Tras ser brutalmente traicionada por su compañera y su objetivo en una misión de alto riesgo, la letal agente Jannet Cayswell muere en un accidente orquestado. Despierta en el cuerpo de Zafiro Lawrence, la heredera de una Casa Noble en un imperio de corte de época antigua, con toques mágicos. Atrapada en una vida de etiqueta y política palaciega, Zafiro debe fingir la amnesia para sobrevivir mientras domina sus nuevas habilidades y el funcionamiento de este mundo.
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Capítulo 07
Zafiro suspiró, sintiendo una náusea momentánea. «En la otra vida, me dejé engañar por esas palabras. Qué estúpida fui», pensó. Pero el sentimiento fue reemplazado rápidamente por una determinación de acero.
—Ese tipo me da asco —dijo Liam—. Hay algo en él... algo podrido. No sé por qué lo tolerabas antes. —Comentó con asco.
—Estaba ciega, Liam. Pero mis ojos están bien abiertos ahora. —Le respondí con su mismo tono.
—Más te vale —Liam la tomó del hombro, guiándola hacia el balcón que daba a los jardines reales—. Ven, necesitas aire antes de que el Rey dé su discurso. Y aléjate de las sombras, no quiero que Ethan te encuentre a solas otra vez.
Zafiro se rió. Liam era un dolor de cabeza con su protección, pero era el amor que ella nunca había tenido en su vida como Jannet. Sin embargo, su plan requería estar a solas con Ethan. Necesitaba consolidar esa alianza, y admitía para sí misma que el juego de seducción con el Príncipe era la parte más emocionante de su nueva existencia.
Aprovechando que Liam fue detenido por Cristina Seaworth, una joven noble que buscaba llamar su atención, Zafiro se escabulló por los pasillos laterales del palacio. Sabía que Ethan la estaría buscando. Conocía a los hombres como él; no dejarían una presa a medio camino.
Llegó a una terraza apartada, decorada con estatuas de antiguos reyes y rodeada de enredaderas de jazmín que desprendían un aroma embriagador. El aire fresco de la noche golpeó su rostro, aliviando el calor del salón.
—Sabía que vendrías aquí —dijo una voz profunda desde la oscuridad.
Ethan salió de detrás de una columna. Se había quitado la capa y la chaqueta formal, quedando solo en una camisa de seda blanca con los primeros botones desabrochados. Se veía más humano, pero también más peligroso.
—Me estás siguiendo, Alteza —dijo Zafiro, apoyándose en la barandilla de piedra.
—Te estoy protegiendo —corrigió él, caminando hacia ella con pasos lentos y pesados—. Y también estoy cumpliendo mi promesa. Te dije que el último baile sería mío.
—Aún no es el final de la noche —respondió ella, girándose para enfrentarlo.
Ethan se detuvo frente a ella, a menos de un palmo de distancia. El contraste entre ellos era asombroso: ella, menuda y elegante en su seda azul; él, una torre de poder y control. Ethan levantó la mano y, esta vez, no pidió permiso. Sus dedos recorrieron el contorno del hombro de Zafiro, bajando por su brazo hasta entrelazar sus dedos con los de ella.
—¿Por qué me ayudas, Zafiro? —preguntó él, su voz era un susurro que acariciaba su piel—. Podrías haberte quedado con tu familia. Podrías haber seguido ignorándome como lo hiciste durante años. ¿Qué cambió después de que te enfermeras?
Zafiro sintió que la verdad quemaba en su garganta, pero no podía decirle que venía del futuro. En su lugar, decidió usar la única verdad que ambos compartían: el deseo.
—Me di cuenta de que estaba desperdiciando mi vida con hombres que no son nada, mientras tenía a un rey frente a mí —dijo ella, acercándose tanto que su pecho rozaba el de él—. Me di cuenta de que tú y yo somos iguales, Ethan. Queremos el mundo, y no pediremos perdón por tomarlo. —Afirmé con seguridad y audacia.
Ethan soltó un gruñido bajo y, finalmente, rompió la distancia. Sus labios se estrellaron contra los de ella en un beso que no tenía nada de cortesía noble. Era un beso de hambre, de años de frustración y de un reconocimiento mutuo que trascendía las palabras.
Zafiro respondió con la misma intensidad. Sus manos subieron al pecho de Ethan, sintiendo el latido errático de su corazón bajo la seda. Él la levantó levemente, presionándola contra la barandilla, y por un momento, el mundo exterior desapareció. No había hermanos posesivos, ni condes traidores, ni imperios que gobernar. Solo estaban ellos dos, dos depredadores que finalmente habían encontrado a su pareja.
Cuando se separaron, jadeando, Ethan apoyó su frente contra la de ella. Sus ojos grises estaban encendidos como brasas.
—Si esto es un juego para ti, Zafiro Lawrence, te advierto: voy a ganar.
—Entonces es una suerte que me guste perder contra los oponentes adecuados —respondió ella con un hilo de voz aún jadeando.
En ese momento, un grito rompió el silencio de los jardines. Venía del salón principal.
—¡El Rey! ¡El Rey se ha desplomado!
Ethan se tensó al instante. La máscara de Príncipe Heredero volvió a su lugar, pero antes de soltar a Zafiro, la miró con una seriedad mortal.
—Quédate cerca de Liam. Pase lo que pase a partir de ahora, la corona está en juego. Y yo te quiero a mi lado cuando la reclame. —Sentenció antes de marcharse.
Zafiro asintió, viendo cómo él corría hacia el interior del palacio. Sabía lo que venía ahora. En la línea temporal original, el Rey Noah moría esa noche, y el caos que seguía era lo que permitía a familias como los Crane y los Bolton empezar su ascenso mediante la traición.
«Esta vez no», pensó Zafiro, ajustándose el vestido y sacando su pequeña daga oculta. «Esta vez, la corona no se manchará con la sangre de mi familia. Se manchará con la de aquellos que se atrevan a tocarnos».
El juego político acababa de volverse letal, y Zafiro Lawrence estaba lista para ser la jugadora más despiadada de todas, con un paso firme, regresó al caos del salón, donde la verdadera guerra estaba a punto de comenzar.