Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.
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Capítulo 1: El eco de un suspiro
El gimnasio del colegio olía a una mezcla barata de ponche de frutas, laca para el cabello y una desesperación adolescente que se podía cortar con un cuchillo. Mateo se ajustó la corbata por décima vez frente al espejo del baño, sintiendo que la seda le apretaba el cuello como una soga.
—Estás impecable, Matt. Solo es una noche —se mintió a sí mismo.
Al salir, las luces de neón azules y violetas lo bañaron, creando sombras largas sobre las paredes decoradas con estrellas de cartón. A lo lejos, vio a su "cita", Lucía, riendo con un grupo de amigas. Ella era su escudo, el camuflaje perfecto que había usado durante tres años para que nadie hiciera las preguntas correctas.
Pero entonces, el aire se volvió denso.
Adrián entró al gimnasio.
No caminaba, simplemente se desplazaba con la confianza de quien sabe que el mundo le pertenece por derecho de nacimiento. Llevaba el traje negro con una elegancia descuidada, la camisa ligeramente abierta en el cuello y esa sonrisa que Mateo había memorizado en cada clase de álgebra.
“No lo mires,” se ordenó Mateo. “No busques sus ojos.”
Fue inútil. Como si existiera un hilo invisible tensándose entre ambos, Adrián giró la cabeza y sus miradas chocaron. Por un segundo, el ruido de la música de reggaetón y las risas desapareció. Mateo sintió ese vuelco en el estómago, esa mezcla de adoración y terror que lo quemaba por dentro.
—¿Vas a quedarte ahí parado como un pasmarote o vas a invitarme a un trago? —La voz de Adrián, profunda y cargada de una ironía juguetona, lo sacó del trance. Se había acercado sin que Mateo se diera cuenta.
—Pensé que estarías ocupado siendo el rey de la fiesta —respondió Mateo, forzando una sonrisa de suficiencia que no sentía.
—El trono aburre si no hay nadie interesante con quien compartirlo —Adrián dio un paso más, invadiendo el espacio personal de Mateo. El olor a sándalo y lluvia de su colonia era embriagador—. Te ves diferente esta noche, Mateo. Como si estuvieras a punto de saltar al vacío.
Mateo sintió el sobre en su bolsillo interior. Una nota pequeña, escrita a mano, con la verdad que había enterrado durante años. Sus dedos rozaron el papel. El corazón le martilleaba las costillas con tanta fuerza que temió que Adrián pudiera oírlo.
—Tal vez lo haga —susurró Mateo, su voz apenas un hilo—. Tal vez esta noche deje de fingir.
Adrián arqueó una ceja, su mirada oscureciéndose con algo que Mateo no pudo descifrar: ¿era curiosidad o una advertencia? Antes de que pudiera responder, un grupo de jugadores de fútbol rodeó a Adrián, llevándoselo entre vítores y palmadas en la espalda.
Mateo se quedó solo en la penumbra del borde de la pista. El plan estaba en marcha. No sabía que, en las sombras, alguien más lo observaba, y que la valentía que sentía florecer en su pecho era, en realidad, la primera ficha de dominó cayendo hacia un abismo de traición.