la puerta, su rostro pálido y demacrado. “¿Adónde van?” preguntó con una voz que apenas podía sostenerse. “A buscar a Morgana, mamá,” respondió Sara, tratando de ocultar su inquietud. La madre de Sara frunció el ceño, pero no dijo más. Con un último vistazo, la pareja salió de la casa, sintiendo el peso de la preocupación en el aire.

El camino hacia el pueblo era serpenteante y polvoriento. Las sombras de los árboles se alargaban, como si quisieran abrazar a los dos jóvenes que avanzaban en silencio. Sara, con el rostro tenso, apenas hablaba. Alejandro, por su parte, intentaba mantener la calma, pero la inquietud de su esposa era contagiosa. “¿Qué crees que Morgana podrá hacer?” preguntó, intentando romper el silencio. “No lo sé,” respondió Sara, su voz apenas un susurro. “Pero siento que ella puede ayudarme a entender lo que está pasando.” Alejandro asintió, aunque su corazón latía con fuerza, temiendo lo que pudieran descubrir.

Al llegar a la casa de Morgana, una pequeña cabaña rodeada de hierbas y flores silvestres, el aire se volvió más denso. La curandera, una mujer de cabello canoso y ojos penetrantes, los recibió con una sonrisa enigmática. “Bienvenidos, jóvenes,” dijo, su voz suave como el murmullo del viento. “He estado esperando su llegada.” Sara sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero se obligó a mantener la compostura. “Necesitamos tu ayuda,” dijo, su voz firme. Morgana asintió y los condujo a una habitación llena de objetos extraños y aromas de hierbas.

La curandera comenzó a trabajar, mezclando hierbas en un mortero mientras murmuraba palabras en un idioma desconocido. Sara observaba, sintiendo una mezcla de ansiedad y esperanza. Alejandro, por su parte, se mantenía al lado de Sara, su mano entrelazada con la de ella. El ambiente estaba cargado de una energía extraña, como si el tiempo se hubiera detenido. De repente, Morgana se detuvo, sus ojos fijos en Sara. “Hay un mal persiguiéndote,” dijo con seriedad, su voz resonando en la habitación. “Algo del pasado que busca algo de ti.”

Sara palideció, su rostro reflejando el terror que sentía. “¿Qué quieres decir?” preguntó, su voz temblando. Morgana no respondió de inmediato; en cambio, continuó observando a Sara con intensidad. “Debes tener cuidado,” advirtió. “Ese algo no se detendrá hasta que lo que busca sea encontrado.” La desesperación se apoderó de Sara, y de repente, sintió que el aire se le escapaba. “Alejandro, tenemos que irnos,” exclamó, su voz llena de pánico. “No quiero oír más.” Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió de la habitación, con Alejandro siguiéndola rápidamente.

Mientras regresaban a la granja, el silencio era abrumador. Alejandro intentó romperlo. “Sara, ¿qué fue lo que te dijo exactamente?” Pero ella no respondía, su mirada fija en el camino. “Sara, por favor…” insistió, preocupándose más por su estado emocional que por lo que Morgana había dicho. “No quiero hablar de eso,” murmuró, su voz apenas audible. La tensión entre ellos crecía, y Alejandro sintió que el peso de lo desconocido se cernía sobre ellos como una sombra.

En el camino, se encontraron con Jesica, una amiga de la infancia de Sara. Ella estaba de pie al borde del camino, con una caja de pertenencias al lado. “¡Sara! ¡Qué sorpresa verte aquí!” exclamó Jesica, su rostro iluminándose con una sonrisa. “He vuelto a vender las cosas de mi padre.” Sara, aunque aún nerviosa, sonrió débilmente. “¿Cómo has estado?” preguntó, tratando de desviar la atención de lo que había sucedido con Morgana. Las dos comenzaron a hablar en murmullos, compartiendo recuerdos y risas, pero Alejandro no podía seguir la conversación. Las palabras se entrelazaban en un susurro que no lograba entender.

Mientras Jesica hablaba, Alejandro se sintió como un extraño, un observador en un mundo que no le pertenecía. Miraba a Sara, su rostro relajándose poco a poco, y se preguntaba si esa conexión con su amiga era lo que necesitaba para calmar su tormento. Sin embargo, la inquietud seguía acechando en su mente. “¿Por qué no me dices lo que te preocupa?” pensó, sintiendo que la distancia entre ellos crecía. Finalmente, después de unos minutos, Sara se despidió de Jesica y continuaron su camino hacia la granja.

Al llegar a casa, el ambiente seguía cargado de tensión. Alejandro se volvió hacia Sara, su voz firme. “Necesito que me digas qué pasó con Morgana.” Pero ella se limitó a bajar la mirada, su expresión cerrada. “No puedo, Alejandro. No puedo hablar de eso ahora.” La frustración de Alejandro creció, pero también comprendió que forzarla a hablar solo la alejaría más. “Está bien,” dijo finalmente, aunque su corazón estaba lleno de preocupación. “Pero por favor, no te encierres. Estoy aquí para ti.” Sara asintió, pero sus ojos estaban perdidos en un mar de pensamientos oscuros, dejando a Alejandro con la sensación de que un secreto peligroso se cernía sobre ellos.

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