León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
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Capitulo 14
León condujo a Mateo hasta el edificio modesto pero acogedor que albergaba la organización que, años atrás, lo había recogido cuando no le quedaba nada. Cuando creía que el mundo era solo un lugar cruel donde los alfas podían hacer lo que quisieran con omegas como él.
—Bienvenidos —dijo Martina, una mujer omega de mirada firme pero cálida, evidentemente la persona a cargo.
Sus ojos recorrieron a Mateo y se detuvieron un segundo de más. No hacía falta que preguntara. El aroma, la presencia, la forma de sostenerse. Alfa.
—Lo siento —se disculpó, aunque sin titubear—. Pero antes de entrar, deberás tomar supresores y llevar una etiqueta que indique que eres alfa. Es parte del protocolo de seguridad.
Mateo parpadeó, procesando. Una etiqueta. Como si fuera un objeto, como si su sola presencia fuera una amenaza potencial. Incómodo no alcanzaba a describirlo.
Pero miró a León, y entendió.
Aquí había omegas que habían sufrido lo que León había sufrido. Omegas que temblaban al sentir a un alfa cerca. Omegas que necesitaban esas medidas para sentirse a salvo. Esto no iba contra él. Iba a favor de ellos.
—Está bien —aceptó, con una calma que sorprendió incluso a Martina—. Lo entiendo.
León lo miró, y en sus ojos había algo que nunca antes había tenido cuando miraba a un alfa: gratitud. Y quizás, apenas empezando a asomarse, admiración.
—Lo lamento —susurró, casi sin voz, mientras Mateo se colocaba la pastilla y la etiqueta amarilla en el pecho que gritaba "ALFA" para que todos mantuvieran distancia.
Mateo sujetó su mano con ternura, ignorando las miradas de los omegas que los rodeaban, ignorando las reglas, ignorando todo excepto la necesidad de transmitirle calma.
—Está bien —repitió, apretando sus dedos—. No te preocupes. Lo comprendo. Y ahora solo importa que la madre de Kim esté a salvo.
León sintió que el corazón se le desordenaba. Otra vez. Siempre pasaba con Mateo.
...
En la oficina de Martina, la situación se explicó con urgencia. La madre de Kim, los años de abuso, el peligro inminente.
—Si la situación es tan grave como describen —dictaminó Martina, con la eficacia de quien ha hecho esto cientos de veces—, debemos hacer una intervención inmediata. No podemos esperar.
Mateo asintió y proporcionó la dirección. Los engranajes se pusieron en marcha. Hombres y mujeres de la organización, algunos omegas, algunos alfas que habían roto el ciclo, se preparaban para la extracción.
—Yo también iré —dijo León.
Mateo lo miró, y por primera vez en el día, su rostro mostró algo distinto a la calma: preocupación. Miedo.
—No —respondió, más firme de lo que esperaba—. Estás haciendo más que suficiente con traerme aquí, con ayudarnos. Tú no tienes que...
—Por favor —lo interrumpió León.
Y esa palabra, dicha así, con esa mezcla de vulnerabilidad y determinación, rompió todas las defensas de Mateo.
Porque no era un capricho. Era una necesidad. León necesitaba estar allí. Necesitaba ver que esta vez, a diferencia de lo que le pasó a él, la historia podía terminar diferente. Necesitaba ser parte de un final donde el omega ganaba.
Mateo asintió, rindiéndose.
—Pero te quedas detrás de mí —advirtió—. Siempre.
León no respondió. Pero por dentro, algo cálido se expandía.
...
La camioneta de la organización se detuvo frente a la casa. Y allí, en la puerta, acurrucada y temblando, estaba Kim.
Su rostro era un mapa de golpes. Un ojo morado, el labio partido, marcas en sus brazos. Pero lo que más dolió a Mateo fueron sus ojos. Vacíos. Derrotados.
—¡Kim! —gritó, bajando del vehículo antes de que este se detuviera por completo.
Corrió hacia ella y la abrazó con tal fuerza que por un momento Kim temió quebrarse en pedazos. Pero no. El abrazo la sostuvo. La mantuvo entera.
