En su vida pasada, Camila era una científica obsesionada con descubrir los secretos de la naturaleza. Ahora ha reencarnado como Xenia, una joven noble en un mundo lleno de magia… y para ella eso solo significa una cosa: nuevos experimentos.
Decidida a entender y dominar la magia como si fuera ciencia, convierte su vida en un laboratorio, creando pociones cada vez más imposibles y peligrosas.
Pero cuando el príncipe del reino empieza a aparecer constantemente en su laboratorio, Xenia descubre que, además de la magia, hay otro fenómeno que no logra explicar del todo: por qué el príncipe parece cada vez más interesado en ella… mientras ella solo piensa en su próximo experimento.
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Capítulo 12
Clark iba caminando detrás de Xenia con una montaña de cajas entre los brazos que prácticamente le bloqueaba toda la visión. En retrospectiva, quizá no había sido una buena idea decirles a los guardias que podían quedarse atrás para disfrutar del día con tranquilidad.
Aunque tampoco se arrepentía.
Después de todo, había logrado pasar varias horas acompañando a Xenia.
Incluso si ella parecía considerar aquello una desgracia.
—Creo que con esto es suficiente, ¿no? —comentó mientras intentaba equilibrar otra caja que amenazaba con caer—. ¿Qué tal si volvemos ya?
No obtuvo respuesta.
—Xenia.
Silencio.
Clark avanzó unos pasos más.
—Xenia.
Nada.
Frunció ligeramente el ceño.
Con cierta dificultad apoyó las cajas sobre un muro cercano y estiró el cuello para buscarla entre la multitud.
La calle seguía tan concurrida como antes.
Mercaderes.
Carretas.
Nobles.
Familias.
Niños corriendo.
Pero no había rastro de Xenia.
La sonrisa relajada que había llevado durante toda la tarde desapareció lentamente.
—Xenia.
Esta vez su voz sonó más seria.
Sus ojos recorrieron la calle una vez más.
Nada.
Una sensación desagradable comenzó a instalarse en su pecho.
No era normal.
Por mucho que Xenia quisiera ignorarlo, jamás se habría marchado sin decir nada.
Y menos dejando atrás todos los ingredientes que acababa de comprar.
Clark comenzó a caminar rápidamente.
Entró en la tienda donde habían estado minutos antes.
—¿Han visto a Lady Xenia?
El comerciante negó con la cabeza.
—Salió hace unos minutos, alteza.
Clark abandonó el local inmediatamente.
Probó en otro.
Y luego en otro más.
Nada.
La preocupación empezó a transformarse en algo más oscuro.
Algo mucho más peligroso.
A lo lejos distinguió a un guardia patrullando.
Fue directamente hacia él.
El hombre lo reconoció enseguida y realizó una reverencia.
—¡Alteza!
—Lleva estas cajas al carruaje que está en la Plaza del Laurel.
El guardia tomó los paquetes sin entender demasiado.
—Sí, alteza.
—Y avisa a mis hombres. Que vengan inmediatamente.
El tono de voz de Clark hizo que el guardia se pusiera rígido.
—¿Ha ocurrido algo?
—Lady Xenia ha desaparecido.
El hombre palideció.
—¡Enseguida!
Clark no esperó más.
Comenzó a recorrer las calles a toda velocidad.
Entró en callejones.
Preguntó a comerciantes.
Interrogó a vendedores ambulantes.
Buscó entre la multitud.
Nada.
Absolutamente nada.
Y eso era precisamente lo que más le preocupaba.
Porque si simplemente se hubiera alejado por su cuenta, alguien la habría visto.
Alguien habría dicho algo.
Pero era como si se hubiera desvanecido.
Cuando los guardias finalmente llegaron, encontraron a un Clark completamente distinto al que conocían.
Ya no quedaba ni rastro del príncipe relajado que sonreía por cualquier cosa.
Su expresión era fría.
Peligrosamente fría.
—Registren toda la zona.
—Sí, alteza.
—Cada tienda.
—Sí, alteza.
—Cada callejón.
—Sí, alteza.
—Y si alguien vio algo, tráiganmelo.
Los guardias salieron inmediatamente en todas direcciones.
Clark permaneció inmóvil unos segundos.
Observando las calles.
Pensando.
Analizando.
Entonces algo llamó su atención.
En el suelo.
Cerca de la entrada de un estrecho callejón.
Había una pequeña bolsa de tela.
La reconoció al instante.
Era una de las bolsas donde Xenia guardaba algunas hierbas delicadas para evitar que se dañaran durante el transporte.
Clark la recogió lentamente.
Sus ojos se oscurecieron.
Aquello no era una casualidad.
Definitivamente no.
Alzó la vista hacia el callejón.
Vacío.
Silencioso.
Y de repente comprendió algo.
Xenia no se había perdido.
