Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 15 – Un sábado en casa
Briana
El sábado amaneció más tranquilo que de costumbre. No había carreras, ni uniformes, ni prisas por llegar al instituto. La casa estaba bañada por una luz cálida que se colaba entre las cortinas, y por primera vez en la semana, el ambiente parecía respirar paz.
Pía ya había tomado sus muñecas y se había sentado en la alfombra del salón a inventar historias con ellas. Teo, por otro lado, encendió la consola y se acomodó en el sillón con ese gesto concentrado y serio que siempre ponía cuando jugaba.
Yo decidí aprovechar la calma. Tomé mis apuntes y me senté en la mesa, con el cuaderno abierto y el lápiz en la mano. La ayuda de Daniel el día anterior me había dado un poco de seguridad, y sentía que debía seguir practicando si quería progresar de verdad.
El sonido de los botones del mando y las voces de las muñecas llenaban el aire, pero no me molestaban. Al contrario, me hacían sentir acompañada.
—¿Qué haces? —preguntó de repente Teo, desde el sillón, sin apartar la vista de la pantalla.
—Estudio un poco —respondí, sonriendo—. Tengo que practicar para la universidad.
Él no dijo nada más, pero unos minutos después, dejó el mando sobre sus piernas y me miró.
—¿Podemos hacer algo juntos después?
Levanté la vista, sorprendida.
—¿Algo juntos? ¿Como qué?
—No sé… —se encogió de hombros—. Podemos jugar a las cartas o salir al patio.
No pude evitar sonreír. Era la primera vez que él lo pedía directamente, sin que yo lo invitara antes.
—Claro que sí —respondí con suavidad—. Solo termino esto y estoy contigo.
Él asintió, volviendo a su juego, pero yo ya lo veía distinto: menos distante, menos duro. Había una apertura que no estaba allí al principio.
Pasado el mediodía, mientras preparaba algo ligero de comer, Pía se acercó con una de sus muñecas en la mano. Me miró con esos ojitos redondos y brillantes que parecían capaces de atravesar cualquier defensa.
—Bri… —me llamó con voz bajita—, ¿cuándo te vas a ir?
La pregunta me tomó desprevenida.
—¿Irme?
—Sí… al final del intercambio —dijo, con un puchero—. ¿Falta mucho?
Me arrodillé a su altura y le acaricié el cabello.
—Todavía falta bastante, cielo. No tienes que preocuparte por eso ahora.
Ella suspiró y me abrazó con fuerza.
—No quiero que te vayas.
Sentí un nudo en la garganta. Le devolví el abrazo, tratando de mantener la voz firme.
—Yo tampoco quiero pensar en eso ahora. Vamos a disfrutar cada día juntas, ¿sí?
—Sí —asintió, sonriendo un poco.
La tarde transcurrió entre risas y juegos. Teo cumplió su palabra y jugamos a las cartas en la mesa mientras Pía hacía de “jueza” inventando reglas nuevas. Después salimos al patio, donde ellos corrieron hasta agotarse, y yo me quedé mirándolos, riendo de sus ocurrencias.
Era un día sencillo, pero en mi corazón se sentía enorme.
La noche llegó más rápido de lo que esperaba. Preparé la cena, ayudé a los niños a bañarse y leer un cuento, y los acosté entre risas y protestas de que aún no querían dormir. Cuando al fin la casa quedó en silencio, bajé a la sala con la intención de descansar un poco.
Tomé mi teléfono y lo miré de nuevo. Llevaba horas intentando comunicarme con Maicol. No había respondido mis mensajes ni mis llamadas. La preocupación empezó a instalarse en mi pecho.
Me senté en el sofá, encendí la televisión y pasé canales sin prestarles atención. Solo quería escuchar algún sonido que llenara el silencio. Mis pensamientos iban y venían: ¿habría tenido un problema en el trabajo?, ¿estaría bien?
El reloj marcaba casi la medianoche cuando escuché finalmente la puerta abrirse.
Me incorporé enseguida.
Maicol entró con pasos cansados, aflojándose el nudo de la corbata. Llevaba el rostro serio, pero al verme en la sala, se detuvo.
—¿Sigues despierta? —preguntó, arqueando una ceja.
—Sí… —respondí, mordiéndome el labio—. Me preocupé. Intenté llamarte, pero no contestabas.
Dejó las llaves sobre la mesa y me miró con cierta sorpresa, como si no esperara ese nivel de interés.
—Tenía el teléfono en silencio —dijo simplemente, con un suspiro—. Fue un día complicado en la oficina.
Asentí despacio, sin atreverme a decir más.
Él me observó unos segundos más, y algo en su mirada se suavizó.
—No tenías que quedarte despierta —añadió con voz más baja—. Pero… gracias.
Un calor extraño me recorrió el pecho.
—De nada —contesté, casi en un susurro.
El silencio se extendió entre nosotros, cómodo y tenso a la vez. Finalmente, él pasó una mano por su cabello y murmuró:
—Será mejor que descansemos.
—Sí… buenas noches, Maicol.
—Buenas noches, Briana.
Subí a mi habitación con el corazón latiendo con fuerza. No había pasado nada fuera de lo común, solo unas pocas palabras, pero algo en la forma en que me había mirado, en el agradecimiento en su voz, me dejó despierta mucho más tiempo del que esperaba.
Esa noche entendí que la cercanía no siempre nace de grandes gestos. A veces basta con la preocupación sincera, con una mirada en medio del cansancio. Y yo ya no podía negar lo que comenzaba a sentir cada vez que estaba cerca de él.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce