Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.
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Capítulo 15: La palabra prohibida
11 de agosto de 1950 – 02:47 a. m.
Los niños hablan a la vez
La madrugada en San Jerónimo del Río era helada. El orfanato estaba sumido en un silencio grave
hasta que, de pronto, todos los niños se incorporaron en sus camas al mismo tiempo.
Sus ojos estaban en blanco. Sus bocas se abrieron y dejaron escapar una palabra imposible. No era
un idioma humano: un sonido áspero, húmedo, como el roce de carne contra carne.
Elena se despertó sobresaltada. Sintió que aquella sílaba se incrustaba en su memoria como un hierro
candente. No podía repetirla, pero sabía que jamás podría olvidarla.
El viento golpeó una ventana del dormitorio con tal fuerza que el vidrio se astilló. Afuera, la noche
parecía más negra que nunca.
Jacinta y el eco del monstruo
11 de agosto de 1950 – 03:12 a. m.
En el pasillo, Jacinta estaba de pie, observando la escena con calma. En su mano sostenía un viejo
crucifijo como si fuera un juguete.
Una voz vibró dentro de su cabeza:
monstruo/entidad —“Pronto no necesitaré sus cuerpos… me bastarán sus recuerdos.”
Jacinta sonrió.
Jacinta —Que todos recuerden… siempre.
El padre Mauricio sube al ático
11 de agosto de 1950 – 04:05 a. m.
Un golpe seco en el techo lo había despertado. Con una lámpara de aceite en mano, el Padre Mauricio
subió al ático.
El olor era extraño: no a polvo, sino a tinta fresca mezclada con humedad. Entre muebles cubiertos por
sábanas y baúles rotos, lo vio.
En el suelo yacía un cuerpo. No era humano. Era una figura hecha enteramente de páginas cosidas,
con venas de tinta que se escribían y borraban sin cesar.
Los “ojos” se abrieron: dos huecos negros que parecían absorber la luz.
La decisión de quemarlo
11 de agosto de 1950 – 04:18 a. m.
Temblando, Mauricio lo levantó. El cuerpo no se resistió: se dejó cargar, como si lo invitara a actuar.
Lo llevó al patio trasero, encendió una pila de madera y lo arrojó al fuego.
El viento ululaba, como si protestará. Las páginas comenzaron a retorcerse… pero en lugar de
consumirse, temblaron violentamente.
Un grito seco, sin garganta, atravesó la noche. Las hojas se arrancan solas y volaron en espiral hacia
el cielo, antes de dispersarse por todo el edificio.
El retorno al diario
11 de agosto de 1950 – 04:21 a. m.
Las páginas arrancadas atravesaron paredes, ventanas y muros. Todas se dirigieron hacia la
habitación de Elena.
El diario en su regazo se abrió de golpe. Una a una, las páginas ardientes fueron absorbidas. La tapa
se oscureció como si sangrara tinta hirviendo.
Elena lo sostuvo con ambas manos, sintiendo el peso multiplicarse. El libro ya no era suyo. Ya no era
un cuaderno.
Era un corazón latiendo.
Elena y el diario único
11 de agosto de 1950 – 05:02 a. m.
Cuando Elena abrió el diario, no encontró sus notas. Solo pensamientos escritos con su propia letra,
pero que no eran suyos:
“Soy más fuerte. Gracias por devolverme.”
“Soy memoria. Soy lo que ustedes no olvidan.”
“Soy lo que queda cuando el tiempo se rompe.”
Al leer esas frases, Elena comprendió algo aterrador: la quema no había destruido nada. Solo lo había
hecho regresar con más fuerza.
Los niños inventan recuerdos
11 de agosto de 1950 – 06:40 a. m.
Al amanecer, en el comedor, los niños comenzaron a relatar cosas que jamás habían ocurrido.
Uno hablaba de paseos con “el amigo alto” en un patio inexistente.
Otro aseguraba haber celebrado cumpleaños con él.
Una niña lloró porque decía que el monstruo le había prometido que nunca la olvidaría.
