Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."
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Capítulo 23: El Faraón entre las Sombras
Neo-Luxor ardía bajo el sol de la tarde, pero para Maximilian Al-Mansur, el brillo de su imperio se sentía como una burla. Habían pasado cinco meses desde que el cristal de su felicidad se rompió, y cinco meses desde que Amara, la mujer que poseía su alma, vivía en el exilio. Las fotos del espía ya no eran suficientes; el CEO necesitaba verla con sus propios ojos, necesitaba confirmar si el odio que lo mantenía en pie era real o solo una máscara para su propia cobardía. Vestido con ropas sencillas de lino oscuro, sin relojes de oro ni escoltas a la vista, Maximilian bajó de su torre de marfil y se adentró en los callejones polvorientos del barrio donde su reina ahora habitaba.
Se ocultó tras la esquina de una vieja casona, con el corazón martilleando contra sus costillas. El aire allí olía a pan recién horneado y a tierra seca, un mundo a años luz de la esterilidad de la Torre Ra. De pronto, la puerta de la modesta casa se abrió. Amara salió al pequeño porche acompañada de Marta, la sirvienta que se había convertido en su sombra.
Maximilian se quedó sin aliento. A pesar de los meses de carencia, a pesar de la tristeza que cargaba, Amara seguía siendo la mujer más hermosa del mundo. Su belleza no era la de las modelos de las revistas de Neo-Luxor; era una belleza ancestral, casi divina. Su piel canela, aunque algo más pálida por la falta de nutrientes, brillaba con una luz interna que solo el embarazo puede otorgar. Sus ojos, profundos como el Nilo, conservaban esa mirada rebelde y digna que lo había enamorado desde el primer día. Llevaba el cabello negro recogido en una trenza sencilla que caía sobre su hombro, resaltando la perfección de sus rasgos egipcios.
Pero lo que detuvo el pulso de Maximilian fue su vientre. Bajo la túnica de algodón barato, la curva de los cinco meses era innegable, una redondez perfecta que guardaba al heredero de su sangre. Maximilian vio cómo Amara se llevaba una mano al pecho, tambaleándose ligeramente mientras un mareo la obligaba a sentarse en una silla de madera vieja.
—Tómate esto, niña —dijo una anciana de rostro surcado por los años, la partera del pueblo, que salía tras ella con una taza humeante—. Es el té de hierbas amargas para la anemia. Te ves muy blanca, Amara. Necesitas carne, necesitas medicinas que este barrio no puede darte.
—Estoy bien, abuela —respondió Amara con una voz dulce pero débil—. El bebé es fuerte. Él sabe que su madre no se va a rendir. Mientras él esté bien, yo puedo soportarlo todo.
Maximilian sintió que un cuchillo de hielo le atravesaba el alma. Su esposa, la mujer que debería estar siendo atendida por los mejores especialistas del mundo en una suite de lujo, estaba siendo tratada por una partera con remedios de campo. Mientras él desayunaba en vajilla de oro, ella bebía infusiones amargas para combatir una anemia que ponía en riesgo su vida y la de su hijo. Vio cómo la partera le tomaba el pulso y negaba con la cabeza, preocupada por la fragilidad de esa mujer que, incluso en su debilidad, parecía una reina coronada por el dolor.
Amara se bebió el té haciendo una mueca, y luego se levantó para empezar a coser un trozo de tela blanca que descansaba en su regazo. Sus dedos se movían con una elegancia que Maximilian conocía bien, hilando con amor la ropa que su hijo usaría, mientras el CEO de Neo-Luxor la observaba desde las sombras, sintiéndose el hombre más pobre y miserable de la tierra.
—Perdóname —susurró Maximilian para sí mismo, oculto en el callejón, sintiendo que las lágrimas que su orgullo le había prohibido durante meses finalmente empezaban a nublarle la vista—. Te he dejado morir de hambre en un palacio de polvo mientras yo me ahogaba en mi propio veneno.
Julián tenía razón: Amara era la joya más pura de su imperio, y él la había arrojado al lodo. Pero mientras la observaba acariciar su vientre con una sonrisa triste, Maximilian supo que no podía simplemente aparecer y pedir perdón. El daño era demasiado profundo, y la dignidad de Amara, esa belleza inalcanzable que la hacía la mujer más hermosa del mundo, era ahora el muro más alto que él tendría que escalar para recuperar su vida.