Dos amigos, un destino marcado por la sangre y una búsqueda desesperada. Cuando su amiga de la infancia desaparece sin dejar rastro, Joan y Ralph deberán despertar el poder oculto de sus linajes. Desde las sombras de la Hermandad del AMO hasta los secretos prohibidos de civilizaciones ancestrales, descubrirán que la realidad es solo un velo... y que para rescatar a quien aman, primero deben aceptar quiénes son en realidad.
En el juego del AMO, la lealtad es un mito y la sangre es la única moneda. ¿Estás listo para cruzar el umbral?
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CAPITULO 16 REVELACIONES Y PACTO.
Las puertas de la hacienda se abrieron, para dejar pasar un coche negro todoterreno. Estacionó en la misma puerta y de él bajaron un par de guardaespaldas junto a un hombre con traje. Entraron en la casa. El hombre trajeado no llevaba buena cara, nervioso se colocaba los botones de la chaqueta.
Llamó a la puerta del despacho, pasaron, el hombre trajeado se sentó mientras que sus guardaespaldas se quedaron en la puerta por orden de él. Al momento entró por otra puerta un hombre que se estaba colocando un batín. Tenía el pelo canoso y cortado a lo mil,itar. Su mirada era fría y calculadora.
- Espero que tengas buenas noticias para mí.
- Me gustaría que así fuera, pero me temo que el inútil de tu apadrinado ha dejado escapar a la chica.
- ¿Cómo? – sacó su móvil y llamó de inmediato a su apadrinado.
- Hola jefe, ¿qué pasa? – dijo al otro lado del auricular una voz nerviosa.
- ¿Dónde está la chica? Tendría que estar ya lista para llevarla a Yucatán.
- Verás, jefe…- su inquietud fue creciendo como sus nervios.
- No hay peros que valgan o me la traes para esta noche o eres hombre muerto.
Colgó y se sentó en su sillón. Tiró de mala gana el móvil y cruzó sus manos acomodándose en el sillón.
- Hay una noticia bastante interesante entre los Dracon.
- ¿De qué se trata?
- Hay dos desertores, uno irlandés y otro japonés. Ambos pertenecen a descendientes de importantes linajes tanto en Irlanda como en Japón como servidores del AMO.
- Interesante, ¿de qué linajes estamos hablando?
- De los que si los exterminas te consagras como el amor y señor de los Dracon. Los linajes Degoh y Nakashaki. ¿te suenan?
- He oído hablar de ellos, los desertores deben ser sus hijos.
- Exacto. Ambos progenitores murieron en acto de servicio, pero dejaron su legado a sus cachorros y ahora éstos van algo perdidos, puesto que se introdujeron en los Dracon buscando al asesino de sus respectivos padres y han acabado huyendo por patas estando en busca y captura por los Dracon irlandeses y japoneses.
- Buen trabajo. Quiero que los encuentres y me los traigas.
- Así será, pero voy a darte una grata noticia.
- Soy todo oídos – se acercó a la mesa con las manos cruzadas encima de la mesa.
- La chica que buscas va con ellos. Será un placer traerte a los tres en bandeja.
- Hazlo y serás mi socio en la repartición de los tres territorios Dracon.
Ambos se levantaron y sellaron el pacto con un apretón de manos firmes junto a una sonrisa complaciente. El hombre trajeado se marchó. Mientras que el hombre de cabello gris canoso en batín se desplomó en el asiento con cierta impotencia pensando en su apadrinado.
El aire se volvió pesado, saturado por un hedor a cieno podrido y el rastro metálico del ozono. La pelea ya no era un intercambio de golpes; era una carnicería. Vicky observaba, paralizada, cómo el ojo de anguila de la criatura palpitaba con una luz azulina y enferma antes de descargar voltios directos al pecho de Joan. El grito de él murió en un espasmo seco; sus músculos se contrajeron con tal violencia que el chasquido de sus propias articulaciones llegó a oídos de Vicky.
Antes de que Joan pudiera recuperar el aliento, el híbrido lo hundió.
Bajo el agua negra, el silencio era absoluto, roto solo por el burbujeo frenético de los pulmones de Joan vaciándose. El palo del cetro presionaba su tráquea, aplastándola. En la penumbra viscosa, Joan solo veía el ojo de la bestia: una esfera amarillenta, carente de párpados, que lo observaba con una inteligencia fría y reptiliana.
Vicky sentía que el oxígeno también le faltaba a ella. Sus pulmones se habían bloqueado en un espasmo de terror puro mientras veía la silueta de Joan bajo la superficie, distorsionada por el agua turbia y las descargas eléctricas que iluminaban el fondo como relámpagos atrapados en un pozo.
El sonido era lo peor: el crujido seco de la madera del cetro contra la laringe de Joan. Vicky se hundió las uñas en las palmas de las manos hasta hacerse sangre, queriendo gritar, pero solo logrando emitir un quejido agudo y roto. Ver a Joan revolverse, con los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello a punto de estallar bajo la presión de esa cosa, le dio una náusea gélida. Era la imagen de un hombre siendo apagado, como una vela aplastada por un dedo húmedo.