Los relatos eran tan coherentes y detallados que cualquiera habría jurado que eran reales.
Elena supo que no eran recuerdos. Eran semillas plantadas por el monstruo.
Jacinta alimenta la memoria
11 de agosto de 1950 – 08:15 a. m.
Jacinta reunió a varios niños en la capilla. Les entregó hojas en blanco y lápices.
Jacinta —Dibujen a nuestro amigo. No lo olviden nunca. Si lo olvidan, se pondrá triste.
( nota esta no es la verdadera forma del monstruo/entidad es solo como la ven los niños a él)
Uno por uno, los dibujos iban formando una figura más definida. Un cuerpo torcido, alto, sin rostro,
cosido de sombras.
Cuando terminaron, la figura parecía casi completa.
Jacinta acarició los papeles como si fueran un altar.
La grieta en la pared
11 de agosto de 1950 – 09:50 a. m.
En el comedor, una pared comenzó a agrietarse lentamente. No caía polvo. De la grieta fluía una
sustancia negra, líquida, viscosa como tinta.
Los niños la tocaron y sonrieron, como si fuera un juego.
Elena se alejó, helada. Tenía la certeza de que aquella sustancia no estaba saliendo. Estaba entrando.
Mauricio enfrenta a Jacinta
11 de agosto de 1950 – 11:10 a. m.
En la capilla, el padre irrumpió con furia.
padre Mauricio —¡¿Qué has hecho, niña?!
Jacinta lo miró con calma.
Jacinta —Solo estoy cuidando a los niños. Él también quiere cuidarlos.
padre Mauricio —Él se alimenta de ellos…
Jacinta —Y tú también —replicó Jacinta—. Solo que con otras palabras.
El crucifijo en la mano del padre tembló. La sombra detrás de Jacinta se dibujó en la pared,
agarrándose como si la respaldara.
El monstruo toma voz propia
11 de agosto de 1950 – 11:45 a. m.
Esa mañana, desde cada rincón del orfanato, una voz habló al unísono.
No era un niño. No era un adulto. Era la voz del papel arrugado y la tinta derramada:
“No pueden quemarme. No pueden enterrarme. Solo pueden recordarme…
y al recordarme, me hacen eterno.”
Elena escribe las instrucciones
11 de agosto de 1950 – 11:58 a. m.
En su habitación, Elena tomó el diario y comenzó a escribir. No sabía si era ella o la criatura quien guiaba su mano.
“A quien lea estas páginas… este ser no es carne ni hueso. Es recuerdo. Vive en la tinta, en las voces,
en los sueños. Se alimenta del dolor y del caos. Cada vez que alguien lo menciona, su sombra se hace más real.
Si yo no lo derroto, tú debes hacerlo. Solo existe una forma: que nadie lo recuerde. Ni una palabra, ni
una línea, ni un pensamiento. Debe morir en el olvido absoluto.”
Una gota de cera cayó sobre la hoja, marcando la advertencia como un sello.
Cerró el diario. Lo guardó bajo el suelo. Pero sabía que no serviría de nada.
La confesión del monstruo a Jacinta
11 de agosto de 1950 – 12:20 p. m.
En la capilla vacía, Jacinta escuchó la voz con claridad:
monstruo/entidad —“Mi cuerpo fue disuelto y destruido… lo hizo él.”
Jacinta —¿El padre Mauricio?
monstruo/entidad —“Sí. Quemó lo que no podía comprender. Pero todo lo que soy ahora vive en la
tinta… y en las manos de la niña.”
Jacinta apretó los puños. Una sonrisa amarga le cruzó el rostro.
Jacinta reclama a Mauricio
11 de agosto de 1950 – 13:00 p. m.
Entró al despacho sin pedir permiso.
Jacinta —¿Quién te crees para destruir lo que no entiendes?
El padre la miró con cansancio.
padre Mauricio —Intentaba salvarnos.
Jacinta —¡Lo estabas matando!
En la pared detrás de ella, la sombra del monstruo se dibujó.
No era Jacinta quien hablaba.
Era la voz de otra cosa usando su boca.