"Fui subastada al diablo, pero él no sabía que yo sería su infierno."
En el Amazonas, todo tiene un precio. Mía fue vendida como mercancía al hombre más temido de Sudamérica: Renzo Cavalli. Él la compró para poseerla y quebrarla, pero subestimó el fuego bajo su piel de seda.
Entre huidas por la selva, traiciones y una pasión letal, Mía deberá decidir: ¿hundir el puñal en su espalda o convertirse en la reina de su imperio de sangre?
NovelToon tiene autorización de Delenis Valdés Cabrera para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23
Renzo despertó tres días después. El aire en la suite principal era pesado, impregnado del aroma a antisépticos y la humedad persistente de la selva. Lo primero que sintió fue un peso cálido sobre su mano izquierda. Al abrir los ojos, la vio.
Mía estaba profundamente dormida en un sillón junto a su cama, con la cabeza apoyada en el borde del colchón. Tenía ojeras marcadas y su ropa estaba arrugada, pero seguía siendo la criatura más hermosa que Renzo había visto jamás. No se había separado de él. Los médicos le habían contado, en sus momentos de semiconciencia, que ella misma había ayudado a suturar parte de la herida y que no había dejado que nadie más le administrara los medicamentos.
Renzo apretó su mano débilmente. Mía se sobresaltó y despertó de golpe, sus ojos verdes buscándolo con una angustia que se transformó en alivio puro al verlo despierto.
—Casi te mueres, idiota —dijo ella, su voz ronca por el cansancio. Intentó poner su máscara de frialdad, pero sus ojos la traicionaron brillando con lágrimas contenidas—. Si lo hubieras hecho, habría quemado este lugar hasta los cimientos.
—Me gusta... ese plan de jubilación —susurró Renzo, su voz todavía débil pero cargada de esa ironía oscura que tanto la irritaba—. Ven aquí.
Mía se acercó, y con una ternura que ya no intentaba ocultar, le acomodó las almohadas y le dio un poco de agua. Renzo la observaba con una intensidad devoradora.
—Te oí en la lancha, Mía —dijo él, deteniendo su mano cuando ella intentaba apartarse—. Dijiste que me amabas. Y dijiste que soy lo único que te queda.
Mía se sonrojó, pero no bajó la mirada. Se sentó en el borde de la cama, acariciando inconscientemente el vendaje en el hombro de él.
—Estabas delirando, Cavalli. La pérdida de sangre te hizo imaginar cosas.
—No mientas —Renzo la atrajo hacia sí con su brazo sano, obligándola a recostarse sobre su pecho—. Lo dijiste porque por fin aceptaste que somos iguales. Dos parias en un mundo de traidores.
Él le acarició el cabello, inhalando su aroma.
—Ya no hay habitación de invitados para ti, Mía. Ya no hay muros entre nosotros. Esta es tu casa. Este es tu reino. A partir de hoy, duermes aquí, conmigo. Si alguien quiere tocarte, tendrá que pasar por encima de mi cadáver, y ya viste que no es fácil de conseguir.
Mía se acomodó contra él, escuchando el latido constante de su corazón. Inconscientemente, empezó a trazar círculos en el pecho de Renzo con su dedo, una caricia tan íntima y pacífica que desarmó al hombre más peligroso de la selva.
—Si me quedo —susurró ella, mordiéndole ligeramente el hombro en un gesto de rebeldía juguetona—, va a ser bajo mis reglas. No voy a ser una muñeca en un escaparate. Quiero acceso a las cuentas, quiero saber qué pasa en la frontera y quiero que me enseñes a usar ese rifle de largo alcance que tienes en el despacho.
Renzo soltó una carcajada que le dolió en la herida, pero que sonó a pura felicidad.
—Me estás pidiendo que te entregue las llaves de mi imperio, pequeña fiera.
—Te estoy diciendo que si voy a ser la Reina de Ébano, más vale que tenga garras —respondió ella, besándolo con una mezcla de ternura y fuego—. Porque la próxima vez que Rosa o el Alacrán aparezcan, no voy a esperar a que me salves. Los voy a cazar yo misma.
Renzo la besó, sellando el pacto. Ya no era un contrato de compra-venta; era una alianza de sangre. Esa noche, Mía no durmió en la suite de invitados. Durmió en los brazos del hombre que la había comprado, dándose cuenta de que, en medio de tanta oscuridad, había encontrado el único lugar al que realmente pertenecía.