Amelia solo quería recuperar su inspiración, pero un espejo maldito la arrastró a una pesadilla victoriana. Ahora está atrapada en una dimensión oscura, habitando el cuerpo de Eleanor Bianchi, una duquesa de sangre de dragón tan cruel que su propio séquito planea asesinarla.
¿El problema? Sus sirvientes no son humanos. Son cuatro letales y seductores demonios que la odian con cada fibra de su ser.
Rodeada de traiciones y enemigos mortales, Amelia tiene dos opciones: convencer a los monstruos que desean su muerte de que ella no es la tirana que recuerdan... o despertar la verdadera magia de su linaje y someter al infierno entero. El juego de poder acaba de cambiar.
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La Razón del Guardián
Eleanor Bianchi
El calor del desierto no era nada comparado con la presión que emanaba de aquella figura encadenada. Al acercarnos, la escena se volvió nítida y aterradora: Perseo, o lo que quedaba de su humanidad bajo aquella masa de músculos y sombras, estaba rodeado. Una general de la guardia real, con el rostro curtido por cicatrices de mil batallas, dirigía a un pelotón de unos veinte soldados de élite.
Habían logrado lo imposible: inmovilizar a la bestia. Utilizaban gruesas cadenas que brillaban con un fulgor blanco y punzante; eran cadenas bendecidas por los antiguos dioses, forjadas para someter a lo indomable. Cada vez que Perseo tiraba de ellas, el metal sagrado emitía chispas que quemaban su piel oscura, provocando rugidos que hacían vibrar el suelo bajo mis pies. Era una visión magnífica y aterradora a la vez; el poder bruto de un guardián colisionando con la voluntad de hierro de la corona.
— ¡Mantengan la tensión! —gritó la general, cuya armadura estaba abollada—. ¡Si cede un solo eslabón, estamos muertos!
Me adelanté, ignorando el viento que azotaba mi cabello y la arena que se colaba en mis ojos. Gio caminaba a mi lado con la suficiencia de quien se sabe superior a cualquier cadena, bendecida o no.
— Soy Eleanor Bianchi —dije con voz firme cuando la general me bloqueó el paso con su lanza—. He venido por mi subordinado.
La mujer me miró con escepticismo, pero al ver a Gio detrás de mí, su expresión cambió al reconocimiento y al temor. Bajó el arma de inmediato.
— Duquesa... llegó justo a tiempo. Su guardián masacró a más de cien Alfeos en minutos, pero perdió el juicio. Si no lo hubiéramos encadenado, habría seguido con mis hombres. Su hermana está a salvo tras los muros, pero él... él ya no escucha razones.
— Yo me encargaré —declaré.
Caminé hacia el centro del círculo, hacia esa bestia que resoplaba vapor negro. Perseo me miró, pero sus ojos eran pozos de furia primaria, sin rastro de la calma que solía habitar en ellos. Gruñía ferozmente, un sonido que nacía desde lo más profundo de su pecho, mostrando colmillos que podían triturar el acero.
— Perseo, detente —comencé a hablarle a la bestia, suavizando mi tono pero manteniendo la autoridad—. Mírame. Soy yo.
Él arremetió hacia adelante, haciendo que los soldados se tambalearan mientras tiraban de las cadenas. El odio en su mirada era casi tangible. No me detuve. Extendí mi mano, dejando que la luz dorada que ahora vivía en mí empezara a fluir. No era una luz de ataque, era una luz de calma, un bálsamo para el incendio que devoraba su mente.
— Tu hermana está bien. La protegiste. Pero ahora, el peligro ha pasado —susurré, llegando justo frente a su enorme rostro—. Vuelve conmigo.
Cerré los ojos y liberé mi magia de golpe, envolviendo su cuerpo colosal en un capullo de resplandor blanco y oro. Sentí la resistencia de la bestia, su deseo de seguir destruyendo para calmar el dolor, pero mi voluntad fue más fuerte. Poco a poco, el tamaño de la criatura disminuyó, las escamas y el vello áspero retrocedieron, y las cadenas sagradas cayeron al suelo con un estrépito metálico al no tener nada que sujetar.