La habían llevado.
Su mandíbula se tensó.
Por primera vez en mucho tiempo, Clark sintió una furia genuina creciendo dentro de él.
Porque aquella molesta alquimista que lo llamaba acosador.
Aquella joven que parecía más interesada en las pociones que en cualquier ser humano.
Aquella chica que nunca se impresionaba por su título.
Estaba en alguna parte.
Y alguien había sido lo suficientemente estúpido como para ponerle una mano encima.
—Encuéntrenla —ordenó con una voz tan fría que hizo estremecer incluso a sus propios hombres.
Los guardias se enderezaron inmediatamente.
—¡Sí, alteza!
Clark cerró la mano alrededor de la pequeña bolsa de tela.
Y en ese instante solo tuvo un pensamiento.
La persona responsable iba a arrepentirse profundamente de haber hecho aquello.
Mientras tanto, Xenia se encontraba en una situación que definitivamente no había planeado para aquella tarde.
El interior del viejo carruaje se sacudía constantemente debido al mal estado del camino, haciendo que su cabeza golpeara de vez en cuando contra la pared de madera. Tenía las muñecas atadas, una venda cubriéndole los ojos y un trozo de tela amordazándola, lo que convertía cualquier intento de orientarse en una tarea complicada.
Todo había ocurrido demasiado rápido.
Un momento estaba observando unos ingredientes raros en un puesto.
Al siguiente, alguien la había arrastrado hacia un callejón.
Había intentado gritar.
Había intentado forcejear.
Incluso había alcanzado a darle una patada bastante decente a uno de sus atacantes.
Pero después le habían colocado aquel extraño trapo sobre la nariz y la boca.
No la había dejado inconsciente por completo.
Solo lo suficiente para marearla y volver lentos sus reflejos.
Lo único útil que había conseguido hacer antes de que la subieran al carruaje había sido arrojar una de las pequeñas bolsas que llevaba consigo.
Esperaba que Clark la encontrara.
Aunque probablemente tardaría en darse cuenta de que había desaparecido.
Después de todo, iba prácticamente enterrado bajo una montaña de cajas.
La sola imagen hizo que Xenia quisiera suspirar.
Si hubiera podido.
Desde el exterior del carruaje llegaron varias voces.
—Fue más fácil de lo que pensé.
—Claro que sí. ¿Quién secuestra a una noble en pleno mercado acompañada solo por un hombre?
—Y ni siquiera parecía un guardaespaldas.
Algunos comenzaron a reír.
Xenia sintió una vena palpitarle en la frente.
Idiotas.
Si hubieran sabido a quién habían dejado atrás, probablemente estarían mucho menos relajados.
Porque Clark podía ser molesto.
Insufrible.
Entrometido.
Y completamente incapaz de entender las indirectas.
Pero también era un príncipe imperial.
Y no precisamente uno débil.
A medida que el carruaje avanzaba, Xenia intentó concentrarse en los sonidos.
Contó las curvas.
Los cambios de terreno.
El tiempo transcurrido.
Todo lo que pudiera ayudarla a identificar dónde la llevaban.
Viejas costumbres de científica.
Si no podía ver, recopilaría información de cualquier otra forma.
—¿Crees que el jefe estará satisfecho?
—Por supuesto.
—Pagó una fortuna.
Aquello llamó inmediatamente su atención.
¿Una fortuna?
Entonces esto no había sido un secuestro improvisado.
Alguien había planeado aquello.
Alguien con suficiente dinero para contratar criminales.
Y con suficiente interés en ella como para arriesgarse a secuestrar a la hija de un duque.
Xenia comenzó a repasar mentalmente posibles sospechosos.
¿Algún noble?
No.
Ni siquiera conocía a la mayoría.
¿Un comerciante?
Tampoco.
¿Alguna dama celosa?
Lo dudaba.
De repente el carruaje se detuvo.
Las voces afuera se apagaron.
Xenia sintió cómo alguien abría la puerta.
—Ya llegamos.
Unas manos la sujetaron por los brazos.
La hicieron bajar.
Sus zapatos tocaron tierra húmeda.
Podía oler madera vieja.
Polvo.
Y algo parecido a humedad acumulada.
Un almacén.
O una construcción abandonada.
La empujaron hacia adelante.
—Muévanse.
—El jefe quiere verla cuanto antes.
Xenia frunció el ceño detrás de la venda.
"El jefe".
Interesante.
Eso significaba que quien la había contratado estaba allí.
Muy cerca.
Y por primera vez desde que había comenzado aquel desastre, sintió verdadera curiosidad.
Porque quería ver la cara del genio absoluto que había decidido declarar la guerra simultáneamente a la familia Edevane, a la familia imperial y, probablemente, a Clark Viremont.
Realmente esperaba que tuviera una explicación extraordinaria para semejante nivel de estupidez.
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