- Muévete, haz algo - se suplicaba a sí misma, pero sus pies eran de plomo, clavados en el barro.
Cuando Joan emergió, bramando con una rabia animal, en un arranque de adrenalina pura, ese fuego que nace del miedo a morir, Joan hundió sus dedos en la carne flácida y gélida del cuello del híbrido. La sensación era asquerosa, como hundir las manos en manteca podrida. En un rugido nacido de la rabia y miedo que le hicieron crujir como una patata frita su cuello cartilaginoso de la criatura, lo proyectó hacia los árboles. No hubo elegancia en el movimiento, solo desesperación. Joan alzó el cetro con los brazos temblando por las secuelas de las descargas.
El mundo de Vicky recuperó el sonido. Verlo ir hacia ella, empapado, herido pero vivo, provocó un cortocircuito en sus sentidos. No era solo alivio; era una oleada de calor que le recorrió el pecho, casi dolorosa.
Cuando salió de ciénaga se volteó y con las pocas fuerzas que le quedaban lanzó estampando el ojo contra la corteza de un árbol esquelético. El sonido no fue un golpe seco, sino el de una membrana estallando bajo una presión insoportable. La explosión no fue solo fuego.
Fue una onda expansiva de vísceras calientes y una luz cegadora que quemaba las retinas. Cuando Joan la rodeó con sus brazos para protegerla de la explosión, Vicky hundió el rostro en su hombro empapado, acto seguido rodaron por el suelo. Envolviendo a Vicky en un abrazo protector mientras los restos carbonizados del híbrido llovían sobre ellos como ceniza húmeda.
El olor a chamuscado y a sangre no le importó; en ese momento, el latido desbocado del corazón de Joan contra su oído era la única música que quería escuchar. Estaba a salvo. O eso quería creer mientras empezaban a correr, huyendo de un bosque que de repente parecía querer engullir a los jóvenes.
Vicky corría, pero sus piernas no parecían pertenecerle; eran solo resortes movidos por el pánico. El bosque pasaba a su lado como una mancha de sombras retorcidas.
- Joan… —balbuceó ella, con la voz astillada—. Sus ojos… los ojos de esa cosa… se quedaron mirándome mientras te hundía. No pude… no me moví…
- No hables, Vicky. Solo corre —respondió Joan. Su voz sonaba como si arrastrara grava, forzada por una garganta que aún recordaba la presión del cetro.
Vicky tropezó, sus dedos rozaron la espalda de Joan y retrocedieron al sentir ese frío antinatural que emanaba de su herida.
- Estás helado… Joan, tu espalda… se está moviendo. ¡Algo se está moviendo ahí dentro! —El tono de Vicky subió una octava, rozando la histeria. El shock estaba rompiendo su armadura emocional. Se paró en seco.
Con el corazón martilleando contra las costillas, Joan se detuvo en un claro donde la luz de la luna apenas lograba filtrarse entre las ramas retorcidas. Se apoyó contra un tronco, jadeando, con la vista nublada. Fue entonces cuando Vicky lo vio. Se le escapó un gemido ahogado y se llevó las manos a la boca.
- Joan… —susurró, con la voz quebrada por el asco y el miedo.
- Me quema... —logró decir Joan. Su voz sonaba distinta, más profunda, como si tuviera la garganta llena de agua—. Siento como si mil agujas de hielo me recorrieran la columna.
No era un arañazo limpio. En la espalda de Joan, atravesando la ropa destrozada, tres surcos profundos se abrían paso en la carne. Pero lo que horrorizó a Vicky no fue la sangre, sino el color. Los bordes de la piel estaban tornándose de un gris ceniciento, una necrosis rápida que avanzaba por sus poros. De las heridas supuraba una sustancia espesa, un líquido viscoso y translúcido que olía a agua estancada y metal.
Al acercarse, Vicky notó algo peor: la piel alrededor de los cortes vibraba. No era un temblor de los músculos de Joan; era algo autónomo, rítmico, como si las células de la criatura estuvieran intentando colonizar su espalda.
Vicky alargó la mano, pero se detuvo a un centímetro. Vio cómo una de las heridas se abría y cerraba levemente, imitando el movimiento de una branquia que busca oxígeno en un aire que no le pertenece. Iba a decir algo, pero una voz familiar les hizo voltearse.
- ¡Vicky! ¡Joan! —Un grito desgarrado cortó el aire.
A pocos metros, junto a un arco de piedra cubierto de una extraña luminiscencia púrpura, aparecieron Ralph y Annie. Ralph tenía la ropa hecha jirones y Annie sostenía una Daga de plata que vibraba con una frecuencia que hacía doler los dientes.
—¡Rápido! —rugió Ralph al ver el estado lamentable de Joan—. ¡El Pozo del Diablo se está cerrando! ¡Si no cruzamos ahora, nos quedaremos atrapados en esta podredumbre para siempre!
La historia te engancha enseguida, espero tenga más éxito.