Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
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Capitulo 13
Saori se sentó en la penumbra del laboratorio, la punta del bolígrafo suspendida sobre el papel. Las imágenes de la segunda novela, El Despertar del Titán, golpeaban su mente como fragmentos de un espejo roto. No recordaba la historia completa, solo escenas angustiantes que le erizaban el vello de los brazos.
Recordó a Alexander Walker. Un hombre que, en la ficción, era el epítome de la perfección militar; eficiente, frío y letal. El "hombre más fuerte del país". Pero lo que le quitaba el aliento a Saori no era la figura del héroe, sino el evento que lo cambió todo: el Destello de los Mil Soles.
—El cielo... —susurró Saori, cerrando los ojos con fuerza—. Primero brilló como si el sol hubiera explotado, y luego la oscuridad se lo tragó todo.
Recordó la descripción de cómo el mundo entero cayó en un sueño profundo y antinatural. No fue una enfermedad, fue una pausa global. Y cuando Alexander despertó, ya no estaba en el mundo que conocía. Sus camaradas, aquellos que no despertaron, yacían en sus literas con rostros de una calma inquietante, mientras sus cuerpos servían de abono para lo que venía.
Un gemido agudo la sacó de sus pensamientos.
Max, que se había instalado en una esquina del laboratorio, empezó a sollozar. El enorme Rottweiler rascaba el suelo de metal con una desesperación rítmica, sus uñas emitiendo un chirrido insoportable contra el acero. Sus orejas estaban gachas y su nariz no dejaba de moverse, olfateando el aire que circulaba por los conductos de ventilación.
—¿Qué pasa, Max? —preguntó Saori, acercándose con cautela.
El animal la miró con ojos cargados de un terror primario. Los animales, con sus sentidos afinados, podían sentir los cambios en la presión atmosférica y las vibraciones del suelo mucho antes que cualquier sensor humano. Para Max, el búnker ya no olía a refugio; olía a encierro frente a una tormenta que no podían ver.
Saori volvió a su cuaderno, su escritura volviéndose errática.
OLA 1: EL SUEÑO. OLA 2: EL DESPERTAR MUTANTE.
Recordó la primera batalla de Alexander: un ciempiés gigante, del tamaño de un vagón de tren, que había convertido la sede de investigación en su nido. La mutación no era solo biológica, era una distorsión de la escala natural. Si esa novela se estaba fusionando con la de los zombies, los caminantes no serían el peligro más grande; serían simplemente la base de la cadena alimenticia para algo mucho más voraz.
—Si Alexander Walker existe en este mundo —pensó Saori, apretando el bolígrafo hasta que la tinta empezó a manchar sus dedos—, tengo que encontrarlo. O al menos, tengo que preparar el búnker para el momento en que el cielo brille y todos los demás se duerman.
Miró a Max, que ahora se ocultaba bajo una de las mesas de metal, temblando. El aire en el búnker se sentía de repente más pesado, cargado de una electricidad estática que hacía que su piel picara. La fusión no era una posibilidad; era un cronómetro en marcha.
Saori sintió un escalofrío al acariciar el lomo de Max. Sus dedos se hundieron en el pelaje denso del Rottweiler mientras los fragmentos de la novela El Despertar del Titán encajaban en su mente con la precisión de un rompecabezas sangriento.
En aquella historia, los perros no solo sobrevivieron; se convirtieron en los nuevos arquitectos del orden biológico. Al haber convivido milenios con el hombre, su evolución no fue solo física, sino cognitiva. Recordó descripciones de manadas con una inteligencia casi humana, perros cuyos músculos se volvían densos como el caucho y cuyos sentidos podían detectar una mutación vegetal a kilómetros de distancia. Max, con su lealtad inquebrantable, podría transformarse en algo mucho más poderoso... o en un depredador que ella no sería capaz de controlar.
El sonido del somier chirriando arriba la sacó de su trance. Sora se estaba levantando.
Con movimientos rápidos y precisos, Saori dobló las hojas donde había garabateado los puntos clave de la segunda novela y las ocultó bajo una pila de manuales técnicos. No podía arriesgarse a salir hoy. El plan original de ir a la farmacia con Near se sentía ahora como una sentencia de muerte. Si el "Destello de los Mil Soles" ocurría mientras estaban en campo abierto, quedarían a merced de las plantas que empezaban a despertar y de los animales que no tardarían en reclamar las calles.
—Es raro verte despierta tan temprano —dijo Sora, bajando de la litera con el cabello revuelto y la voz ronca por el sueño—. ¿Está todo bien? ¿Pasó algo con Max o la bebé?
Sora se acercó, frotándose los ojos, y notó la rigidez en los hombros de su hermana. En el laboratorio, el aire se sentía cargado, casi eléctrico.
—Todo está bajo control —mintió Saori, forzando una calma que no sentía. Se volvió hacia él, bloqueando con su cuerpo el lugar donde había escondido sus notas—. Solo... he estado pensando en la logística. He decidido que hoy no saldremos.
