Felicity siempre ha vivido para servir a su familia.. Pero, ahora cuando se siente madura y en paz, tiene la posibilidad de volver a empezar..
* Esta novela es parte de un universo mágico *
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Feli
Así pasaron los años, de manera silenciosa y constante, como el paso de las estaciones sobre la mansión Dagger.
Florence creció entre pasillos amplios y jardines antiguos, siempre cerca de Felicity. Donde iba una, iba la otra. La diferencia de edad nunca se sintió como una distancia, sino como un lazo profundo, casi maternal, tejido con paciencia, rutinas y pequeños gestos cotidianos.
Cuando llegó el momento de enseñarle a leer, Felicity no delegó aquella tarea.
Preparaba las lecciones con cuidado, sentándose junto a Florence en una mesa baja cerca de una ventana por donde entraba la luz de la mañana. Usaba libros antiguos, pero también hojas sueltas con letras grandes que ella misma había copiado, adornándolas con pequeños dibujos para hacerlas más cercanas y menos intimidantes.
—Esta es la A —decía con suavidad, tomando la mano pequeña de Florence—. Suena como cuando empezamos a decir “amor”.
Florence fruncía el ceño, concentrada, moviendo los labios con esfuerzo. A veces se equivocaba, a veces se frustraba, pero Felicity nunca levantaba la voz. Repetía, explicaba de otra manera, inventaba historias donde cada letra era un personaje, un amigo, un refugio.
Si la niña se cansaba, Felicity cerraba el libro sin reproches.
—Aprender también necesita descanso —le decía, peinándole el cabello con los dedos—. No hay prisa.
En esos momentos, Florence apoyaba la cabeza en su hombro y la llamaba, como lo hacía desde pequeña..
—Feli.
Y Felicity sentía que todo el peso de los años, de las responsabilidades asumidas demasiado pronto, valía la pena solo por escuchar esa voz confiada.
A veces la pierna le dolía más de lo habitual y debía acomodarse con cuidado, pero jamás dejó que Florence lo notara como una carga. Convertía las pausas en cuentos, los silencios en abrazos, las tardes largas en instantes de complicidad.
Así, letra a letra, palabra a palabra, Florence aprendió a leer no solo los libros, sino también la paciencia, la ternura y el amor. Y Felicity, sin darse cuenta, encontró en esa enseñanza una forma de sanar.. no su cuerpo, pero sí algo más profundo.
Porque al enseñarle a Florence a leer, Felicity también le enseñaba —sin decirlo— que el mundo podía ser difícil, pero que siempre habría alguien dispuesto a acompañarte con cariño en cada paso.
Con el tiempo, Felicity comprendió que no bastaba con sostenerlo todo sola. Había aprendido a hacerlo, sí, pero también había aprendido —a fuerza de silencios y ausencias— que su padre y Florence se estaban perdiendo mutuamente.
No lo confrontó. Nunca lo hacía de forma directa.
Una tarde, mientras el barón Ferdinand Dagger revisaba informes en su despacho, Felicity se acercó con paso cuidadoso, apoyándose levemente en el bastón que usaba en los días en que el dolor era más intenso. Florence la seguía, curiosa, aferrada a su mano.
—Padre —dijo Felicity con respeto—, me preguntaba si podrías enseñarle a Florence algunas nociones básicas sobre las cuentas de la casa.
El barón levantó la vista, sorprendido.
—¿A la niña? —preguntó, mirando a Florence con cierta inseguridad, como si temiera romper algo frágil con solo observarlo demasiado de cerca.
—Sí —respondió Felicity con serenidad—. No ahora de forma compleja, claro… pero entender números, registros, el valor del orden. Le será útil cuando crezca. Y a mí también me ayudaría.
No mencionó el verdadero motivo. No habló del vacío, ni del parecido doloroso con su esposa, ni de la distancia que había crecido entre padre e hija menor. Felicity sabía que al barón no se le empujaba hacia el afecto.. se le guiaba.
Tras un largo silencio, Ferdinand asintió.
—Está bien —dijo finalmente—. Puede sentarse con nosotros… si lo desea.
Florence abrió los ojos con asombro y miró a Felicity, buscando confirmación. Ella sonrió y le apretó suavemente la mano.
Así comenzaron aquellas tardes compartidas.