—Todo estará bien —susurró Mateo contra su cabello—. Estamos aquí. Ya estamos aquí.
Kim rompió a llorar, aferrándose a él como si fuera su última esperanza.
León observó la escena desde la camioneta, y por un instante, vio a Mateo con otros ojos. No solo como el alfa que lo quería a él. Sino como el alfa que era: un protector nato, un hombre bueno, alguien que corría hacia el peligro en lugar de huir.
Kim se separó lo suficiente para mirarlo, y luego, con mano temblorosa, abrió la puerta de su casa.
Adentro, el caos ya había comenzado. Los hombres de la organización se enfrentaban a los secuaces del padre de Kim. Golpes, gritos, forcejeos. Pero Mateo, León y Kim solo tenían un objetivo: la habitación principal.
Subieron las escaleras a toda prisa, esquivando el combate. Cuando llegaron a la puerta, Mateo la abrió de una patada.
La escena los heló.
El padre de Kim se estaba abrochando la camisa, con una sonrisa satisfecha en el rostro. En la cama, la madre de Kim yacía hecha un ovillo, temblando, rota.
—Tú encárgate de la omega —ordenó Mateo a León, con una voz que nunca antes le había escuchado—. Yo me encargo de que nadie los toque.
León asintió y se movió rápido, rodeando a la madre de Kim con sus brazos, ayudándola a levantarse, guiándola hacia la puerta.
—¡Oye! —el padre de Kim intentó interponerse, pero Mateo fue más rápido.
Una patada en el estómago lo dobló en dos. Y cuando los secuaces intentaron acercarse, Mateo los enfrentó a todos. Golpe tras golpe, sin detenerse, sin permitir que nadie se acercara a la puerta por donde León escapaba con la omega.
León, mientras corría hacia la salida con la madre de Kim en brazos, volteó una sola vez.
Vio a Mateo. Sangrando. Agotado. Superado en número. Pero de pie. Defendiendo la retirada. Defendiendo a los que no podían defenderse.
Algo se encendió en su pecho.
...
Cuando todos estuvieron a salvo en la camioneta, cuando las puertas se cerraron y el vehículo arrancó alejándose de esa casa maldita, Kim abrazó a su madre y lloró. Lloró todo el dolor de los años, toda la impotencia, todo el miedo.
Pero también lloró de alivio. Porque su madre estaba viva. Porque estaba a salvo. Porque por fin, después de tanto tiempo, alguien había venido a rescatarlas.
En el asiento delantero, Mateo respiraba entrecortadamente, magullado y agotado. Pero cuando sintió la mirada de León sobre él, volteó.
Sus ojos se encontraron.
—Muchas gracias —dijo Kim desde atrás, dirigiéndose a León—. Gracias por ayudarnos.
León asintió distraídamente, pero su mirada no se despegaba de Mateo.
Lo había visto pelear. Lo había visto sangrar. Lo había verlo arriesgarlo todo por personas que ni siquiera eran su familia. Lo había visto protegerlo a él, a León, con una ferocidad que no sabía que existía en los alfas.
Y por primera vez, sin reservas, sin miedos, sin las cadenas del pasado...
Lo admiró.
No como a un alfa soportable. No como a un alfa diferente.
Como a un hombre valiente. Como a alguien por quien valía la pena dejar de tener miedo.
Mateo notó el cambio en sus ojos. Esa chispa nueva, ese brillo distinto. Y aunque su cuerpo dolía y su rostro estaba golpeado, sonrió.
Una sonrisa cansada, dolorosa, pero auténtica.
León sintió que el corazón se le aceleraba.
Y en esa camioneta, mientras se alejaban del infierno y se dirigían hacia un futuro incierto pero esperanzador, algo entre ellos cambió para siempre.
Ya no era solo Mateo esperando.
Ya no era solo León huyendo.
Era algo nuevo. Algo frágil pero real.
Algo que, por primera vez, ambos querían proteger.
espero el siguiente capítulo