Sora frunció el ceño, deteniéndose a medio camino.
—¿Qué? Ayer estabas decidida. Dijiste que necesitábamos medicinas y suministros para la niña con urgencia. ¿Por qué el cambio de planes tan repentino?
—El clima —respondió ella, señalando los monitores donde la lluvia seguía cayendo con una intensidad antinatural—. La presión está bajando demasiado rápido y el comportamiento de Max me preocupa. Los animales presienten las catástrofes antes que los radares, Sora. Algo viene. Algo mucho más grande que una simple tormenta o unos cuantos muertos vivientes.
Sora miró a Max, que seguía oculto bajo la mesa de metal, emitiendo un gruñido sordo y vibrante que parecía responder a algo que solo él podía escuchar. La atmósfera en el búnker se volvió pesada, y por primera vez, Sora no discutió. La seguridad de su hermana era su prioridad, pero la chispa de duda en sus ojos le decía a Saori que él también empezaba a sentir que el mundo que conocían estaba a punto de desaparecer bajo un brillo cegador.
Saori observó a Sora por un instante. Ahora entendía por qué se había encariñado tan rápido con los niños; en el fondo, su instinto de protección hacia Yuuta se reflejaba en cada pequeño que rescataban.
—Sí... pero les contaré los detalles después —dijo ella, tratando de disimular el temblor de sus manos—. Primero prepararé algo de comer.
Improvisó una comida sencilla mientras Sora se concentraba en alimentar a la pequeña Tesha con la jeringa. El nombre, sugerido por Naoko, parecía flotar en el aire como un amuleto: "Sobreviviente". Era exactamente lo que necesitaban ser.
Al sentarse a la mesa, el silencio se volvió denso. Saori dejó la cuchara a un lado y miró a cada uno de los presentes.
—No saldremos por un tiempo —sentenció.
Sora dejó de atender a la bebé y la miró con una mezcla de alivio y confusión.
—¿Podemos saber por qué el cambio de opinión? —preguntó él, suavizando la voz—. No me molesta, de hecho me tranquiliza, pero me gustaría entender qué es lo que te tiene tan preocupada.
Saori respiró hondo. Les contó lo que "había soñado", omitiendo el hecho de que eran recuerdos de su vida pasada para no abrumarlos con conceptos de reencarnación. Solo Naoko, quien compartía su secreto, palideció al comprender que la trama de la segunda novela estaba a punto de colisionar con su realidad.
—No puede ser... —susurró Naoko, abrazando a Tesha con más fuerza.
—Esta vez no puedo prometer que los salvaré a todos —confesó Saori, con la voz quebrada—. Una vez que nos quedemos dormidos, nadie sabe quién despertará y quién no.
—No te sientas mal, hermana —intervino Yuuta, acercándose para tomar su mano—. Pase lo que pase, estamos juntos.
Saori sintió un nudo en la garganta. Sus emociones estaban a flor de piel; el miedo a perder esta segunda oportunidad de tener una familia la consumía. Siguiendo el plan, llevaron a Max al pequeño laboratorio médico del búnker. Era un área reforzada con cristales a prueba de balas y cierres herméticos. Si Max mutaba y perdía su rastro de humanidad, el cristal los protegería; si evolucionaba y mantenía su lealtad, ese sería su santuario.
Max pareció entender la gravedad de la situación. Entró en la sala y se echó en el suelo de metal, mirando a Saori a través del cristal con una inteligencia triste y profunda.
El resto del día transcurrió en una tensa calma. Saori se quedó un rato observando desde el laboratorio. A través del cristal veía a Yuuta jugando con Azami y Yair, intentando mantener la inocencia en medio del fin del mundo. Naoko mecía a Tesha, y Sora, junto a Near, no apartaba la vista de los monitores de vigilancia.
—¿Por qué tan pronto? —susurró Saori cuando el grito de Sora la hizo saltar.
—¡Saori, ven a ver esto!
Corrió hacia la consola principal. En las pantallas, el mundo exterior fue devorado por un resplandor blanco tan intenso que las cámaras de seguridad casi se queman. No era un rayo, era como si el universo entero hubiera encendido una lámpara de magnesio sobre sus cabezas. Segundos después, la luz fue succionada por una oscuridad absoluta. El sol simplemente se apagó.
—Está pasando... —dijo Saori, sintiendo un frío repentino que nacía desde sus pies.
Regresó corriendo al cristal del laboratorio.
—Hasta pronto, Max —murmuró, apoyando la palma de su mano contra el vidrio.
De repente, el agotamiento la golpeó como una maza de plomo. Sus párpados pesaban toneladas. Vio cómo Sora se desplomaba suavemente sobre la silla y cómo Near caía al suelo sin poder evitarlo. Los niños se quedaron dormidos sobre la alfombra, sumidos en un letargo instantáneo y antinatural.
Saori sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Lo último que escuchó fue el zumbido de los ventiladores del búnker antes de que la oscuridad total la reclamara, arrastrándola al sueño del que solo los más fuertes despertarían.