Florence se sentaba en una silla demasiado grande para ella, con los pies colgando, mientras el barón le mostraba libros de cuentas, monedas, registros de ingresos y gastos. Al principio hablaba poco, de manera estricta, casi mecánica. Pero la niña escuchaba con atención genuina, haciendo preguntas simples, sin miedo.
—¿Por qué este número es más grande?
—¿Y este significa que entró dinero o que salió?
Poco a poco, la rigidez del barón fue cediendo.
A veces corregía con paciencia. Otras, sonreía sin darse cuenta cuando Florence lograba entender algo a la primera. En más de una ocasión, Felicity los observó desde un rincón del despacho, fingiendo revisar papeles, pero con el corazón aliviado al verlos compartir algo, aunque fuera pequeño.
Ferdinand aún evitaba cargar a Florence en brazos. Aún le dolía mirarla demasiado tiempo. Pero ahora la llamaba por su nombre con más frecuencia. Le reservaba un asiento. Le explicaba una cosa más de la necesaria.
No era cercanía plena. No era la familia que habían sido antes.
Pero era un comienzo.
Y Felicity, que había aprendido a valorar los avances silenciosos, supo que aquello ya era una victoria.
Cuando Florence cumplió diez años, la mansión Dagger volvió a llenarse de un silencio distinto, uno cargado de miedo.
Todo comenzó como una fiebre leve, casi insignificante. Florence insistía en que estaba bien, sonreía con esfuerzo y decía que no quería faltar a sus lecciones. Pero en cuestión de días, la fiebre aumentó, su piel perdió color y su respiración se volvió débil, irregular. Los médicos iban y venían, murmurando diagnósticos imprecisos, recetando infusiones, reposo, esperanza.
Felicity no se movió de su lado.
Trasladó sus papeles al dormitorio de Florence, durmió sentada en una silla junto a la cama, con la mano siempre entrelazada con la de su hermana. Le refrescaba la frente con paños húmedos, le daba de beber cucharadas pequeñas cuando apenas podía tragar, y le hablaba en voz baja incluso cuando la niña no parecía escuchar.
—Estoy aquí, Feli está aquí —repetía—. No tienes que hacer nada más que descansar.
Hubo noches en que Florence deliraba, llamando a su madre, confundiendo los rostros, llorando sin fuerzas. En esos momentos, Felicity sentía que el pecho se le rompía en silencio. Recordaba el funeral, la carta, la promesa implícita de cuidar de todos… y el terror de fallar ahora, cuando más importaba.
No comía casi nada. No descansaba. Si el cansancio la vencía por unos minutos, despertaba sobresaltada, convencida de que algo había cambiado.
El barón Dagger entraba al cuarto con cautela, como si temiera perturbar algo sagrado. Se quedaba de pie, observando a sus hijas en silencio. A veces Felicity notaba que sus manos temblaban. Otras, que se llevaba los dedos al anillo de bodas que aún no se quitaba.
Pero era Felicity quien sostenía el peso diario.
Le leía en voz alta los libros favoritos de Florence, incluso cuando la niña apenas abría los ojos. Le describía el jardín, los cambios del clima, pequeñas cosas cotidianas, como si esas palabras fueran cuerdas que la ataran a la vida.
Pasaron semanas, luego meses.
El invierno cedió lentamente, y con él, la enfermedad. La fiebre comenzó a bajar, la respiración se hizo más firme, y un día, Florence logró sonreír de verdad. Débil, pero real.
—Feli… —susurró—. Sabía que no te irías.
Felicity tuvo que girar el rostro para que no viera las lágrimas que por fin se permitía soltar.
La recuperación fue lenta, pero constante. Florence volvió a caminar por la mansión, primero con ayuda, luego sola. El color regresó a sus mejillas. La risa, tímida al principio, volvió a escucharse entre los muros que habían conocido demasiado dolor.
Y cuando por fin los doctores confirmaron que estaba fuera de peligro, Felicity sintió algo nuevo.. no alivio solamente, sino una gratitud profunda y silenciosa.
Habían sobrevivido.
Una vez más, el amor paciente había sido más fuerte que el miedo.
... pero me gustaría que colocarán una imagen de él... aún no lo describen del todo... cómo es su cara... falta una imagen