Allí estaba él, desnudo de cintura para arriba, exhausto y jadeante sobre la arena. Estaba cansado, con el cuerpo cubierto de hollín y sangre de Alfeo. Me quité mi propia capa y la eché sobre sus hombros mientras él intentaba recuperar el aliento.
— No deberías haberte ido así, Perseo —le dije, ayudándolo a sentarse—. Lo que hiciste fue extremadamente peligroso. Casi te conviertes en lo que juraste destruir.
Él levantó la vista, sus ojos humanos de nuevo pero llenos de una tristeza infinita.
— Mi hermana... Monalisa... es mi última familia, Eleanor. Cuando escuché que los Alfeos habían roto el muro, sentí que el mundo se acababa de nuevo. Perdí el control. La bestia simplemente... tomó el mando.
Suspiré, sentándome en la arena junto a él, mientras Gio observaba desde una distancia prudente con los brazos cruzados.
— Está bien ser sobreprotector, Perseo. Es parte de quién eres —le dije con suavidad—. Pero creo que deberías aprender a calmar el enojo para dar paso a la razón. Si luchas así, sin control, sin una brújula moral, terminarás haciendo daño a las personas buenas. Terminarás matando aquello que intentas salvar.
— No sé cómo controlarme cuando ella está en peligro —confesó con amargura—. La furia es más fuerte que yo.
— Entonces yo te ayudaré —sentencié.
Puse mi mano sobre su pecho, justo encima de su corazón latiente. Infundí mi magia en él, pero esta vez no para dormirlo, sino para crear un puente. Sentí su esencia, esa fuerza bruta, y la entrelacé con mi propia energía dorada.
— Úsala —le ordené—. Usa mi luz como un ancla. No reprimas a la bestia, domala.
De pronto, un estallido de energía nos rodeó. Perseo volvió a transformarse, pero esta vez fue diferente. Sus ojos no estaban perdidos; eran inteligentes, enfocados. Seguía siendo la bestia, pero ahora era él quien sostenía las riendas. Con un movimiento ágil, me subió a su lomo.
— ¡Vamos! —grité.
Lo que siguió fue una danza de destrucción perfecta. Montada sobre su lomo, sentía cada músculo de Perseo moviéndose con una precisión letal. Ya no era un animal herido; era un jinete de guerra y yo era su guía. Con la ayuda del obstinado y siempre letal rey Gio, que lanzaba ráfagas de poder oscuro que desintegraban legiones enteras de Alfeos, la batalla cambió de rumbo.
Fueron seis horas de aniquilación pura. Perseo saltaba entre las dunas, destrozando a los Alfeos con una ferocidad controlada, mientras yo, desde su lomo, lanzaba ráfagas de luz dorada para proteger sus flancos. Gio, por su parte, se movía como un dios de la muerte, terminando el trabajo con una eficiencia que me recordaba por qué todos en el inframundo le temían.
Cuando la última de las bestias blancas se desvaneció en el aire del desierto, el silencio regresó a la región del norte. Perseo volvió a su forma humana lentamente, pero esta vez no cayó exhausto. Se sentía más ligero, como si un peso milenario se hubiera desprendido de sus hombros. Era un nuevo él, un guardián que por fin conocía su propia fuerza.
Se giró hacia mí, con una expresión de gratitud que me desarmó.
— Ama... gracias. Sin ti yo... no sé qué habría sido de mí o de esta ciudad.
Le puse una mano en el hombro, sonriendo con cansancio pero con sinceridad.
— Ni me digas "ama", Perseo. Solo soy Eleanor. Somos un equipo, y en este mundo, es lo único que nos mantendrá con vida.
Miré hacia el horizonte, donde el sol del inframundo empezaba a ocultarse. Habíamos salvado el norte, pero el misterio de por qué los Alfeos habían regresado seguía latiendo en el aire, tan denso como la arena bajo nuestros pies.
— ¿Estás lista para lo que sigue? —preguntó Gio, acercándose con su habitual aire de superioridad, aunque sus ojos mostraban un atisbo de respeto.
— Nunca se está lista para este mundo, Gio —respondí, ajustando mi espada—. Pero aquí estoy.