Alina siempre creyó que su matrimonio era solo un contrato frío con el hombre más poderoso de la ciudad. Durante tres años vivió ignorada por su esposo, el misterioso empresario Adrián Valek.
La noche en que decide firmar el divorcio, un atentado cambia todo.
Adrián pierde la memoria… y lo único que recuerda es que Alina es la persona más importante de su vida.
Mientras él intenta enamorarla otra vez, enemigos ocultos del imperio empresarial de Adrián comienzan a atacar.
Pero hay un secreto que nadie conoce:
Alina no es una mujer común… ella lleva años investigando quién intentó destruir su vida.
Y ahora que Adrián cambió…
tal vez el amor que nunca existió pueda nacer de verdad.
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La verdad detrás de la sombra.
El silencio en la oficina era absoluto.
No era un silencio tranquilo.
Era pesado.
Denso.
Como si cada rincón del lugar guardara una pregunta sin respuesta.
Adrián estaba sentado frente a una pantalla, con los ojos fijos en la imagen congelada del video.
El último registro de Lucas.
La última prueba.
La última pista.
Habían pasado semanas desde el velorio… pero para Adrián, el tiempo no avanzaba.
Seguía atrapado en ese momento.
En ese video.
En esa sombra.
—Otra vez… —murmuró.
Reprodujo el video.
Una vez más.
Y otra.
Y otra.
La escena era clara.
Lucas moviéndose con precisión.
Los atacantes cayendo.
La defensa perfecta.
Pero Adrián no miraba eso.
Miraba el final.
Siempre el final.
La figura.
La sombra.
El hombre que apareció detrás de Lucas.
Adrián pausó la imagen.
Amplió.
Ajustó contraste.
Iluminación.
Cada detalle.
—No… —susurró.
Algo no encajaba.
Durante meses, todos habían asumido lo mismo:
Que el “hombre de las sombras” era Isabella Laurent.
Pero esa teoría… se estaba desmoronando.
—Esto no puede ser ella… —dijo en voz baja.
Se levantó lentamente, acercándose más a la pantalla.
Observando.
Analizando.
El cuerpo.
La postura.
Los movimientos.
No eran los de una mujer.
No eran los de alguien que actuaba desde la inteligencia solamente.
Eran los de alguien entrenado físicamente.
Fuerte.
Directo.
Preciso.
—Es más alto… —murmuró Adrián.
—Más ancho…
Y entonces lo dijo en voz alta.
—Es un hombre.
La puerta se abrió.
Alina entró, observándolo en silencio unos segundos.
—Sigues viendo ese video…
Adrián no se giró.
—No es Isabella.
El silencio se instaló.
Alina frunció el ceño. —¿Qué quieres decir?
Adrián retrocedió el video unos segundos y lo reprodujo en cámara lenta.
—Mira su estructura… la forma en que se mueve… la fuerza en sus acciones…
Alina observó con atención.
Y entonces lo vio.
—No puede ser ella… —susurró.
Adrián asintió lentamente.
—Nos equivocamos.
El aire se volvió frío.
Más frío que nunca.
—Entonces… —dijo Alina, con la voz temblando ligeramente—
—¿quién es si no es Isabella? ¿Quien más sabia de el hombre de las sombras?
Adrián no respondió de inmediato.
Porque no tenía una respuesta.
—Eso es lo peor… —dijo finalmente—. No lo sé.
Ese día, todo cambió.
Otra vez.
La seguridad de la mansión se duplicó.
No… se triplicó.
Guardias en cada entrada.
En cada pasillo.
En cada punto ciego.
Sistemas nuevos.
Tecnología avanzada.
Protocolos estrictos.
Pero nada era suficiente.
Porque esta vez…
El enemigo era desconocido.
—Nuestro hijo es el objetivo —dijo Adrián una noche, sin rodeos.
Alina lo miró fijamente.
No discutió.
No dudó.
—Lo sé.
El niño ya no jugaba libremente por toda la mansión.
Ahora siempre había alguien cerca.
Siempre vigilando.
Siempre observando.
—¿Por qué hay tanta gente ahora? —preguntó él un día.
Alina se agachó a su altura. —Para cuidarte.
—¿De qué?
Ella dudó un segundo.
—De… personas malas.
El niño frunció el ceño. —¿Como en las historias?
Adrián intervino, con una leve sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Sí. Pero esta vez… nosotros somos los héroes.
El niño sonrió.
Pero Adrián no.
Pasaron los meses.
Uno tras otro.
Y nada.
Ningún ataque.
Ningún mensaje.
Ninguna señal.
El hombre de las sombras… había desaparecido.
Pero Adrián no confiaba en eso.
Nunca.
—Está esperando —decía constantemente—. Siempre espera.
Alina comenzaba a cansarse.
No del miedo.
Sino de la vida en alerta constante.
—No podemos vivir así para siempre —dijo una noche.
Adrián la miró en silencio.
—No podemos… pero tampoco podemos bajar la guardia.
—Nuestro hijo necesita una vida normal —insistió ella—. No puede crecer pensando que todo es peligro.
Adrián bajó la mirada.
Sabía que tenía razón.
Pero también sabía algo más.
—Prefiero que crezca protegido… que en peligro.
El tiempo siguió avanzando.
Hasta que se cumplió casi un año.
Un año desde la muerte de Lucas.
Ese día, el ambiente era distinto.
Pesado.
Emocional.
Adrián estaba de pie en el jardín, mirando el horizonte.
Alina se acercó lentamente.
—Un año…
Él asintió.
—Y seguimos sin respuestas.
Silencio.
—No podemos vivir con miedo —dijo Adrián finalmente.
Alina lo miró.
—Entonces no lo hagamos.
Esa noche, Adrián tomó una decisión.
—Quiero a los mejores investigadores —dijo en una reunión—. No importa el costo. No importa el tiempo.
Los presentes se miraron entre sí.
—Señor, ya hemos invertido—
—No es suficiente —interrumpió Adrián—. Quiero resultados.
Y así comenzó otra etapa.
Investigadores privados.
Expertos en rastreo.
Analistas.
Hackers.
Personas de todo tipo.
Todos con un solo objetivo:
Encontrar al hombre de las sombras.
Pero mientras más buscaban…
Más difícil se volvía.
No había registros claros.
No había identidad.
No había patrón.
Era como si…
Nunca hubiera existido.
—No es un error —dijo Adrián, frustrado—. Es alguien extremadamente inteligente.
Lucas lo habría dicho.
Lucas lo habría entendido.
Y eso lo hacía aún más personal.
Una noche, Adrián volvió a ver el video.
Solo.
Como siempre.
La figura.
La sombra.
El momento exacto.
Y entonces… uno de los investigadores le dijo que encontro algo.
Un detalle.
Pequeño.
Casi invisible.
Una marca en la ropa.
Un símbolo.
Adrián se inclinó hacia la pantalla.
—¿Qué es eso…?
Amplió la imagen.
Más.
Más.
Pero no era claro.
No lo suficiente.
Aun así…
Era algo.
Y eso…
Lo cambiaba todo.
Adrián sonrió levemente.
Por primera vez en meses.
—Te voy a encontrar… —susurró.
En ese mismo momento…
En algún lugar lejano…
Una figura en silla de ruedas observaba otra pantalla.
El mismo video.
El mismo momento.
Y una leve sonrisa apareció bajo la sombra de la capucha.
Porque el juego…
Nunca se había detenido.